Políticas psicoanalíticas (I): controversias en la historiografía del movimiento psicoanalítico desde la sociología del conocimiento y los estudios sociales de la ciencia

  Catriel Fierro
  Grupo “Historia, Enseñanza y Profesionalización de la Psicología en el Cono Sur de América”, cátedras “Historia Social de la Psicología” y “Epistemología de la Psicología”, Facultad de Psicología, Universidad Nacional de Mar del Plata, CONICET.
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Fierro, C. (2016). Políticas psicoanalíticas (I): Controversias en la historiografía del movimiento psicoanalítico desde la sociología del conocimiento y los estudios sociales de la ciencia. PSIENCIA. Revista Latinoamericana de Ciencia Psicológica, 8. doi: 10.5872/psiencia/8.2.171

Resumen

Resumen

En el contexto de la historiografía crítica de la psicología, se ha señalado que la historiografía del freudismo se caracteriza por ciertas prácticas contrarias a la investigación histórica científica y crítica. Con los objetivos de caracterizar tales prácticas, de vincularlas con la propia historia del movimiento psicoanalítico, y de resaltar la riqueza de estudios sociológicos en torno a tal corriente teórica, especialmente en el contexto de la formación de psicólogos en Argentina, este trabajo analiza ciertas controversias específicas en la historiografía psicoanalítica. Se caracteriza en primer lugar la historiografía social de la ciencia y el Programa Empírico del Relativismo. Luego de abordar la problemática relación entre el Psicoanálisis y la Psicología (ver Anexo), y a partir de un análisis cualitativo de contenido en perspectiva histórica sobre fuentes históricas secundarias, se describen y analizan ejemplares de los celebracionismos y hagiografías que han constituido prácticas problemáticas al momento de reconstruir puntos controversiales en la historia del psicoanálisis. Se concluye sobre la existencia de prácticas peculiares en la investigación histórica del freudismo, entre ellas la edición, censura o retención de fuentes primarias, las críticas ad hominem hacia los revisionistas, y la naturalización de la teoría psicoanalítica al punto de causar recursivismos y psicologismos. Se recuperarán tales hallazgos en la segunda parte del trabajo, de futura aparición, buscándose vincular dichas prácticas historiográficas con aquellas a que se recurrió para cerrar las controversiashistóricas del freudismo.

Palabras Clave: Historiografía del psicoanálisis, programa empírico del relativismo, estudios sociales de la ciencia, recursivismo, argumento ad hominem

Estudios sociales de la ciencia

Los estudios sociales de la ciencia, la controversia en ciencia y la historia e historiografía de las disciplinas ‘Psi’.

Sociología de la ciencia, sociología del conocimiento y estudios sociales de la ciencia

Como campo específico y sistemático de indagaciones, la sociología de la ciencia tiene su origen oficial en la sociología anglosajona de 1930 (Merton, 1977), aunque más precisamente su origen podría rastrearse hasta la sociología alemana, si consideramos paralelamente la centralidad y gravitación que la obra de Karl Mannheim (1936/1966) tendría en aquellas (y en posteriores) obras anglosajonas (Kaiser, 1998; Mulkay, 2015; Pels, 1996). Hacia la década de 1970, la sociología de la ciencia registró un proceso de radicalización y complejización, semejante al que tuvo lugar en la filosofía y en la historia de la ciencia, incluidas la filosofía y la historia de la psicología como campos específicos (Buchdahl, 1965; Capshew, 2014; Medina, 1989). La proliferación de modelos sociológicos disímiles (y en algunos casos difícilmente asimilables) como el programa fuerte de la sociología del conocimiento científico (Barnes, Bloor), los análisis de laboratorio (Knorr-Cetina, Latour), el análisis del discurso científico (Mulkay) y los análisis de controversias científicas a partir del programa empírico del relativismo (Collins, Pinch, Pickering) son algunas perspectivas representativas que configuran lo que hoy se denomina ‘sociología de la ciencia’ (Bucchi, 2004), en cuyo campo intervienen tanto sociólogos como filósofos de la ciencia, antropólogos, economistas, ingenieros, científicos naturales y encargados de políticas públicas.

Se ha propuesto que todos estos modelos (o programas o propuestas) de análisis sociológico de la ciencia comparten un conjunto de principios comunes que los vuelve susceptibles de ser cobijados bajo la denominación de ‘Estudios Sociales de la Ciencia’. Según Knorr-Cetina y Mulkay (1983), la reapropiación de los sociólogos de la tesis Duhem-Quine sobre la subdeterminación de las teorías científicas por la evidencia, y la tesis del carácter teóricamente imbuido [theory-laden] de la observación permitió a un heterogéneo grupo de académicos sostener que las elecciones teóricas de los científicos en principio y en parte pueden obedecer a factores extra-científicos y no-lógicos, y que las propias elecciones y preferencias teóricas de dichos científicos modularían sus percepciones y juicios acerca de instancias científicas tales como los experimentos y las replicaciones en calidad de evidencias empíricas, entre otras situaciones cruciales. Según estos autores, además de dar lugar a nuevas cuestiones y problemáticas epistemológicas (como las del relativismo y el anti-realismo) y metodológicas (como las de la etnometodología y la metodología internalista), estas tesis –y el progresivo acervo de investigaciones empíricas en sociología de la ciencia- llevaron a la decantación de ciertas premisas básicas que constituirían los principios del campo de los estudios sociales:

Primero, una preocupación por incluir el contenido técnico de la ciencia dentro del panorama del análisis sociológico; segundo, la adopción de una metodología internalista o externalista en el análisis del estudio de la ciencia; tercero, el ‘giro lingüístico’ subyacente a varias de estas perspectivas; y cuatro, su rechazo de distinciones tradicionales tales como aquella entre lo social y lo científico. (Knorr-Cetina & Mulkay, 1983, pp. 1-2)

A efectos de ordenar de forma operativa el campo reseñado, existe consenso en ubicar las propuestas mannheimianas y mertonianas en un conjunto de análisis sociológicos del conocimiento que caracterizaron la ‘primera ola de los estudios sobre la ciencia’. Knorr Cetina, Mulkay y sus coetáneos se han percibido como los originadores de la segunda ola de los estudios sobre la ciencia, caracterizada más por asumir énfasis descriptivos y explicativos y en perspectiva naturalista sobre la actividad científica que por intentar delinear propuestas normativas. Una de las perspectivas más fructíferas al interior de esta segunda ola de estudios sociales es el ‘Programa Empírico del Relativismo’ (en adelante, EPOR) de la denominada ‘Escuela de Bath’, cuyo exponente más visible y prolífico ha sido el sociólogo Harry Collins (Collins, 1981; 1983). El objetivo del Programa de este sociólogo británico, cabeza visible de aquella escuela de la sociología del conocimiento científico, está en línea con las intenciones generales del grueso de la sociología de la ciencia que se originó en torno a la Science Studies Unit de Edimburgo. Distanciándose del interés por explicar sociológicamente la totalidad de las facetas de la empresa científica incluyendo el descubrimiento y la innovación intelectual –un interés característico del Programa Fuerte de la sociología del conocimiento científico-, el EPOR de Collins pretende examinar las dinámicas al interior de la empresa científica “para demostrar que la ciencia no es un fenómeno monolítico y extra-terrenal [other-wordly], sino una empresa social ordinaria, compartiendo así la multiplicidad y diversidad que caracteriza toda empresa social y cultural” (Collin, 2011, pp. 83). En términos de González de la Fe y Sánchez Navarro (1988), el interés fundamental del EPOR es demostrar la naturaleza social de la racionalidad que rige la empresa científica, y la insuficiencia “de los métodos de control y replicación instrumental para dar cuenta de los resultados de las investigaciones de la ciencia y, con ello, detectar y estudiar las estructuras, factores y mecanismos sociales que subyacen a la construcción del conocimiento científico” (p. 100). La consecución de tales objetivos, de acuerdo a Collins, es posibilitada a partir de la descripción y caracterización empírica (observacional) de estudios de caso en instancias cruciales para el desarrollo de ciertos campos disciplinares.

Del conjunto de tales instancias científicas (investigaciones colectivas, experimentos cruciales, debates públicos, entre otras), los trabajos de Collins se han enfocado principalmente en el análisis de las controversias científicas: es decir, en el análisis de las dimensiones públicas y privadas de los debates entre científicos, causados por la existencia y permanencia en el tiempo de posturas y argumentaciones contrapuestas en torno a apreciaciones, descripciones o juicios sobre objetos, temáticas o problemáticas científicas específicas. Según Collins, las controversias tienen un valor especial para la sociología de la ciencia en tanto constituyen ejemplares de las influencias de factores clásicamente denominados ‘irracionales’ (en este caso, sociales) en la dinámica científica. Según Collins y Pinch (1993), las controversias científicas ilustran el carácter en principio abierto de la evidencia científica toda vez que los resultados o vías de cierre convencionales de las controversias (que en las ciencias naturales implican experimentos y replicaciones por parte de los disidentes) están abiertos a múltiples interpretaciones. Por el carácter interpretable de los resultados de las investigaciones y sus replicaciones, y por la recursividad que se da en algunas investigaciones científicas y tecnológicas donde se carece de estándares objetivos a partir de los cuales pronunciarse definitivamente sobre el carácter satisfactorio de la evidencia, el recurso a factores no puramente científicos (conceptuales o semánticos) para lograr el cierre definitivo de las controversias ilustrarían precisamente –en un sentido amplio- una de las tesis de la sociología de la ciencia e incluso de la sociología del conocimiento (Mannheim, 1936/1966): la determinación del pensamiento (en este caso, del pensamiento científico y de sus productos cognitivos y materiales) por parte de factores sociales. Resaltando los aspectos sociológicos de esta propuesta, Bucchi sintetiza los argumentos de Collins remarcando que una controversia en ocasiones se resuelve a través de “ criterios sociales: la reputación del experimentador y su institución, su nacionalidad, su estatus en su comunidad de investigación particular, las opiniones informales de sus colegas” (Bucchi, 2004, pp. 68. Énfasis agregado).

La propuesta programática de Collins para una sociología de la ciencia (su ‘programa empírico del relativismo’) no se estructura, como otras propuestas de los estudios sociales, a partir de principios o de orientaciones generales. En esencia, el EPOR se estructura en una secuencia de tres fases o estadíos de investigación que constituyen a su vez, y para nuestra investigación, tres niveles de análisis de cualquier estudio de caso escogido de la empresa científica. El primer estadio o fase del EPOR involucra la demostración de la flexibilidad interpretativa de los resultados de experiencias científicas, que como nota Collin (2011), proviene de la idea de la subdeterminación de la teoría por los datos. De acuerdo a Collins, dado que todo resultado experimental o experiencial en ciencia es en última instancia interpretable de múltiples formas, la flexibilidad interpretativa de los datos de cualquier experimento puede llevar potencialmente a una recursividad ilimitada, en tanto que el experimento no ‘corrobora’ una hipótesis por sobre otras. [i] En otras palabras, “el cierre [closure] a través de la prueba experimental no se obtiene como resultado de reglas racionales y algorítmicas, sino como producto de fuerzas sociales contingentes que afectan a la experimentación en tanto práctica colectiva” (Collin, 2011, pp. 88).

Reconocido esto, el segundo estadio del EPOR involucra el análisis de los mecanismos que, de cara a la ausencia de determinación evidencial o racional por parte de los datos experimentales, ponen fin a la recursividad a que lleva la flexibilidad interpretativa. En otras palabras, el segundo estadio del EPOR consiste en la identificación, análisis y caracterización de los mecanismos que cierran las controversias científicas: mecanismos que, de acuerdo a Collins, son inherentemente sociales. Finalmente, el tercer estadio implica la vinculación entre estos mecanismos sociales de cierre de la flexibilidad interpretativa y de la controversia, por un lado, y las fuerzas sociales y estructuras políticas más generales vinculadas a las contingencias de las instancias experimentales por otro (Collins, 1981; 1983; 1992/2009).

El EPOR no constituye, como podría suponerse, la única propuesta sistemática para el estudio sociológico de controversias. A la vez que otros sociólogos de la ciencia han propuesto teorías diversas a la de Collins para el análisis de los debates científicos, indicando que tales debates involucran argumentación, datos fácticos, retórica y negociaciones políticas (Englehardt & Caplan, 1989; Kitcher, 2000), investigadores como Venturini y Latour (2010), por caso, impulsan un estudio cuantitativo, basado en indicadores objetivos cuantificables, de las controversias en ciencia. En tal sentido, la metodología del EPOR es estrictamente observacional y naturalista (Collin, 2011), mientras que las propuestas cuantitativas implican análisis más complejos, a través de técnicas incluso computarizadas de diversas fuentes, e involucrando diversos foros públicos que, como los políticos, permiten complejizar la imagen de la ciencia que decanta a partir de caracterizar los choques científicos. Sin embargo, las propuestas cuantitativistas, como las de Venturini y Latour, aunque robustas y coherentes, se centran predominantemente en controversias contemporáneas, y parecen máximamente operativas para el análisis de dichas controversias. Esto es comprensible puesto que son las controversias actuales y aún abiertas las que se vinculan directamente con cuestiones prioritarias para los estudios sociales de la ciencia de años recientes, enfocados estos en las ciencias duras y en las proyecciones políticas e institucionales de la empresa científica. Aunque el EPOR también se ha ocupado predominantemente de controversias recientes (por ejemplo, la controversia del láser TEA analizada por Collins) y no del campo de la historia de la ciencia, la operacionalización del Programa Empírico en los referidos niveles de análisis permite la recuperación de los mismos en calidad de heurísticas para un análisis histórico, en comparación con los análisis ‘cartográficos’ de las controversias. Finalmente, estos últimos análisis cartográficos requieren necesariamente para su desarrollo información indexada en sistemas informacionales –esencialmente en Internet, además de las clásicas plataformas de publicación científica- además del testimonio de los actores de las controversias, lo que de cara a la ausencia de tales recursos en el contexto de las controversias históricas dificulta la aplicación de aquellos a casos históricos o historiográficos. Estas, entre otras razones, hacen del EPOR un marco teórico idóneo para la reconstrucción histórica de controversias en perspectiva psicosociológica.

Las alternativas al EPOR no se agotan en otros modelos naturalistas y relativistas respecto del conocimiento científico. Aunque emergentes y con menor difusión que aquellos, existen de hecho otros programas sociológicos para el análisis de controversias científicas, sostenidos en implícitos diversos –en ocasiones opuestos– a los que fundamentan al grueso de la sociología de la ciencia post-mertoniana. Así, propuestas como el programa racionalista y socio-histórico de Dominique Raynaud, a partir del análisis detallado de controversias específicas en historia de la ciencia, deducen modelos acerca del desarrollo y cambio científico en línea con un incrementalismo epistemológico: es decir, en línea con la idea de que la ciencia constituye una “forma de acción colectiva en la cual la transformación de organizaciones o de los productos de las mismas dependen de una serie de cambios pequeños y no planificados [unplanned]” (Raynaud, 2015, p. 416). De acuerdo a este autor, es la acumulación de tales cambios, imperceptibles cuando considerados individualmente, lo que llevaría a cambios científicos radicales. Tal postura permitiría abordar las controversias científicas con conciencia del hecho que toda actividad científica (incluso la pretérita), cuando involucra argumentos y contraargumentos, demuestra de hecho la posibilidad de que coexistan tanto el verificacionismo y el falsacionismo como criterios de demarcación epistemológicos. En una clara crítica a las obras más radicales de la sociología del conocimiento científico (especialmente la de autores francoparlantes) el modelo de Raynaud defiende, asumiéndolas, las premisas clásicas de la ciencia: es decir, el “realismo ontológico (el mundo existe), el realismo epistemológico (el mundo es cognoscible) y el racionalismo metodológico (la razón es la mejor manera [way] de conocer el mundo)” (Raynaud, 2015, p. 392).

Lo anterior debería clarificar por lo menos dos hechos: que el propio campo de los estudios de la ciencia es heterogéneo y diverso, y que existen diversos modelos de abordaje de controversias científicas, los cuales varían de acuerdo a las filosofías de la ciencia que les sirven de fundamento teórico. En cualquier caso, y circunscribiéndonos al EPOR, todo análisis empírico del relativismo requiere identificar una controversia –más específicamente, el debate en torno a la evidencia de dicha controversia-, requiere identificar y caracterizar las prácticas (sociales) que sirven de mecanismos de cierre de dicha controversia, y finalmente requiere vincular significativamente dichas prácticas con el contexto (intelectual, social y político) más general donde ha tomado lugar la controversia. Como se señaló arriba, gran parte de los estudios sociales de la ciencia implican en mayor o menor medida una crítica a la distinción entre factores internos y factores externos a la ciencia. Aunque en un sentido estricto la propuesta de Collins se opone a una distinción tajante entre tales factores (la idea de un análisis ‘empírico’ precisamente supone una observación de la actividad científica sin valoraciones ni normativas, como de hecho lo es la referida distinción interno/externo), las indagaciones del autor, y nuestra adopción de las mismas para el análisis que presentaremos aquí, son claramente sensibles a la conceptualización social (y por lo tanto cultural, no meramente interna, estructural o conceptual) de la ciencia. De hecho, Collins (1983) reformula la caracterización binaria (científico/social) de la ciencia, identificando en primer lugar un conjunto nuclear de científicos (los que llevan adelante las instancias experimentales de forma directa y los que las interpretan teóricamente), luego un conjunto de científicos especializados y no especializados más periférico que, sin contacto directo con las instancias empíricas, las conocen indirectamente –mediante testimonio, rumor o publicaciones científicas-, y en tercer lugar un conjunto de personas que sin ser científicos interactúan con los mismos en calidad de administradores, políticos, financiadores y divulgadores. Un cuarto grupo social que engloba y rodea a los anteriores es, finalmente, la sociedad en su conjunto. De aquí que la dicotomía ‘internalismo-externalismo’ pierda sentido en tales términos.

Por tanto, el nexo de la propuesta del Programa Empírico del Relativismo con la sociología de la ciencia más general –tal como la definimos al inicio- es evidente: los mecanismos que cierran las controversias se nutren en ocasiones de criterios o estándares sociales que a pesar de no igualarse con las normativas mertonianas (Merton, 1977), sí constituyen parámetros que refieren a las dimensiones sociales e institucionales de la ciencia. Y, en vínculo con la sociología del conocimiento más general (Mannheim, 1936/1966), factores sociales (como la clase), políticos (como resoluciones gubernamentales), económicos (como las fuentes de financiamiento) e institucionales (como la filiación profesional o la necesidad de acreditación, expansión y consolidación académica) son factibles de incidir tanto en la modalidad de los mecanismos de cierre de las controversias, como el éxito o fracaso de las mismas para definir tales debates. En línea con esto, si bien Collins y sus co-autores no profundizan en cuestiones axiológicas o culturalistas en tanto fuerzas ‘externas’ al momento de explicar la resolución de debates y controversias científicas públicas, sí consideran que las estructuras sociales y políticas son factores explicativos de la aparición, desarrollo y conclusión de controversias científicas (conclusión cuyo análisis los autores estipulan como el ‘tercer estadio’ del EPOR).

No podemos desarrollar de forma sistemática las críticas realizadas al Programa Empírico del Relativismo por restricciones de espacio. Sin embargo, aquí no se desconocen las limitaciones imputadas al análisis sociológico de las controversias (Bucchi, 2004, pp. 69-70; Collin, 2011; Laudan, 1982), ni se omite la consideración de las críticas realizadas a las posturas más radicales de los estudios sociales de la ciencia en su conjunto (Bunge, 1991; Martin, 2003, pp. 94-99; Raynaud, 2003; 2015). De acuerdo a lo anterior, las dimensiones de análisis del programa empírico de Collins se introducen en la presente investigación a título de guías para el relevamiento de información histórica (tal como suelen asumirse diversas filosofías de la ciencia en la indagación histórica) y en calidad de recursos heurísticos para la reconstrucción y análisis de ciertas controversias en el campo de la psicología. Dado que, independientemente de las críticas, los niveles de análisis del programa de Collins constituyen por sí solas guías útiles de análisis de la práctica científica, y dado el sentido en que aquí se recuperan, no se desarrollan en el presente trabajo las implicaciones epistemológicas de las discusiones y críticas recién referidas.

Historiografía

Estudios sociales, historiografía social de la ciencia y psicología

Múltiples autores se han pronunciado acerca de la utilidad de extender al campo de la psicología contemporánea, y con fines críticos, las perspectivas de los estudios sociales de la ciencia y la tecnología (Benito & García, 2010; Fierro, 2015c; Gallegos, 2014; Gallegos, Berra, Benito, & López López, 2014; Jaraba Barrios, 2015; Jaraba Barrios & Mora-Gámez, 2010; Talak, 2014). En línea con esto, múltiples historiadores de la psicología han notado el potencial enriquecimiento que registraría la historiografía de la psicología mediante la incorporación de nociones de la sociología del conocimiento y de la ciencia, y de los más contemporáneos estudios sociales de la ciencia (Ash, 1992; 1993; Danziger, 1993a; Danziger & Shermer, 1994; Klappenbach, 2000a; Polanco, 2016; van Strien, 1993a). Sin embargo, junto con esto, ciertos historiadores de la ciencia y de la psicología han destacado el lugar marginal que de hecho ocupan los estudios históricos sobre la psicología en las indagaciones del campo de los estudios de ciencia, tecnología y sociedad (Ash, 1992). De acuerdo a Mitchell Ash, las temáticas, las técnicas de investigación y sobre todos los problemas en torno a la ciencia planteados por los estudios sociales de la ciencia no han tendido a coincidir con las temáticas, técnicas y problemas de la historiografía y de la sociología (y nosotros agregamos, de la historiografía sociológica) de la ciencia psicológica.

Esto probablemente se vincule con que, a menudo y por cuestiones metodológicas, la indagación historiográfica implica y requiere una definición inicial y operativa de la disciplina para la realización de investigaciones históricas: en otros términos, deben concebirse ciertos ‘bordes’ tanto de la disciplina como de la propia sub-disciplina (Historia de la Psicología) para volver factible cualquier estudio histórico sobre la primera (Krantz, 2001). En efecto, mientras que tales definiciones no involucren problemas o temáticas vinculadas al campo de los estudios sociales de la ciencia (como lo son por caso el grado y tipo de determinación social de la actividad científica, el lugar del entrenamiento en la reproducción de campos académicos, la actividad cognitiva de los científicos y la conceptualización de la ciencia como una arena pública con proyecciones sociales), no pueden esperarse más que azarosas y aisladas coincidencias entre las indagaciones históricas y contemporáneas de los psicólogos y aquellas realizadas por sociólogos, antropólogos, filósofos e historiadores de la ciencia. Expresado esto inversamente, lo que Ash (1992) sugería hace más de dos décadas es que el desarrollo de la historiografía de la psicología de acuerdo a los avances de los campos adyacentes a la misma sólo es posible a partir de un acercamiento y de un diálogo integrado entre la historiografía de la ciencia psicológica y las indagaciones de la ciencia (especialmente las históricas) en clave sociológica.

Con la finalidad de clarificar, lo anterior no pretende sugerir la inexistencia de indagaciones históricas de la psicología en clave social o sociológica: de hecho, como se ha expuesto previamente en gran cantidad de trabajos de autores anglosajones (Brozek, 1990; Capshew, 2014; Furumoto, 1989) y latinoamericanos (Fierro, 2015b; 2016a; Klappenbach, 2000a), una de las orientaciones más reconocidas y desarrolladas de forma declarativa en la historiografía de la psicología post-1970 ha sido aquella que, nutriéndose de la sociología del conocimiento o de la ciencia, ha propuesto explicar total o parcialmente el origen y desarrollo de la disciplina atendiendo a incidencias ‘externas’ (políticas, culturales, sociales, académicas, entre otras). Sin embargo, con excepción de ciertos casos aislados que explicitan tal recuperación de los estudios sociológicos de la ciencia (e.g. Buss, 1975; Danziger, 1979; 1990; 1995; Kusch, 1995; 1999; Rose, 1996; Talak, 1997; van Strien, 1993a; van Hoorn & Verhave, 1977; Vera Ferrándiz, 2008), el grueso de los estudios e investigaciones históricas de la psicología internacional posteriores a 1970 no ha asumido de forma sistemática la agenda que suele atribuirse a la sociología de la ciencia post-mertoniana. En efecto, análisis empíricos de la literatura historiográfica de las últimas décadas han indicado que la intención externalista o sociológica de la historiografía de la disciplina, insigne de la ‘nueva historia de la psicología’, a menudo ha sido más declarativa que efectiva (Coleman, Cola, & Webster, 1992; 1993). En el mismo sentido, se ha señalado la prevalencia, incluso hacia la actualidad, de modalidades historiográficas hermenéuticas, cualitativas y descriptivas en desmedro de metodologías cuantitativas –cienciométricas-, atribuida dicha prevalencia precisamente a la falta de cooperación disciplinaria entre historiadores profesionales, psicólogos y sociólogos (cientómetras) de la ciencia (Krampen, 2016).

A la vez, análisis cuantitativos sobre la literatura sociológica de la ciencia han señalado el lugar periférico que la psicología en tanto objeto de estudio ha adoptado en las indagaciones empíricas del campo, en comparación con otras ciencias fácticas como la historia, la sociología y la filosofía, tanto en la década de 1970 (Spiegel-Rösing, 1977), como en la de 1980 (Golinsky, 1990; Weisz & Kruytbosch, 1982) y, más importante, hacia la actualidad (Martin, Nightingale, & Yegros-Yegros, 2012). Considerando que la historia de la psicología es una actividad realizada mayoritariamente por psicólogos-historiadores y por historiadores profesionales, es comprensible la separación entre la investigación histórica de la disciplina, por un lado, y las indagaciones sociológicas de la disciplina, por otro. Lo anterior, sumado a cierta desbalanceada preferencia de propuestas teóricas y metodológicas específicas por gran parte de los historiadores de la disciplina (Lovett, 2006; Popplestone, 2005) permitiría concluir que, en el mejor de los casos, cierta sensibilidad sociológica ha permeado la mayoría de la historiografía profesional de la disciplina, más no una tematización clara de la naturaleza sociológica de la ciencia psicológica, de las implicancias investigativas de tal hecho para la historiografía profesional, y de la consecuente necesidad de una vinculación más sistemática de la sub-disciplina con debates y desarrollos propios del campo de la filosofía de la ciencia y de los estudios de la ciencia con pretensiones epistemológicas.

La vinculación problemática y mayoritariamente implícita entre los estudios sociales de la ciencia y la historiografía de la psicología resulta aún más llamativa si se considera que el recurso a perspectivas sociológicas en el análisis histórico de las disciplinas científicas está fundamentado no sólo por el hecho de que gran parte de los casos estudiados minuciosamente por los sociólogos de la ciencia provienen de hecho del campo de la historia de la ciencia. Más importante, el recurso a la contextualización social y al análisis socio-cultural de la ciencia pasada ha creado, al interior de la historia de la ciencia y a partir de la década de 1970, cierta tendencia de estudios históricos en clave social o sociológica que a menudo recurre a factores sociales, políticos y económicos para explicar sus objetos y construir sus narrativas (Crosland, 1985; Golinski, 1990; Goodling, 1985; Hall, 1985; Pickstone, 1985; Porter, 1985; Schaffer, 1985; Shapin, 1982; 1985; Young, 1985; Ziman, 1985). Esta tendencia en la historiografía de la ciencia, el ‘sociologismo’, se contrapone, de acuerdo a Mamchur (1994), al ‘racionalismo’, que suele involucrar análisis cognitivos, conceptuales o estructurales de la historia de las teorías científicas.

Los estudios de la tendencia ‘sociologista’ de la historiografía de la ciencia, como puede inferirse fácilmente, no recurren a la explicación natural ni al genio individual del científico para fundamentar la emergencia, auge y ocaso de las teorías y tradiciones científicas (Porter, 1985), sino que reconocen en dichos procesos una compleja miríada de factores con “dimensiones estéticas, cognitivas, sociales, institucionales y políticas, a la vez que dimensiones técnicas e intelectuales más abstrusas” (Goodling, 1985, pp. 37). Al igual que los estudios sociales de la ciencia pretenden informar a los policy makers (Bucchi, 2004), las reconstrucciones de la historia social o sociológica de la ciencia están dirigidas no sólo a estudiantes y académicos sino también a científicos y a legisladores y responsables de políticas públicas (Hendry, 1985; Pickstone, 1985). Historiadores y sociólogos como Ziman, además de reclamar una historia sociológica de la ciencia nutrida de fuentes primarias variadas tales como cartas, notas y publicaciones inéditas, argumentan enfáticamente que:

la historia es un componente indispensable de los Science Studies de cualquier nivel de sofisticación. Ya sea considerada individual o colectivamente, psicológica o filosóficamente, intelectual o tecnológicamente, la ciencia es un proceso histórico, que no puede ser entendido por nadie –particularmente por sus propios practicantes- sin un reporte confiable sobre su evolución en el tiempo. (Ziman, 1985, pp. 53)

En este contexto se han revalorizado los análisis históricos de las controversias científicas. Sobre la historia de tales fenómenos estructurales a la empresa científica, algunos historiadores de la ciencia remarcan que el análisis de tales instancias, a la vez que caracterizó a la revolución historiográfica de la ciencia (Buchdahl, 1965), “ha vuelto aparente que sólo en retrospectiva puede uno distinguir claramente entre ciencia y facticidad objetiva por un lado y ‘pseudociencia’, ‘cientificismo’, ideología y valores sociales por otra” (Cooter, 1985, pp. 32), reubicando así a la ciencia en el marco más amplio de las relaciones y estructuras sociales, y permitiendo la elaboración de una historia social de la ciencia que analice los puntos más problemáticos de la emergencia y consolidación de teorías científicas como productos culturales de colectivos conformados por agentes sociales. En este sentido, existe una íntima relación entre la historia, su carácter reconstructivo, y la controversia, al punto de sostenerse que “la historia, como la ciencia, es controversia, no narración de historias [storytelling]” (Young, 1966, pp. 17). Empero, y en línea con los sostenido arriba sobre el lugar marginal de la historiografía de la psicología en los estudios sociales de la ciencia, debe remarcarse que la investigación sistemática de controversias específicas en el desarrollo histórico de la disciplina ha ocupado un lugar menor en las reflexiones de la historiografía psicológica (e.g. Ash, 1980; Boring, 1929/1963; Danziger & Shermer, 1994; Henle, 1973; Krantz, 1969). Tal estado es cuanto menos paradójico, dado que la psicología, por su complejidad y heterogeneidad, a menudo ha sido caracterizada como una ciencia controversial; tal estado es preocupante si consideramos que “lejos de ser residuales fenómenos transicionales, las controversias son el verdadero motor de la ciencia” (Venturini & Latour, 2010, para. 13).

Psicoanálisis

Estudios sociales, sociología de la ciencia e historiografía del psicoanálisis

La marginalidad de la historia de la psicología en los estudios sociales arriba referida parece maximizarse en el campo de la historiografía sobre una escuela psicológica tal como la es el psicoanálisis. Según Roazen (1996; 2002), la mayoría de los estudios históricos sobre el psicoanálisis está conformada por reconstrucciones partidarias y whiggistas respecto del freudismo en términos de ortodoxos y heterodoxos. En este sentido, hasta hace pocas décadas la historiografía del psicoanálisis parece haber seguido mayoritariamente fiel a la hagiografía que según Young (1966) caracterizó al campo durante gran parte del siglo XX, el cual constantemente emulaba y reproducía de forma acrítica el estilo, los principios y las omisiones y carencias de la tradición historiográfica del psicoanálisis modelada por el leal caudillo psicodinámico Ernest Jones (Jones, 1953/1976; Klappenbach, 2006). En este sentido, son poco frecuentes los análisis históricos acerca del psicoanálisis que incorporan nociones de la sociología de la ciencia o de los estudios sociales de la ciencia (Sulloway, 1991; Weisz, 1975), y más escasos aún son los análisis que aplican una perspectiva sociológica a las controversias en los orígenes históricos del psicoanálisis (Borch-Jacobsen & Shamdasani, 2012). De acuerdo a Mühlleitner (2015), sólo en los últimos años se ha dado cierta aproximación sistemática entre los psicoanalistas practicantes (autores de las ‘historias clásicas’ del movimiento) y aquellos externos al psicoanálisis pero interesados en el mismo, como historiadores, psicólogos, filósofos, sociólogos y científicos sociales. Sin embargo, conflictos en torno a los prejuicios cruzados de cada uno de los grupos, sumados a dificultades idiomáticas y de publicación y difusión científica han hecho que los frutos más sugerentes de tal acercamiento aún no hayan visto la luz.

La naturaleza controversial de la ciencia y de su historia puede predicarse especialmente acerca del psicoanálisis, especialmente al considerarse las estrategias y los desplazamientos de sus primeros representantes y adherentes. En el sentido de la particular naturaleza ideológica y hermética del movimiento psicoanalítico, y en el sentido de la íntima relación entre dicha naturaleza y las características de los primeros grupos de psicoanalistas, algunos de los más sistemáticos análisis históricos sobre Freud y sus seguidores se nutren de explicaciones que, recurriendo a nociones como ‘ideología’ y ‘estilo de pensamiento’, entre otras, son directamente deudoras de la sociología del conocimiento (Borch-Jacobsen & Shamdasani, 2012; Homans, 1989; McLaughlin, 1998; Sulloway, 1979/1992; Young, 1997). En línea con esto, la aplicación de un modelo sociológico a los origenes históricos del psicoanálisis se juzga especialmente productivo en tanto que, como veremos, esta escuela se percibió a si misma a menudo y desde sus inicios como un ‘movimiento’ (Freud, 1914/2006) –en ocasiones como ‘una causa’-; y, adicionalmente, en tanto que desde sus inicios y sobre todo en los años previos y paralelos a las controversias que analizaremos, dicha escuela tuvo una relación paradójica con la ciencia oficial de la época, pugnando por ser aceptada y reconocida por esta, pero a la vez rehusando a menudo el debate, la crítica y la discusión públicas (Decker, 1975; Steiner, 2001; Terwee, 1990).

Finalmente, la naturaleza emergente del psicoanálisis durante las controversias a ser analizadas torna comprensibles varias de las características del movimiento desde una perspectiva sociológica. Se ha sostenido que “si la construcción de la credibilidad y del reconocimiento social es importante para los integrantes de una comunidad científica, resulta estratégico para las disciplinas que procuran adquirir un estatus científico” (Martin, 2003, pp. 93. Énfasis propio). Es decir que, además de obedecer el canon de la ciencia propia del momento histórico en particular de que se trate, las disciplinas emergentes que aspiran a la cientificidad deben presentarse (retóricamente) frente a las disciplinas ya establecidas como campos definidos, con cohesión interna y sin disensos acuciantes (Walls, 1979). Cuando en ciertos contextos específicos una corriente psicológica opera deliberadamente para obtener reconocimiento y legitimidad científica, tiende a erigirse como una escuela, con una estructura jerárquica marcada y alrededor de una figura concreta (Watson, 1979). En el proceso de legitimación de tales escuelas ante los foros científicos, las controversias son especialmente amenazantes puesto que evidencian debilidad interna, heterogeneidad y fractura. De aquí que estos movimientos emergentes, en su interés por minimizar o acallar las controversias, presenten rasgos dogmáticos y ortodoxos; rasgos que a menudo cualifican al freudismo (Plotkin, 2003a; Makari, 2008/2012; Sulloway, 1991; Weisz, 1975).

Por efecto de la cesión generacional de dichos rasgos, como sostienen Borch-Jacobsen & Shamdasani (2012), en ciertos contextos geográficos y académicos (especialmente en Francia y Argentina) la teoría psicoanalítica se ha vuelto incontrovertible (‘blackboxed’). Lo mismo ha sucedido con la historiografía psicoanalítica, cuya ‘tradición’ ortodoxa (Ellenberger, 1970; Klappenbach, 2006), al perpetuar mitos y tergiversaciones de dudosa consistencia, es seriamente objetada por historiadores de la ciencia apartidarios u ‘outsiders’ (Kuhn, 1998; Sulloway, 1979/1992; Esterson, 2002), tornándose así la propia historiografía un campo de controversias. Por la significatividad de tal hecho, la primera parte de nuestro trabajo (la totalidad del presente artículo) abordará ciertos debates historiográficos en torno a cuestiones puntuales acerca de la rigurosidad y la calidad de las historias clásicas del psicoanálisis, mayoritaria y predominantemente confeccionadas por psicoanalistas.

El análisis de las controversias historiográficas en psicoanálisis tiene una variedad de objetivos y sentidos. En primer lugar, tal actividad representa en la práctica la premisa científica de que deben revisarse y criticarse los productos científicos de generaciones anteriores (la dinámica que caracteriza, después de todo, a las actividades con pretensiones de cientificidad). En segundo lugar, la revisión crítica que tal análisis implica facilita el refinamiento y el acercamiento (asintótico) de las narrativas históricas a los hechos pretéritos que todo relato histórico sobre la ciencia pretende representar con cierta veracidad y plausibilidad (Giménez, 2002). En tercer lugar, el revisar las prácticas y modalidades de al menos parte de los debates historiográficos del psicoanálisis permite controvertir las propias reconstrucciones históricas para identificar sesgos y reiteraciones en las mismas, tal como se realiza en historiografía de la ciencia desde hace más de cinco décadas, al menos por el mero hecho de que los intereses, las preguntas y los personajes concretos que motorizan la escritura de la historia cambian constantemente con cada generación (Capshew, 2014).

En un sentido diverso, el analizar las controversias psicoanalíticas históricas más importantes en vínculo con la propia producción de los objetos teóricos de dicha escuela implica ir en uno de los sentidos críticos de los estudios sociales de la ciencia: el de desnaturalizar y controvertir los constructos teóricos (aquí psicoanalíticos) al documentar detalladamente las perspectivas, estrategias retóricas y prácticas de los científicos en el contexto de la institucionalización y escolasticización de su propuesta teórica, tecnológica y práxica. Esto se vislumbra como central en países como Argentina, donde, tal como desarrollamos en el siguiente apartado, los constructos psicoanalíticos han sido naturalizados más allá de toda crítica empírica, deviniendo ellos mismos ‘cajas negras’ (Whitley, 1970), en el sentido en que “fueron aceptados como dados de forma tal que el cuestionarlos sería simplemente fútil” (Borch-Jacobsen & Shamdasani, 2012, p. 15). A la luz de tal fenómeno, y como uno de los sentidos o propósitos principales de esta investigación (perseguido explícitamente en la segunda parte del trabajo, de futura aparición), el análisis de las controversias del freudismo permitiría definir si, considerada la peculiar naturaleza hermética y a menudo autopercibidamente revolucionaria del psicoanálisis, las propias prácticas de la reciente historiografía ortodoxa u oficial de dicha escuela psicológica tienen un origen sui generis o si es factible que tales prácticas hayan surgido precisamente de las prácticas teóricas y metodológicas de sus exponentes no-historiadores, luego cedidas intergeneracionalmente: es decir, de las prácticas de los primeros psicoanalistas. En síntesis, los análisis como el planteado aquí permitirían evaluar las prácticas de los historiadores a la luz de sus alianzas, compromisos e implícitos no cuestionados respecto a la teoría psicoanalítica más general. Consúltese el Anexo de este trabajo para argumentos más detallados sobre la importancia de este tipo de indagaciones históricas en torno al psicoanálisis en el contexto de la psicología argentina, especialmente a nivel de la formación universitaria de grado.

Método

Aspectos metodológicos y procedimentales

Lo descrito en el apartado anterior, necesariamente extenso, permite la formulación de ciertas preguntas de investigación. ¿Cuáles han sido las principales tendencias o tradiciones historiográficas en psicoanálisis? ¿Han desembocado en controversias historiográficas las tendencias a menudo hermenéuticas, ortodoxas y excepcionalistas de los colectivos oficiales de psicoanalistas? Si han existido controversias sobre la modalidad y calidad de la escritura de la historia del freudismo, ¿cuáles sido las principales causas de tales controversias? ¿Cómo han sido saldadas tales controversias, dado el hecho de que en definitiva los problemas historiográficos remiten a evidencia histórica y a actitudes y competencias específicas en el historiador? Y finalmente, ¿existe algún vínculo entre los mecanismos de cierre de las controversias historiográficas recientes y los mecanismos de cierre de las célebres y múltiples controversias históricas del psicoanálisis, que enfrentaron a Freud con colegas como Fliess y con discípulos ilustres como Adler, Jung, Stekel, Rank y Tausk, entre otros?

Con la finalidad de responder a dichas preguntas, se llevó a cabo un estudio empírico descriptivo, cualitativo y de tipo historiográfico. La primera parte de nuestra investigación, expuesta en el presente artículo, constituye un análisis crítico de ciertas controversias referidas a la investigación y producción histórica del psicoanálisis de acuerdo a cómo se han reflejado en la literatura especializada: es decir, constituye un análisis crítico de controversias, debates o problemáticas historiográficas del freudismo. En línea con la orientación general de la sociología de la ciencia y del Programa Empírico del Relativismo (especialmente su énfasis en la naturaleza extra-científica de los mecanismos de cierre de las controversias científicas), y de acuerdo a los interrogantes arriba planteados, el objetivo general de esta primera parte se dirige a identificar las prácticas que caracterizan el desarrollo y cierre de las principales controversias historiográficas en psicoanálisis freudiano, con la finalidad complementaria de fundamentar y desarrollar, en la segunda parte de nuestra investigación de futura aparición, las controversias históricas del movimiento psicoanalítico. En el presente trabajo se trata, en definitiva, de evaluar si existe un patrón típico de desarrollo y resolución de controversias en la investigación histórica del psicoanálisis para, en la segunda parte de nuestra indagación, determinar el vínculo entre tales prácticas historiográficas (simultáneas y posteriores respecto a los enfrentamientos entre Freud y algunos de sus seguidores) con las prácticas propias del desarrollo y cierre de las controversias históricas del psicoanálisis (primeras, en un sentido cronológico). Hipotetizamos aquí que han existido ciertas prácticas típicas en dichas controversias historiográficas, y que por las particularidades sociológicas del psicoanálisis en tanto escuela de pensamiento es factible la existencia de relaciones significativas y perdurables entre las controversias históricas que afrontaron los pioneros psicoanalistas y aquellas controversias más recientes en lo que respecta a la investigación histórica.

Por lo anterior, en esta fase de nuestra investigación el ya desarrollado Programa Empírico del Relativismo se presenta como un trasfondo teórico general, que sólo en la segunda parte se asumirá como un marco epistemológico para la reconstrucción histórica. En el presente trabajo, necesariamente documental, se han seguido lineamientos estrictamente propios de la investigación histórica en psicología. Por tanto, con los objetivos específicos de caracterizar las prácticas historiográficas del psicoanálisis que han desembocado en controversias y así disponer de información para vincularlas con la propia historia del movimiento psicoanalítico, en esta primera instancia del trabajo se realizó una indagación documental o bibliográfica a partir de las investigaciones publicadas disponibles en las principales bases de datos vinculadas con psicología. Así, se adoptaron los criterios técnicos consensuados para investigaciones bibliográficas en psicología (López López & González Uceda, 1992).

Se implementaron de forma ordenada las fases estipuladas para la investigación histórica en psicología (Klappenbach, 2014). Exponer los argumentos teóricos e históricos que subyacen a nuestra elección metodológica y a la discusión de nuestros resultados requeriría un análisis detallado sobre la relación entre psicología y psicoanálisis: análisis que excede este espacio. Por tanto, una sintética aunque nutrida justificación histórica y epistemológica de nuestra opción metodológica, que implica ubicar al psicoanálisis como parte de la psicología, se ofrece en la segunda sección del Anexo del presente artículo. Así, luego de establecer primero nuestros interrogantes de investigación y planteadas luego nuestras hipótesis acerca de los mismos (arriba explicitadas), se realizó un estudio sistemático del estado de la cuestión a partir de la consulta de las bases de datos. Puesto que la elucidación de las controversias historiográficas aquí abordadas sientan la base de la segunda parte de nuestro trabajo, en cierto sentido dicho relevamiento bibliográfico sistemático, considerado como la ‘tercera fase metodológica’ de la fase heurística de la investigación en historia de la psicología, coincide aquí con el análisis de las fuentes documentales que conforma según Klappenbach la quinta fase de la metodología de la investigación histórica.

Con los fines de guiar nuestra búsqueda, y de acuerdo a la literatura contemporánea, aquí ‘historiografía’ se operacionaliza como todo trabajo histórico sobre psicoanálisis, por un lado, y como la propia teoría, historia y metodología de la investigación, reconstrucción y escritura histórica expuesta en los trabajos referidos, por otro (Rutherford, 2014). De acuerdo a tal definición y a nuestros objetivos, de las bases de datos se recuperaron en primer lugar fuentes concebidas como secundarias: esto es, fuentes de historiadores y psicoanalistas que tematizaran y describieran las controversiashistoriográficas. En segundo lugar, se recuperaron fuentes que, aunque no publicadas por psicoanalistas históricos, a la luz de nuestro propósito deben considerarse como primarias: es decir, fuentes de historiadores y psicoanalistas que, de acuerdo a las fuentes secundarias, fueran representativas o indicativas de los puntos y temáticas controversiales específicas. En los casos de documentos y artículos recuperados que mencionaran como relevantes para las controversias otras fuentes que no hubieran sido ya relevadas mediante la búsqueda bibliográfica, se rastrearon y recuperaron tales fuentes en la medida de lo posibilitado por su disponibilidad y accesibilidad.

En este punto debe reconocerse que el campo de la historiografía del psicoanálisis es extremadamente vasto o, en términos de Vezzetti, complejo (Vezzetti, 2000), en el sentido de estar marcado por diversas orientaciones, problemas de investigación y énfasis, algunos de los mismos incluso dependiendo de las regiones y países de que se trate. Dado que el intentar abordar la totalidad de dicho campo llevaría probablemente varios trabajos específicos además de este, esta investigación se centró en la historiografía psicoanalítica disponible en español e inglés. Si bien esto constituye una limitación a nuestro análisis, en primer lugar constituye una necesaria y obligatoria circunscripción del universo compuesto por la totalidad de las fuentes, prácticamente inabarcable como tal. Más importante, en segundo lugar tal circunscripción no conduciría a un sesgo específico o constituiría una limitación grave dado que, por un lado, es la tradición de la historiografía anglosajona (inglesa y francesa principalmente) aquí enfatizada la que más desarrollo ha registrado en las últimas décadas (Johansson, 2007; Klappenbach, 2006; Roazen, 2001; 2002), y dado que, por otro lado, gran parte de dicha historiografía se halla indexada y disponible en bases de datos, en algunos casos incluso disponiéndose de traducciones al español.

Relevadas las fuentes, se realizó un análisis de contenido sobre las mismas con miras a analizar e interpretar los datos contenidos en ellas, de acuerdo a lo estipulado para las investigaciones históricas en psicología (Bartolucci & Lombardo, 2012; Benjamin, 2009; Rosa, Huertas & Blanco, 1996) y conforme a lo que se ha denominado como la séptima fase metodológica de la investigación histórica (Klappenbach, 2014). En tal sentido, se realizó un análisis cualitativo de cada fuente por separado, de cada fuente en el contexto de los demás documentos vinculados con ella, y un análisis de conjunto de todas las fuentes relevadas. De acuerdo a nuestros objetivos, se pretendió identificar en los materiales recuperados cuáles han sido los principales núcleos de debate en la historiografía del psicoanálisis y, sobre todo, si existen regularidades en el desarrollo y cierre de dichos debates. Dado que, como en toda controversia, tales regularidades necesariamente se explicitan y clarifican en los casos de debates explícitos que a menudo involucran polémicas sostenidas (Fierro, 2015c), con fines de inteligibilidad y exposición se privilegiaron en este trabajo los casos de debates que permiten precisamente inteligir los mecanismos de cierre de los problemas historiográficos que constituyen el núcleo de nuestro análisis. Finalmente, y de acuerdo a la última fase de la investigación histórica, los datos recogidos fueron reconstruidos, sintetizados y estructurados de forma narrativa con fines expositivos. Dicha síntesis de los datos significativos hallados constituyen, por supuesto, el desarrollo de este trabajo.

Heterogeneidad

La historiografía del psicoanálisis: heterogeneidad, diversidad y controversia

Para contextualizar y analizar las controversias entre Freud y algunos de sus primeros adherentes es preciso, como se dijo arriba, notar el estado de ebullición y controversia del propio campo historiográfico del psicoanálisis. En este sentido, no sólo el debate en torno a constructos teóricos freudianos y al psicoanálisis como movimiento u organización ha registrado controversias históricas específicas, como las de Fliess y Jung respectivamente (a ser analizadas en la segunda parte de este trabajo). Especialmente en las últimas décadas, pero en un sentido más general desde mediados del siglo pasado, la reconstrucción y escritura mismas de la historia del psicoanálisis, sus prácticas investigativas, la disponibilidad de fuentes históricas y los intereses e intenciones de los historiadores son objeto de discusiones y debates que afectan la producción de los historiadores (Mühlleitner, 2002; Vezzetti, 2000). Esto permite comprender retrospectivamente la continuidad de ciertas dinámicas políticas e institucionales del psicoanálisis a lo largo de la historia del movimiento y, a su vez, inteligir ciertas particularidades (principalmente institucionales) del psicoanálisis contemporáneo.

De acuerdo a los trabajos relevados aquí, diversas cuestiones problemáticas plantean la agenda reciente de la historiografía psicoanalítica. Tales cuestiones incluyen, entre otras, la disquisición epistemológica de considerar a Freud como un descubridor o como un inventor a partir del estatuto -de realidad o de constructo teórico- atribuido a los postulados psicodinámicos[ii]; la determinación de la relación específica (en términos sociológicos y psicosociológicos) entre Freud y el conjunto del movimiento psicoanalítico y sus seguidores; la determinación del grado y tipo específico de vinculación de Freud y su creatura teórica con la medicina, la psiquiatría y la biología decimonónicas; la vinculación entre el psicoanálisis y las circunstancias socio-culturales de las que emergió, y el tipo y grado de la recepción del psicoanálisis en los círculos científicos (especialmente los médicos y psiquiátricos) de fines de siglo XIX (Roazen, 2001). Sin embargo, tales puntos, aunque los más relevantes para nuestros objetivos en tanto que entroncan con cuestiones de la historia social de la ciencia y de la sociología y filosofía de la ciencia, han sido claramente minoritarios en la literatura histórica, al menos hasta años recientes. De acuerdo a Mühlleitner (2015),

los estudios biográficos dominan sobre los estudios sociohistóricos, y el foco [de la historiografía psicoanalítica] ha estado puesto desde hace un largo tiempo en la lucha por el legado y la legitimidad más que en la historia social del campo. (pp. 327)

Efectivamente, Mühlleitner diferencia tres tipos de historias al interior de la historiografía psicoanalítica: las historias de las teorías psicoanalíticas de Freud hasta el presente, la historia del movimiento psicoanalítico con sus representantes, instituciones y prácticas, y la reflexión (crítica) de los propios historiadores-psicoanalistas sobre la historiografía que constituye el output de los mismos. El primer tipo concentra los trabajos acerca de la obra freudiana, sus reapropiaciones posteriores (kleinismo, lacanismo, psicoanálisis grupal) y ocasionales estudios culturales y sociológicos. El segundo refiere a los estudios biográficos, tanto de Freud como de las agrupaciones colectivas freudianas y sus desarrollos regionales diferenciales. Parte de los estudios pertenecientes a este tipo de historias, por su dimensión colectivista (más allá del ‘gran genio creador’) han subrayado en limitadas ocasiones la dinámica psico-sociológica del psicoanálisis, desnaturalizando el sistema teórico (previamente autocontenido y reconstruido en perspectiva exclusivamente conceptual o intelectual) y resituando a los freudianos en el marco más general de la producción teórica como actividad humana. El tercer tipo de historias, un tanto heterogéneo, abarca las revisiones historiográficas realizadas por aquellos psicoanalistas advertidos de las parcialidades y sesgos de las historias legitimantes del psicoanálisis ortodoxo. Todos estos campos, de acuerdo a la autora, han sido surcados por controversias, revisiones y críticas, y como desarrollaremos a lo largo de nuestro análisis, los tres tipos de historias se relacionan íntimamente.

Según Paul Roazen, aunque estas controversias historiográficas denotan efervescencia y actividad al interior del psicoanálisis, desde las controversias históricas entre Freud y sus discípulos -que datan de 1900- hasta los agitados debates historiográficos más recientes, “el fondo del litigio ha estado inextricablemente mezclado con preguntas acerca del poder y la ambición, al igual que con preguntas acerca del futuro percibido del ‘movimiento’” (Roazen, 2002, pp. x). Por tanto, no importaría la cantidad de direcciones que ha perseguido y persigue la historiografía del freudismo: todas parecen estar atravesadas por cuestiones de poder, de legitimidad y legitimación, y necesariamente, de partidismo y de corporativismo. De acuerdo a las investigaciones relevadas en este trabajo y de acuerdo al análisis propuesto para la segunda parte de nuestra investigación, el litigio referido por Roazen fue establecido y formalizado por primera vez por el propio Freud, quien desde su ‘historia del movimiento psicoanalítico’ (Freud, 1914/2006) “sugería que la historia del psicoanálisis es básicamente la historia de los rechazos, las resistencias y los reagrupamientos de las ideas, instituciones e individuos freudianos ortodoxos” (Mühlleitner, 2015, pp. 327). Efectivamente, se torna comprensible el dominio de historias biográficas sobre estudios socio-históricos y la controversia que estos últimos han generado en los historiadores-psicoanalistas si se considera que, con el centramiento del movimiento psicoanalítico en Freud (un centramiento que como veremos él instó y que fue legitimado por su círculo), necesariamente la vida y obra del padre fundador es el eje que sostiene, en un sentido bastante literal, el resto de la trama historiográfica del psicoanáisis (Vezzetti, 2000).

Los litigios referidos por Roazen (2002) creemos se sintetizan de forma acabada en el conjunto de las ‘guerras Freud’: es decir, los debates que se encendieron en las décadas de 1980 y 1990 en torno a revisiones y cuestiones teóricas del psicoanálisis y que en su conjunto atrajeron tanto a historiadores como a filósofos, epistemólogos y críticos literarios hacia el campo disciplinar de la teoría (Borch-Jacobsen & Shamdasani, 2012, pp. 24-29; Crews, 1995; Robinson, 1993). Las ‘guerras Freud’ fueron, a su vez, instancias delimitadas en el marco de discusiones previas y más generales en torno a la naturaleza y validez del psicoanálisis, como teoría y como terapéutica (Terwee, 1990). En lo que respecta a la presente investigación, una significativa parte de estos debates involucró problemáticas históricas e historiográficas: las primeras, en torno a cuestiones sobre el pasado histórico del psicoanálisis, y las segundas, en torno a la modalidad, implícitos subyacentes y supuestas finalidades de las reconstrucciones de la historia del psicoanálisis por historiadores y más frecuentemente, por psicoanalistas. Efectivamente, en paralelo con las revisiones del psicoanálisis histórico y contemporáneo, la proliferación de escuelas y enfoques psicoanalíticos “también estimuló la reelaboración [reworking] de casi todos los ítemes importantes en la historia de las biografías de Freud” (Mühlleitner, 2015, pp. 327).

Las controversias historiográficas más importantes para el objeto de la presente investigación que remiten directamente a la disponibilidad de documentos históricos giraron, primero, en torno a la carencia de acceso a fuentes primarias sobre Freud, debido al secretismo y a las prácticas editoriales (muchas veces tendenciosas, defensivas y dogmáticas) de los detentores de manuscritos y cartas de Freud a partir de la década de 1950, y luego –cuando ciertas fuentes primarias fueron publicadas sin editar- en torno a la profunda y minuciosa revisión de la historia heredada del psicoanálisis, identificada usualmente con la biografía de Freud por Ernest Jones (Jones, 1953/1976) y con el volumen The Origins of Psycho-Analysis (Bonaparte, Freud, Kris, & Freud, 1950/1956). En la segunda parte de nuestro trabajo volveremos a este germinal volumen de la historiografía ortodoxa, ejemplar de la incidencia de los freudianos en la reconstrucción parcializada del pasado disciplinar (Marinelli & Mayer, 2006; Mühlleitner, 2002).

Circunscribiéndonos a la primera controversia referida, y en calidad de hito en la historia de la historiografía psicoanalítica, la difusión de las cartas Freud-Fliess sin editar reveló, retrospectivamente, niveles de censura en ediciones previas que tenían menos en común con prácticas académicas que con prácticas religiosas (Masson, 1985; Roazen, 1996; Shamdasani, 1996; Sulloway, 1991). Lo mismo sucedió con la publicación sin ediciones ni censuras de las cartas entre Freud y Karl Abraham (Haynal & Falzeder, 2002a), y entre Freud y otros autores como Oskar Pfister, Arnold Sweig y Lou Andreas-Salomé. Estas permitieron evidenciar retrospectivamente importantes omisiones en las primeras ediciones de las cartas pero, especialmente, pusieron en relieve la parcialidad de las reconstrucciones históricas del psicoanálisis, debido estas principalmente a las prácticas censoras sistemáticas de Anna Freud, sus colaboradores y sus colegas editores (Haynal & Falzeder, 2002b; Falzeder, 1996; Shamdasani, 1996).

El secretismo que existe sobre las fuentes primarias del psicoanálisis ha sido documentado de tal forma que la realidad del mismo se vuelve indiscutible (Dagfal, 2015b; Malcolm, 2004), y la circunscripción a menudo arbitraria e injustificada del acceso a tales fuentes han despertado una legítima sospecha tanto en historiadores del psicoanálisis (Roazen, 1982; 2001; 2002) como en historiadores de la ciencia (Sulloway, 1991). Pero, aún más importante, la publicación de los epistolarios sin editar y el creciente acceso a las fuentes en su idioma original han permitido revisar, contrastar y evaluar la veracidad de ciertos puntos y cuestiones de la clásica historia del psicoanálisis que, pronto y a través de este ejercicio revisionista, han devenido en mitos (Esterson, 2002; Sulloway, 1979/1992). De hecho, como apuntan Borch-Jacobsen & Shamdasani (2012), en gran medida las ‘guerras Freud’ hallan su antecedente directo en la historiografía revisionista de Ellenberger (1970) y Sulloway (1979/1992) que, esencialmente y con diversos grados de éxito, han buscado revisar críticamente la denominada leyenda freudiana: la versión parcial e interesada de la historia del psicoanálisis, cedida generacionalmente desde los propios ensayos freudianos (Freud, 1914/2006; 1925/1991). De forma sintética, esta leyenda se vertebra alrededor de

La declaración perentoria del carácter revolucionario y epocal del psicoanálisis, la descripción de la hostilidad feroz y las ‘resistencias’ irracionales a que dio origen, la insistencia en el ‘coraje moral’ que se requirió para superarlas, la obliteración de las teorías rivales, relegadas a la prehistoria de la ciencia psicoanalítica, y la falta de reconocimientos respecto de deudas y préstamos. (Borch-Jacobsen & Shamdasani, 2012, pp. 12)

Estos asertos constitutivos de la imagen heredada de Freud suelen ser los ejes de las controversias historiográficas recientes y contemporáneas. El vínculo entre la supervivencia de tales asertos y el acceso limitado a las fuentes primarias antes referido es directo: como afirma Ellenberger, es a través de la privatización de las fuentes históricas que se edifican las leyendas en torno a autores, y donde es tan crucial como distorsiva “la continua selección de documentos: [su] destrucción, guarda, difusión [y el] rol de las editoriales, editores, lectores” (Ellenberger, 1973, citado en Borch-Jacobsen & Shamdasani, 2012, pp. 19).[iii] Sin embargo, a pesar de las robustas reconstrucciones históricas realizadas por los revisionistas a partir de las fuentes primarias publicadas sólo recientemente, las controversias aún permanecen sin zanjarse: en su conjunto la historiografía del psicoanálisis parece desarrollarse oscilando entre las revisiones y las ‘contra-revisiones’. Así, a pesar de que historiadores críticos han a menudo demostrado argumentadamente la veracidad de sus pretensiones de conocimiento, “las desmitificaciones de idealizaciones hagiográficas a menudo sólo han generado remistificaciones ‘heroicas’ neo-marxistas o foucaultianas” (Mühlleitner, 2002, pp. 12318. Énfasis agregado).

El vínculo entre la disponibilidad de las fuentes y la plausibilidad y factibilidad de un análisis psico-sociológico (internalista) del freudismo es directo. Si partimos de que la historiografía ortodoxa del psicoanálisis se caracterizaba por su celebración del coraje moral de Freud, por condenar a los detractores del neurólogo austríaco y por describir los ‘hallazgos’ teóricos en un sentido cronológico, es entonces hacia las fuentes primarias donde los historiadores debían virar para pesquisar críticamente y en un sentido historiográfico internalista la modalidad de trabajo de los pioneros, las relaciones entre los mismos en tanto autores, el clima emocional y motivacional del psicoanálisis en tanto colectivo, etcétera. Efectivamente, fue la publicación progresiva de fuentes primarias lo que permitió dar lugar a

un nuevo foco [que] fue puesto en el marco institucional, la forma en que estos científicos cooperaban, y cómo organizaban sus intercambios profesionales y personales. Trabajos sobre las amistades y las relaciones profesionales de Freud incluyen los aspectos dinámicos y sociológicos de la formación de grupos, de la producción de conocimiento científico y de la estructura de amo y esclavo (a menudo fundamental en la formación de las instituciones psicoanalíticas), a la vez que versiones más incrustadas [embedded] contextualmente sobre culturas psicoanalíticas específicas. (Mühlleitner, 2015, pp. 327)

Sin embargo, como referimos arriba tal publicación fue en gran medida progresiva, a menudo siendo obstaculizada por los herederos de Freud, lo que consecuentemente retardó hasta los años ’80 la aparición sistemática de historias sociales internas del freudismo. Tal obstaculización es comprensible si se atiende a que la ‘de-mistisización’ o ‘de-mistificación’ del psicoanálisis, su des-naturalización y su revisión crítica a la luz de la historia del movimiento factiblemente tiende a dar de lleno con las creencias y percepciones que usualmente detentan los psicoanalistas en cuanto al carácter revolucionario de su teoría, al carácter iluminado y valeroso de los integrantes del colectivo y al carácter esencialmente cierto de las historias clásicas (creencias que fueron, inicialmente, las del propio Freud). En términos de la historiadora recién referenciada,

La producción de hallazgos científicos y la transformación y transferencia de conocimiento en tanto procesos sociales en que factores internos y externos están en constante interjuego no minimiza el rol del fundador de la ciencia del inconsciente en sus inicios, pero destruye la ilusión de un descubrimiento singular y aislado. Los cambios en la historia del psicoanálisis pueden verse e interpretarse como empresas complejas, dialógicas y de múltiples autores, y dependen de estudios sobre esta tradición científica especial y sobre microculturas psicoanalíticas. (Mühlleitner, 2015, pp. 328)

En tal sentido, se torna comprensible el recurso a prácticas censoras, privativas y retentivas respecto a aquellas fuentes primarias que, como las fuentes epistolares, las misivas y los manuscritos, dieran a los historiadores argumentos para desacralizar al psicoanálisis.

La reacción de los detentores de los archivos de Freud no es incomprensible: una reacción similar sucedió de hecho con la ciencia en general ante la emergencia de la sociología de la ciencia como sub-disciplina. Los estudios sociales de la ciencia (en particular sus programas naturalistas y etnográficos) han pretendido ‘abrir’ la ciencia, entre otras cosas para democratizar la empresa científica y para exponer al público y de forma clara cuáles son las prácticas y los procedimientos de los científicos, que especialmente en los países desarrollados y hacia mediados de siglo se hallaban fuera del alcance de la comprensión del ciudadano no erudito. La redefinición de la ciencia como una ‘actividad cultural’ en esencia semejante a otras actividades culturales, y el consecuente descrédito a las historias de la ciencia que caracterizaban a aquella como una actividad cerrada, en extremo compleja y reservada para los ‘iluminados’ de hecho generó críticas por parte de los científicos (González de la Fe & Sánchez Navarro, 1988). En otras palabras, toda disciplina parece ser reacia al análisis crítico de sus operaciones y procedimientos, más aún cuando es realizado por outsiders (esto es, por sujetos ajenos a la disciplina). Con todo, las reacciones de las ciencias establecidas ante el análisis sociológico y filosófico distaron de las reacciones del círculo freudiano ante análisis semejantes, estas últimas las cuales parecen haber dificultado más que posibilitado la tarea de los historiadores con pretensiones críticas.

En un sentido metodológico, para un análisis sociológico de las controversias historiográficas psicoanalíticas, tal como las controversias son definidas por los estudios sociales (Bucchi, 2004; Collins, 1981; 1992/2009; Martin, 2003), es fundamental analizar los mecanismos mediante los cuales los participantes de dichas controversias limitan la flexibilidad e interpretabilidad de la evidencia (aquí las fuentes primarias y las historias reconstruidas), minimizándola hasta el punto de cerrar el debate. Si bien gran parte de la controversia en historiografía del psicoanálisis se ha zanjado a partir de la saturación de la evidencia a favor de los revisionistas más equilibrados y cautos (Esterson, 2002; Marinelli & Mayer, 2006; Mühlleitner, 2002; Roazen, 2002; Vezzetti, 2000), un mecanismo más importante que la acumulación de evidencia para el presente análisis es el recurso a contraargumentos ad hominem como herramienta de debate académico, en tanto que la validez y eficacia del mismo reposa exclusivamente sobre criterios sociales (por ejemplo, el prestigio). Este recurso, popular en el marco de la revisión histórica del psicoanálisis freudiano, desplaza el foco del análisis de las fuentes históricas o de la cuestión de la objetividad de la historia heredada hacia la contraargumentación a partir de atribuir rasgos, inclinaciones o (en casos extremos) desórdenes patológicos a los críticos.[iv]

Como ha sido remarcado en múltiples ocasiones (Plotkin, 2003a; Borch-Jacobsen & Shamdasani, 2012; Dagfal, 2013; Fierro, 2015a; Klappenbach, 2006), el recurso a explicaciones psicoanalíticas para fundamentar los disensos es una práctica que inició el propio Freud y que legó tanto a su círculo de seguidores como a su biógrafo e historiador del psicoanálisis Ernest Jones. Dejando para la segunda parte de nuestro trabajo el análisis del rol de Freud en la difusión de tal recurso, a continuación analizamos la obra del psicoanalista galés, biógrafo oficial de Freud y nodo central en las revisiones y contra-revisiones problemáticas de la historia del freudismo en el siglo XX.

 

Ernest Jones

La historiografía clásica del psicoanálisis: Ernest Jones como paradigma

La historiografía de Jones ha sido considerada, por historiadores internos y externos al psicoanálisis, como uno de los eslabones más importantes en la historiografía ‘ortodoxa’ del psicoanálisis (Klappenbach, 2006; Mühlleitner, 2015; Sulloway, 1991). Efectivamente, la obra de Jones en torno a la vida y obra de Freud fue centro de polémicas y controversias, no tanto al interior del psicoanálisis (donde la obra se difundió rápidamente y fue bien ponderada, tal como sucedió en Argentina), sino al interior de los círculos de historia profesional de la ciencia y de los críticos al psicoanálisis. Sin pretender ser exhaustivos, y respecto a las controversias que analizamos en la segunda parte de nuestro trabajo, la historiografía de Jones impacta por exhibir dos rasgos relativamente evidentes: por un lado, su claro y explícito apoyo a Freud en casi todos los debates que su historia aborda (en ciertos momentos hasta el punto de la complacencia y la servidumbre), y por otro lado, la consiguiente demonización de figuras ‘secundarias’ al interior del movimiento y la devaluación, o incluso distorsión, de ciertos acontecimientos o hechos históricos al interior de la escuela.

En efecto, un rápido vistazo al tratamiento que realiza Jones de los disensos internos y de las críticas realizadas desde el exterior hacia el psicoanálisis evidencia una marcada tendencia al engrandecimiento de Freud (hagiografía) y a la depreciación de sus oponentes. Un ejemplo claro acerca de la síntesis de dichos rasgos lo constituye la presentación que realiza el galés sobre el colega y amigo de Freud Wilhelm Fliess. Jones concibe como un misterio el hecho de que Freud, un hombre de mediana edad, felizmente casado y con seis hijos “contraiga una apasionada amistad con un hombre manifiestamente inferior a él en calidad intelectual y durante varios años subordine sus propios juicios y opiniones a los de este hombre ” (Jones, 1953/1976, pp. 299. Énfasis agregado). Sin embargo, el psicoanalista devenido historiador rápidamente aduce a continuación que lo anterior se explica por la cualidad extraordinaria de la personalidad de Freud, específicamente en torno al “hecho de liberarse mediante la elección de un sendero hasta entonces no hallado por ser humano alguno, y mediante la heroica tarea de explorar el propio inconsciente” (Jones, 1953/1976, pp. 299. Énfasis agregado). Aun haciendo de lado el hecho de que Jones mediante tal gesto prácticamente desconoce los abundantes antecedentes respecto al inconsciente dinámico con eficacia patológica y a la naturaleza sexual de las prácticas infantiles previos a Freud, aquí subrayamos el notorio enjuiciamiento valorativo realizado sobre Fliess.

En efecto, en las pocas hojas de la biografía realizada por Jones en que aparece, este otorrinolaringólogo berlinés es caracterizado explícitamente como un hombre excéntrico –en momentos al borde de la insania-, o como un débil de mente, o como un egocéntrico que no oía los aportes que Freud le comunicaba en sus cartas. Criticando una tendencia en Fliess que años antes había reconocido y aprobado enfáticamente en el propio Freud, Jones consideraba que el otorrinolaringólogo berlinés iba “de la nariz al infinito” (Jones, 1953/1976, pp. 302), en el sentido que sus teorías sobre la relación entre la nariz y ciertos acontecimientos sexuales eran producto de una sobre-generalización deductiva. Junto con tal tendencia a la sobre generalización, que en los había inaugurado el propio Freud, Jones arremetía contra la solidez de las hipótesis de Fliess imputándole delirios y debilidades cognitivas.

Los rasgos místicos que se observan en sus escritos y la fantástica arbitrariedad con que hacía sus malabarismos con los números –era un numerólogo por excelencia- indujeron a algunos de sus críticos recientes a relegar la mayor parte de su obra al terreno de la psicopatología. (Jones, 1953/1976, pp. 302-303)[v]

Tal aseveración se ha probado, nuevamente, falsa al ser contrastada con los datos históricos disponibles. Nuevamente, estudios en historia intelectual y social sobre la cultura académica de Freud (e.g. Sulloway, 1979/1992; 1991, Zaretsky, 2004/2012; pp. 75-82) han demostrado que las teorías de Fliess no sólo no eran arbitrarias, sino que eran plausibles para el conocimiento biológico de la época, y que, lejos de ser considerada como psicopatología, fue bien recibida por múltiples autores de la época, no menos incluso que las propias conjeturas de Freud. Otro punto que sería revisado décadas más tarde, como veremos más adelante, era el referido a la personalidad de Fliess como factor explicativo de su ruptura con Freud. Independientemente del hecho de que no disponía las cartas que Fliess había escrito (es decir, basándose exclusivamente en el testimonio del propio Freud), Jones consideraba que el otorrinolaringólogo “se negaba, con dogmática persistencia, a tomar en cuenta toda crítica a esas ideas [las que se le ocurrían a Fliess], lo que condujo finalmente a su ruptura con Freud” (Jones, 1953/1976, pp. 301). A comparación de la figura de Freud, que a través de su heroico y autoanálisis habría podido librarse de la figura transferencial de su colega berlinés y conquistar los secretos del inconsciente, Fliess aparece como una figura tenue e incluso infantil. Y es que, para Jones, una ‘tardía adolescencia’ en Freud le habría hecho susceptible a la ‘forma de dependencia’ que constituía la relación con su colega. Jones, sin embargo, se las ingenia para no dejar caer su ilustración impresionista de Freud, al considerar que

Esa subestimación de sus propios méritos y sus éxitos […] no emanaba de una debilidad interna, sino de una terrible fuerza, que por sí sólo no se sentía capaz de dominar. Es así como tenía que dotar a Fliess de toda clase de cualidades imaginarias, juicio fino y mesurado, insuperable capacidad intelectual, cualidades esencialmente necesarias para el papel de mentor y productor. (Jones, 1953/1976, pp. 307)

Este extracto es importante puesto que, consideramos, ilustra explícitamente uno de los mecanismos que se presentan en varias de las fuentes historiográficas relevadas: la del psicologismo. Reduciendo el problema del consenso teórico o de la colaboración científica a un aspecto psicológico (más bien, psicoanalítico), Jones reduce la figura de Fliess y magnifica la de Freud contra toda la evidencia histórica disponible sobre su relación: en realidad, todo lo que Fliess habría tenido de positivo y científico era producto de una proyección por parte de Freud, el único científico y racional de los dos, quien adicionalmente proyectaba no por una causa psicopatológica sino por la lucha que en su interior se producía en torno a la verdad que aún no comunicaba al mundo. A pesar de que en psicoanálisis cuanto más fuerte es la proyección por parte de un adulto más infantil se supone su psiquismo, Jones invertía tal esquema y sostenía que las aprobaciones que Freud hacía de los comentarios de Fliess respecto a sus hipótesis no eran indicativas de debilidad infantiloide sino de “la necesidad de estímulo de parte de Freud por el desmesurado concepto que se había hecho de Fliess, concepto que, a la luz de una verdadera estimación de ambos autores, tiene sin duda un dejo tragicómico” (Jones, 1953/1976, pp. 310. Énfasis agregado).

Finalmente, Jones era lapidario en cuanto al verdadero lugar de Fliess en la historia del psicoanálisis. El berlinés no había sido parte del desarrollo de la teoría psicoanalítica ni engranaje en las especulaciones técnicas freudianas. Por el contrario, “toda la ayuda que Freud podía derivar de sus encuentros con Fliess debe haber sido esencialmente una beneficiosa influencia sobre su ánimo. La ayuda propiamente intelectual sólo podía ser mínima” (Jones, 1953/1976, pp. 315. Énfasis agregado). En definitiva, no había mérito ni aporte esencial realizado por Fliess que pudiera justificar su relación y amistad con un hombre de la talla científica y moral como la de Freud: dicha relación, un fenómeno auténticamente psicológico, se explicaría tanto por el supuesto aislamiento científico de Freud, como por su conflicto interior respecto a las verdades que iría hallando a través de su auto-análisis. Para Jones, un análisis de la correspondencia entre ambos habilitaba una lectura psicoanalítica que arrojaba, según su criterio de forma clara, que tanto la relación como el conflicto que llevó a finalizar dicha relación se fundamentaban en “deseos inconscientes de carácter hostil” (Jones, 1953/1976, pp. 324) por parte de Freud. El punto de la influencia de Fliess sobre Freud también ha sido revisado críticamente, al evidenciar que, como el propio Freud reconoció en limitadas ocasiones en público y en correspondencia, y como revela un análisis teórico y desapasionado de la cuestión, nociones como la de ‘bisexualidad constitutiva’ eran, en lo que respecta al psicoanálisis alrededor de 1900, una idea en gran medida fliessiana. Como desarrollaremos más adelante, revisiones semejantes se realizaron acerca del supuesto ‘ostracismo’ de Freud, y con el lugar del ‘auto-análisis’ como base fundacional del movimiento.

Los extremos de la posición que retrata Jones han sido remarcados incluso por historiadores que, como el galés, son psicoanalistas y asumen el discurso psicoanalítico como positivo, en el sentido de certero y confirmado. Es el caso de Roudinesco, quien remarca que Jones asumió el mito del ‘autoanálisis’ de Freud y lo llevó hasta sus últimas consecuencias, para desgracia de los colegas del neurólogo vienés.

Él [Freud] se había «autoengendrado», se decía, y, en consecuencia, había que recusar toda historia contextual de los orígenes del psicoanálisis en beneficio de una mitología del «gran hombre». Esa fue la posición de Jones en 1953. Desde ese punto de vista, este hizo de Fliess un falso científico iluminado y de Freud un héroe de la ciencia capaz, desde las alturas de su «espléndido aislamiento», de inventar todo sin deber nada a su época. (Roudinesco, 2014/2015, pp. 247-248)

En tal sentido, y retrotrayéndonos a los inicios de la historia de la historiografía psicoanalítica, recuentos históricos como los del húngaro Ferenczi, un devoto y fervoroso discípulo de Freud, anteceden por varias décadas al culto al ‘gran hombre’ que inauguró Jones. En lo que es quizá el primer recuento histórico del psicoanálisis por obra de alguien más que Freud, Ferenczi no escatima en retratar a Freud como un auténtico conquistador, un gladiador de la verdad y un ejemplar humano en lo que refería al coraje moral del vienés para sobreponerse a los críticos ciegos. Por la significatividad de tal fuente para la historiografía posterior, se justifica la extensión de la siguiente cita, cuyo retrato hipertrófico y celebratorio de Freud constituyó auténtico molde para las historias sobre el movimiento que aparecerían en las décadas subsiguientes.

La primera época [del psicoanálisis], la que llamaríamos época heroica del psicoanálisis, está representada por los diez años que Freud peleó solo contra todos y utilizando todos los medios. La mayoría, ciertamente, adoptaron el eficaz método del silencio; pero otros usaron el sarcasmo, el desprecio o la calumnia. Los amigos de antaño, e incluso, un antiguo colaborador, le abandonaron y el mayor cumplido que se hizo fue el de considerar a tan gran talento víctima de tamaño error. Al llegar aquí no podemos menos que expresar nuestra admiración por Freud, quien, sin desear que se reconociera su dignidad, inquebrantable a pesar de tan furiosos ataques, y a pesar de la decepción que le causaron sus amigos, continuó avanzando por el camino que juzgaba acertado. Él podría decirse con el humor amargo de un Leónidas: al menos puedo trabajar en paz, a la sombra de la ingratitud. Así, estos años le sirvieron para madurar ideas imperecederas y para redactar obras inmortales. Realmente evitó derrochar su precioso tiempo en polémicas. Nosotros mismos deberíamos seguir el ejemplo de Freud evitando la polémica en la medida de lo posible. Efectivamente, entre nuestros adversarios, son numerosos quienes, sin experiencia personal ni conocimientos de los problemas que nos preocupan, lanzan conferencias o artículos contra el psicoanálisis a partir de sarcasmos e injurias (hay honrosas excepciones). (Ferenczi, 1911/1984, para. 4-6)

Sin embargo, por su difusión y pregnancia, fue la historiografía estimulada y divulgada por Jones la que ayudó a cristalizar tales perspectivas y a integrarlas en un esquema biográfico coherente.

En retrospectiva, el galés aparece como seminal no sólo en la difusión de una imagen distorsionada y a menudo celebratoria de Freud especialmente en lo tocante con aquellos que pretendían ‘pervertir’ o alterar el psicoanálisis, sino también en la legitimación y encubrimiento de las prácticas censoras de los detentores de los manuscritos y fuentes primarias de Freud, en especial las prácticas de los ya referidos Kris y Anna Freud. Es ampliamente conocido que Jones accedió a materiales previamente no disponibles confeccionar su obra. Esto, de acuerdo a Marinelli y Meyer (2006), implicó cierto contrato entre el galés y la hija de Freud, al punto que Jones sometió cada parte de su obra sobre Freud a la revisión de Anna, “cuyos modos de operación variaron desde la edición hasta la censura” (pp. 5). Específicamente sobre las cartas Freud-Fliess, Jones comunica que el material al que pudo acceder –la totalidad de las cartas- no mostraba gran diferencia con aquél publicado en el volumen con el nombre de The Origins of Psychoanalysis, al referir que

En cuanto a las cartas y párrafos que fueron dejados de lado [en dicho volumen], y que yo he podido leer también, se refieren a detalles sin ningún interés acerca de la preparación de encuentros, noticias sobre la salud de amigos y pacientes, algunos detalles referentes a los esfuerzos que Freud realizó para ajustarse a la ‘ley de los períodos’ de Fliess, además de una cantidad de observaciones acerca de Breuer que demuestran que la opinión que éste le merecía a Freud trasuntaba una crítica mucho más enérgica de lo que generalmente se supone. (Jones, 1953/1976, pp. 300-301)

Esto, como han demostrado comentadores y críticos acerca de las versiones publicadas sin ediciones de la correspondencia entre ambos autores (Sulloway, 1982; 1991; Torok & Rand, 1986), distaba de ser verdad. Muchos de los párrafos censurados referían a valoraciones y asertos de Freud que, por un lado, ilustraban la calidad de su proceso investigativo, y que por otro, permitían reconstruir más claramente el proceso de construcción teórica del autor: ambos aspectos esenciales para la reconstrucción plausible y verídica de la historia del psicoanálisis, pero también para la crítica teórica y metodológica del mismo.

La imputación psicologista y patologista de Jones respecto a los ‘adversarios’ del psicoanálisis no se limitó, por supuesto, a la figura de Fliess. Otras figuras, como Alfred Adler, aparecen especialmente disminuidas en la historiografía de Jones, por ejemplo al decir que la ‘escuela rival’ formada por el médico vienés era insostenible y que “lo que Adler podía ofrecer [al psicoanálisis] era tan superficial y realmente trivial que raras veces podría interesar a un serio investigador. Ignoraba simplemente los métodos y descubrimientos del psicoanálisis” (Jones, 1955/1976, pp. 151). Respecto a la segunda controversia sobre la que nos centraremos en la segunda parte de nuestro trabajo, el psiquiatra Carl Gustav Jung fue objeto de un tratamiento particular en la historiografía representada por el galés.

Las fuentes primarias indican que Jones dudaba de la seriedad y calidad de las teorizaciones jungianas, aún en una época donde en el sistema de Jung convivían aportes freudianos con ideas propias. En efecto, Jones veía a la teoría de Jung como el producto de una resistencia afectiva a la verdad freudiana. En 1913, y en correspondencia con Freud, Jones sostenía acerca del lugar minorizado que la sexualidad tenía en la teoría de Jung que

El mundo tiembla de miedo porque el böse Vater [malvado padre] [Freud] ha descubierto sus pensamientos secretos, sus deseos de incesto y su sexualidad infantil. Pero el caballeroso san Jorge [Jung] aparece y tranquiliza al mundo. “Continuad con vuestra sexualidad infantil, que no es sexual, y con vuestros deseos de incesto, que no son incestuosos” […]. (Paskauskas, 2001, pp. 231)

La práctica de interpretar sentidos ocultos en las teorizaciones de Jung o la de imputar defectos a la personalidad del suizo desvalorizando aquellas se halla presente, aunque atenuada, en la obra que el galés publicaría 40 años luego de correspondencia arriba citada. Caracterizando a Jung un sentido desfavorable, y ubicando en el centro del problema a Freud a la manera en que lo había realizado con Fliess, Jones sostiene que al neurólogo vienés le atraía del psiquiatra suizo “su vitalidad, su vivacidad y sobre todo su ilimitada imaginación […] Hacía resonar algo muy significativo en su propia personalidad, algo sobre lo cual su altamente desarrollada capacidad de autocrítica tenía que ejercer el más estricto autocontrol” (Jones, 1955/1976, pp. 44). Nuevamente, Freud aparece en términos comparativos como el más racional, precavido y equilibrado de los dos profesionales.

Tal retrato desventajoso de Jung se magnifica al hacer lugar al aserto de Jones de que el psiquiatra suizo, aunque parecía tener condiciones de un jefe, adolecía de dos defectos: en primer lugar, era un rebelde, heterodoxo o herético: tenía los rasgos de “un ‘hijo’, en una palabra, más bien que los de un líder” (Jones, 1955/1976, pp. 45). En segundo lugar, y más importante, Jung tenía, como Fliess, otro defecto intelectual o cognitivo. En términos de Jones, la mentalidad de Jung carecía de lucidez, y era, en esencia, extraña y confusa. Adicionalmente, recuerda Jones que en la época en que era colega de Jung, presentía o sospechaba cierto ‘prejuicio racial’ por parte del suizo. En síntesis, Jung era poco lúcido, confuso, heterodoxo, especulativo y probablemente racista.

Tal retrato de Jung se filtra, como podría esperarse, a la explicación de su apostasía. La selectividad al momento de recuperar fuentes primarias para elaborar su historia se evidencia en la obra de Jones en los puntos en que ignora, u omite, que a pesar de la amistad personal y la relación profesional entre Freud y Jung, este último desde el primer momento sostuvo distancia respecto a las teorizaciones freudianas. A pesar de que Jones remarca que de 1906 a 1910 Jung parecía un partidario sincero del freudismo y de que “sólo una mirada muy aguda podría haber percibido entonces algún indicio de la futura grieta” (Jones, 1955/1976, pp. 151), las primeras cartas del suizo al vienés, que datan de 1906, explicitan claramente tanto las reservas del psiquiatra respecto a generalización de la etiología sexual de la neurosis propuesta por Freud, como la intención de apoyar a Freud sólo en la medida en que la experiencia empírica lo respalde (McGuire & Sauerländer, 2012).

En tal sentido, como desarrollaremos en la segunda parte de nuestra investigación, Jung siempre mantuvo relativamente intacta su independencia intelectual respecto de Freud. Sin embargo, Jones parecía ignorar esta circunstancia, en los hechos recogiendo y desarrollando una idea esbozada una década atrás por Sachs, quien consideraba que quienes se habían separado de Freud eran o egotistas irracionales, o dependientes infantiloides. “¿Qué podían hacer aquellos que eran demasiado orgullosos para ser respaldados por él [Freud] y a la vez demasiado débiles para mantenerse en pie por sí mismos? Se cubrieron los ojos con las manos y se escabulleron” (Sachs, 1944, p. 121, citado en Leitner, 1999, p. 475). En cualquier caso, Jones reconducía el disenso de Jung, nuevamente, a factores psicológicos, a conflictos inconscientes y a resistencias afectivas, reduciendo así la existencia misma de una controversia entre él y Freud, y sustrayendo de la obra jungiana la pretensión de ser una ‘nueva teoría’: esta no era una nueva formulación, sino el resultado pseudo-científico de la incapacidad personal del suizo de no abrazar la verdad freudiana. Así,

al subrayar que una controversia científica no es posible por los orígenes inconscientes de una teoría, Jones devaluaba la nueva teoría. No hay [en esa nueva teoría] un análisis científico, y la controversia sólo es necesaria para evidenciar los complejos [inconscientes] del disidente. (Leitner, 1999, p. 461)

En síntesis, el tono de la relación personal del suizo con el neurólogo vienés, que en momentos alcanzó una intensidad considerable, no sustenta la idea de Jones de que era Jung quien estaba más comprometido afectivamente y que fue esto lo que provocó su desestabilización intelectual. Más aún si se considera que Jones imputa a Freud deseos inconscientes de hostilidad y de muerte hacia Jung (Jones, 1955/1976, pp. 160). Por tanto, a la vez que debe buscarse en otro orden de explicación la ruptura entre ambos, la reconstrucción de la disensión de Jung respecto al movimiento es otro elemento distorsionado en la historiografía oficial del freudismo. La participación de Jones en los primeros años del movimiento psicoanalítico, así como su involucramiento en el apartamiento de ciertas figuras del mismo, será un punto abordado en la segunda parte de nuestra indagación, al momento de cuestionar sistemáticamente la posibilidad de que el autor fuera capaz de retratar verídicamente la historia del psicoanálisis.

Concluimos este apartado sugiriendo que, si es cierto el carácter representativo de la historiografía de Jones respecto al grueso de las historias sobre Freud y sobre el psicoanálisis que proliferaron hasta tan tarde como 1970 (Klappenbach, 2006; Mühlleitner, 2015; Young, 1966), la deducción que se impone es que, efectivamente, hasta que se sucedió el cruce entre el psicoanálisis y otros campos externos al mismo como la historiografía de la ciencia y la sociología del conocimiento, el grueso de las narrativas históricas sobre este sistema psicológico estaban en las antípodas de las perspectivas históricas críticas. En tal sentido, si es cierto que como remarcan múltiples autores (Klappenbach, 2000a; Woodward, 1980) una historia crítica debe mantener una metodología pluralista y un equilibrio entre los enfoques clásicos de la ciencia –presentismo, historicismo, internalismo, externalismo, cuantitativismo y cualitativismo-, entonces la historiografía ortodoxa del psicoanálisis, con su manipulación y selección intencionada de fuentes primarias y con su énfasis internalista, cualitativista y a menudo presentista dista de constituir una historiografía crítica.

Por otro lado, y más importante, si es cierto que una historia crítica debe examinar de forma no partidaria las autoridades y las fuentes históricas, la propia posición del historiador y la propia disciplina o sub-disciplina de la que se trate (Brock, 2014b; Danziger, 1984), las tendencias historiográficas a que la obra de Ernest Jones sirve de ejemplar constituyen el negativo de una tal historia crítica. La legitimación evidente que tal investigación histórica persigue, el fuerte personalismo a través del cual reduce todo el sistema teórico, la ausencia de consideraciones sociológicas (colectivistas) en que contextualizar la obra freudiana y la intensa naturalización de los objetos de estudio del sistema teórico en que se incurre al asumir la verdad de los mismos como punto de partida de la reconstrucción histórica, hacen a la historiografía del psicoanálisis hacia fines de los ’60 un campo de ‘celebración y vituperio’, en términos de Young (1966). En definitiva, las tendencias hagiográficas y fuertemente celebratorias de tal historia impiden en cualquier medida el punto en que toda historia científica y no legitimante debe evitar “la cristalización de cualquier modelo teórico, por eficaz que pudiera parecer en sí mismo, en la medida que pudiera convertirse en dogmático y, de esa manera, impidiera una posición verdadera crítica” (Klappenbach, 2000a, pp. 253).

Modelo biográfico

La historiografía del psicoanálisis: más allá del modelo biográfico

Está claro que el modelo biográfico en historia de la ciencia no merece críticas por el mero hecho de ser biográfico. Como indica Kragh (1989), aquel no implica necesariamente falta de objetividad. Empero, en ciertas condiciones –de apremio intelectual, de necesidad de legitimación externa, de realización de tributos- el biógrafo de la ciencia en ocasiones tenderá a identificarse con el personaje que retrata y a “presentar al científico retratado como a un héroe; en cambio presentará a sus oponentes y rivales como a los malos. Cuando esto ocurre, la biografía degenera y se convierte en la llamada hagiografía, una historia acrítica en blanco y negro” (Kragh, 1989, pp. 219-220). Creemos que la biografía de Jones y la historiografía que ha insistido en las parcialidades de la misma son insignes de tal tipo de retratos, toda vez que la historiografía personalista de la ciencia se caracteriza por presentar

al héroe como un genio que lucha contra un mundo contemporáneo estúpido que le pone toda clase de obstáculos en el camino de sus brillantes ideas; ideas brillantes porque se anticipaban a los conocimientos modernos o pueden leerse a la luz de estos. Estos obstáculos puede que no tengan en muchas ocasiones ninguna base auténtica de hecho, sino que serán simplemente un medio de reforzar nuestra admiración por el héroe (si los supera) […]. (Kragh, 1989, pp. 220)

Resulta claro que dicha perspectiva pregnó la totalidad de la historiografía clásica del psicoanálisis, al punto en que tal historiográfica era ‘clásica’ precisamente por no apartarse de la voluntad del fundador del movimiento en lo que atenía a la reconstrucción histórica, y en tanto los historiadores eran psicoanalistas freudianos. Puede formarse una idea del punto en que tal historiografía permitió legitimar y fortalecer la identidad del psicoanálisis en tanto escuela psicológica al considerar que fue el modelo biográfico de la historiografía clásica la que prácticamente inauguró las investigaciones históricas en latitudes donde el psicoanálisis constituyó una auténtica matriz de formación de psicólogos, como lo fueron por caso Argentina (Vezzetti, 2000) y Francia (Roudinesco, 1994).

Recapitulando, las prácticas que se constatan como centrales en la investigación histórica clásica del psicoanálisis son, entre otras, el psicologismo (la reducción psicológica de la dinámica científica), el patologismo en tanto argumento ad-hominem (la reducción de disensos o críticas internas o externas a conflictos afectivos) y el recursivismo (el uso de conceptos teóricos del psicoanálisis para analizar la historia del sistema teórico). Sin embargo, lejos de confinarse a la historiografía previa a la década de 1970, la práctica del psicologismo –es decir, la reducción del disenso científico a explicaciones cognitivas o, en este caso, afectivas- parece haber pregnado tanto las ‘guerras Freud’ que se sucedieron hacia fines de los ’80 y los ’90, como los debates historiográficos posteriores. Compárese el motiv de la interpretación religiosa que realiza Jones respecto al psicoanálisis jungiano (Paskauskas, 2001, pp. 231), citada párrafos atrás, con el que utiliza Elisabeth Roudinesco en respuesta reciente a un volumen crítico y polémico de Michael Onfray acerca de Freud:

El autor [Onfray] proyecta sobre el objeto odiado sus propias obsesiones – los judíos, el sexo perverso, las conspiraciones – al punto de hacer de Freud un doble invertido de sí mismo, y del psicoanálisis la expresión de una autobiografía de su fundador, transformado en criminal conspirador . Frente a éste alter ego, rechazado en el infierno, el autor quiere ser un liberador viniendo a salvar al pueblo francés de su creencia en un ídolo cuyo crepúsculo anuncia. (Roudinesco, 2011, pp. 19. Énfasis agregado)

No nos extenderemos particularmente sobre la historiografía francesa del psicoanálisis en este trabajo, tal como se especificó en la metodología y de acuerdo a nuestros objetivos (para una consideración específica del ‘affaire Onfray’, consúltese Dagfal, 2010). Sí mencionaremos, sin embargo, que al permanecer como uno de los últimos baluartes del psicoanálisis, Francia aparece como el cobijo de una historiografía psicoanalítica que ha sido imputada reiteradamente de parcialidades, olvidos selectivos y distorsiones evidentes, constituida esta como respuesta a historias revisionistas del psicoanálisis que contrastan con las clásicas y que, por tanto, provocan controversia entre los psicoanalistas (Plotkin, 2016). Por caso, el reciente volumen de Roudinesco (2014/2015), un análisis biográfico de Freud, denuncia las parcialidades y extremos en que han incurrido tanto los historiadores ortodoxos como los que ella considera miembros de la industria del ‘Freud Bashing’ (las críticas a Freud que se popularizaron en medio de las ‘Guerras Freud’).

Veinte años antes de la publicación del volumen referido, Roudinesco intervenía sobre la reedición francesa de El descubrimiento del Inconsciente de Ellenberger confeccionando un capitulo introductorio donde, a la vez que insuflaba nociones foucaultianas a la obra del historiador suizo, reconocía que hacia la década de 1970 los psicoanalistas franceses estaban totalmente bajo la influencia de la historiografía de Jones (Roudinesco, 1994). Aparentemente ignorando tanto el monopolio y la fuerte edición documental en que se basaba dicha historiografía como la activa distorsión realizada por el galés en torno a múltiples episodios del movimiento psicoanalítico, y desconociendo la clara tendencia hagiográfica de la obra en su conjunto estimulada por la propia hija de Freud, los psicoanalistas franceses alineados con la IPA

se imaginaban la historia de su origen y de su movimiento, no como una leyenda dorada o una hagiografía, sino como una historia oficial sólida y sostenida por archivos. Una historia donde prevalecía la idea de que Freud había logrado, por el poderío de su genio solitario y a costa de un heroísmo intransigente, sustraerse a todas las falsas ciencias de su época para revelar al mundo la existencia del inconsciente. (Roudinesco, 1994, para. 4)

Veinte años después de tal observación, la historiografía francesa parece haber reconocido al menos parte del carácter escasamente plausible de la historia oficial del movimiento, destinada más a cohesionar al colectivo freudiano que a transmitir una narrativa auténtica y verídica. La obra de Roudinesco pretende enmarcarse en la historiografía crítica que ha puesto en evidencia las fallas de la historia clásica. Aunque sin los agravios y distorsiones de la historiografía ortodoxa, en línea con Jones Roudinesco echa sobre hombres como Jung una luz que los retrata, nuevamente, como fanáticos claramente distanciados del racionalismo y el cientificismo freudiano.

Es innegable que, como abordaremos en la segunda parte de nuestra investigación, el psiquiatra suizo procedía de una tradición “en la que se mezclaban esoterismo, antimaterialismo, espiritismo, ocultismo, impulso hacia la espiritualidad, atracción por lo inconsciente subliminal y los fenómenos de personalidades múltiples y, para terminar, adhesión a la psicología de los pueblos” (Roudinesco, 2014/2015, pp. 500). Sin embargo, limitar así la caracterización de Jung omite de hecho, en primer lugar, que el trasfondo familiar de nuestro psiquiatra involucraba cuestiones religiosas y creencias paganas muy fuertes respecto a las cuales Jung nunca se habría emancipado (Noll, 1997/2002), por lo que la aparición de su interés en tales temas durante su relación con Freud no fue súbita, mucho menos indicativa de un problema intelectual del autor. En segundo lugar, la caracterización de Roudinesco lleva a oscurecer el hecho de que el interés por el estudio científico de los fenómenos místicos, ocultos y paranormales no sólo no era patrimonio privado de un Jung excéntrico, sino que era una empresa perseguida por psicólogos de la talla de, por caso, William James, y que ocupaba cierto lugar en los intereses de los científicos de fines de siglo XIX y comienzos de siglo XX. En tal sentido, situada en el contexto personal, intelectual y disciplinar de la época de Jung, el retrato realizado por Roudinesco del suizo como una personalidad irracionalista y dada a la especulación necesariamente pierde fuerza.

Aún más importante, debe destacarse que el esoterismo, el espiritismo y el ocultismo no fueron producto de las preferencias extravagantes de Jung u patrimonio exclusivo del mismo, sino que fueron perseguidos como fenómenos de estudio intrigantes por Jones, por Ferenczi e incluso por el propio Freud (quien, como veremos, impulsó explícitamente a Jung a indagar el campo). Aun omitiendo todos estos hechos, puede constatarse que la descripción realizada por Roudinesco en el contexto en que la autora lo introduce colabora con reforzar la imagen de Jung como un hombre especulativo y anti-científico: descripción que no se ajusta con la rigurosidad con que Jung separaba la actitud empírica y abierta del científico, de sus preferencias religiosas y, más adelante, mitológicas. Esta rigurosidad fue públicamente reconocida, cuando Jung la expuso en los congresos internacionales donde defendía la obra de Freud y donde contra-argumentaba a los psiquiatras que rehusaban el freudismo (Makari, 2008/2012).

En un sentido más general, es constatable que al momento de caracterizar al psiquiatra suizo, Roudinesco (2014/2015) nuevamente traza un cuadro desfavorable de Jung. La psicoanalista francesa se centra sobre las apreciaciones que Jung realizaría décadas más tarde sobre la pertenencia religiosa y ‘racial’ de Freud, a su vez subrayando la confesada autopercepción de inferioridad de Jung respecto a neurólogo vienés, y el tenso ambiente familiar en que aquel se había criado. Es también llamativo que la autora dedique un espacio considerable de la biografía de Freud a asociar a Jung con los poderes nazis luego del ascenso del nacionalsocialismo en Europa: un espacio que, aún considerable en el contexto de una biografía del neurólogo vienés, resulta insuficiente para un abordaje profundo del tema, siendo la relación entre Jung, el nazismo y el racismo un problema historiográfico que ha suscitado múltiples debates. Independientemente de este punto en particular, el paralelismo entre la obra de Jones y la de Roudinesco es clara: sea que se inicie la obra con una versión glorificada de Freud (como lo hace Jones) o que se proponga una imagen realista del mismo pero se la contraste luego con personalidades místicas, racistas y confusas, “todos los rivales, oponentes y disentores son puestos a priori en una luz desfavorable” (Leitner, 1999, p. 474).

Respecto a las ‘apostasías’ y las disidencias, obras como la de Roudinesco (2014/2015) presentan un Freud realista, en sentido que el retrato del autor que allí aparece no lo muestra, en términos de Plotkin (2016) como un genio aislado que “luchaba contra viento y marea por imponer su verdad (‘la’ verdad), sino, volviendo al título del libro, [como] un hombre, extraordinario sin duda, pero sin embargo localizado en un tiempo y una cultura que –aunque cambiantes- estaban históricamente determinados” (pp. 177). No obstante, también se han señalado limitaciones en esta ‘nueva’ historiografía. Tal como expusimos que sucede con la obra de Jones en lo tocante a las fuentes primarias, Plotkin remarca que parte considerable de los argumentos de Roudinesco se fundamentan exclusivamente en “seminarios inéditos y, por lo tanto, inaccesibles para el lector. Pareciera que para Roudinesco el hecho mismo que ella tratara un tema en un seminario constituye evidencia de lo que quiere mostrar” (2016, pp. 179). En efecto, el recurso a fuentes primarias de acceso abierto, o cuyo acceso por lo menos no haya sido restringido o no se halle por fuera del alcance del lector o de otro historiador, parece una deuda aún no saldada en la historiografía psicoanalítica.

Para dimensionar las causas y consecuencias de dicha historiografía francesa en los episodios que analizaremos en la segunda parte del trabajo, especialmente en lo tocante a la controversia entre Freud y Jung, es ilustrativa la viñeta presentada por Paul Roazen en suControversies in Psychoanalysis. Allí el politólogo norteamericano devenido historiador recuerda que, almorzando con Paul Ricoeur (autor de Freud and Philosophy), le preguntó a este último por qué no había tomado a la figura de Jung como centro de su obra si su objetivo era vincular la filosofía con el psicoanálisis. “La mención del nombre de Jung, sin embargo, causó una perplejidad especial en Ricoeur. Puesto que en París uno no podía, según Ricoeur, leer a Jung; este estaba ‘en el Índice’ de los libros prohibidos entre los intelectuales franceses” (Roazen, 2002, pp. 36). Complementariamente, se ha indicado que Francia, con el transcurrir de las décadas, reemplazó una historiografía celebracionista y hagiográfica (la de Jones y la IPA) por otra historiografía, igualmente laudatoria y ortodoxa (la de Lacan y sus seguidores) (Vallejo, 2007). Esto permite poner en perspectiva la historiografía de un movimiento que en el país referido aún goza de cierta salud y cuya reconstrucción histórica, por tanto, puede inferirse flanqueada por conflictos e intereses variados.

 

Ad-hominem

El argumento ad-hominem como mecanismo de cierre de controversias

Retomando el argumento ad-hominem que blande Roudinesco párrafos atrás contra Onfray, el relevamiento empírico realizado en esta primera parte de nuestro trabajo sugiere que tal práctica no es exclusiva de un autor aislado ni de una región en particular, y que su cualidad de instrumento para intentar resolver las controversias historiográficas trascendió la historia esbozada por Jones, naturalizándose más allá de la misma. El arriba aludido historiador social del psicoanálisis Paul Roazen, a partir de la publicación de un libro acerca de la relación entre Freud y su discípulo Victor Tausk, provocó la publicación de un volumen, en calidad de respuesta, por parte de Kurt Eissler -uno de los ya referidos fundadores de los Sigmund Freud Archives y mentor de gran parte de las políticas restrictivas que pesan sobre dichos archivos-. Eissler sostenía en la crítica a aquel libro que al leer la obra de Roazen se sentía “forzado a referir al lector a los comentarios de Freud acerca de las auto-revelaciones de Daniel Paul Schreber” (Eissler, 1971, pp. 91-92, citado en Borch-Jacobsen & Shamdasani, 2012, pp. 26), aludiendo al célebre caso freudiano de demencia paranoide. Así, Eissler, una personalidad reconocida en el campo de la historia del freudismo, aludía a que Roazen era análogo a Schreber en cuanto a que ambos compartirían el mismo tipo de demencia. En retrospectiva, es dudoso cuánto podría colaborar tal argumento ad hominem en la clarificación de los hallazgos de Roazen.

Es semejante el tratamiento que en Freud and his Critics aplica Paul Robinson a la contundente crítica realizada por Adolf Grünbaum a la teoría y terapéutica freudiana en su obra The Foundations of Psychoanalysis. El primero, calificando de ‘ataque a Freud’ a la obra del filósofo de la ciencia alemán (cuya critica al freudismo es considerada como una de las más sólidas), sostiene que ciertas observaciones y ejemplificaciones en la obra constituían “irrupciones en el discurso implacable de Grünbaum más bien como síntomas neuróticos, perturbando el tono filosófico” (Robinson, 1993, pp. 184. Énfasis agregado), para luego agregar que suponía que Grünbaum era un “hombre profundamente excéntrico”. Tal como noventa años antes Freud criticaba la ambivalencia de los científicos que no abrazaban el edificio completo de su teoría, Robinson espetaba a Grünbaum la presentación equilibrada que este realizaba del tema: es decir, espetaba al filósofo alemán que por un lado criticara a los críticos del psicoanálisis que le antecedieron, y que por otro remarcara las debilidades metodológicas y procedimentales del propio Freud. Junto con la clasificación del filósofo alemán como un neurótico, nuevamente consideramos dudoso el grado en que colaboraría con la resolución de la controversia historiográfica el criticar al autor por no adoptar una postura partidaria o extrema.

Hacia el final de su obra, el historiador de las ideas estadounidense afirma categóricamente una idea que es, cuanto menos, polémica para cualquier perspectiva racionalista, crítica y mínimamente realista de la ciencia (incluso la histórica), pero que, a la luz de lo relevado aquí, constituye una consecuencia necesaria de asumir al psicoanálisis como un sistema de sentido más allá de su legítimo contexto profesional. Sostiene Robinson que en definitiva la crítica a Freud, a sus casos clínicos y a la historia recibida (clásica) del psicoanálisis no podrá hacer mella en el sistema teórico, ni debe hacerlo en primer lugar, dado que

ni Freud mismo ni, en un mismo nivel de importancia, aquellos que han sido persuadidos por sus ideas apoyan su convicción en la habilidad del psicoanálisis de curar a los mentalmente enfermos. Más bien, dicha convicción tiene mucho más que ver con el peculiar encanto de aquellas ideas en sí mismas y con el poder de las mismas para iluminar una amplia gama de comportamientos psicológicos y culturales (Robinson, 1993, pp. 260. Énfasis agregado).

El caso de las críticas de Robinson al historiador de la ciencia Frank Sulloway es más complejo aún, por lo que es abordado en la segunda parte de este trabajo al desarrollarse la controversia Freud-Fliess. Robinson aborda en su volumen, finalmente, la obra de Jeffrey Masson The Assault on Truth, ejemplar del revisionismo histórico psicoanalítico. Mientras que la obra de Masson ha suscitado críticas argumentadas y documentadas (e.g. Esterson, 2002), Robinson ofrece otro tipo de crítica en esencia distinta a la crítica objetiva y argumentada en datos empíricos. En efecto, aquel reduce el argumento central de Masson (que Freud alteró su teoría sobre la seducción infantil por constatar abusos reales en sus pacientes) a una condición personal de este: su propia sexualidad. Robinson concibe así que el libro de Masson es hijo del puritanismo sexual que resurgió en Estados Unidos hacia 1960, heredero de la ‘retórica antisexualista’ de dicho movimiento, y una “campaña fantaseada de cercenamiento sexual” (Robinson, 1993, pp. 178). Junto con esto, ubica a la obra como el producto de los conflictos sexuales del propio autor, que, recursivamente, pueden explicarse por las teorías freudianas sobre la sexualidad (asumidas como ciertas).

Nada obsesiona más a Masson que su promiscuidad previa. Originalmente entró en tratamiento psicoanalítico, dice, con la esperanza de refrenar su condición compulsiva de mujeriego que lo estaba haciendo tan infeliz […] Cualquiera sea la verdad del asunto, uno siente cierta pena por él. En la imaginación de Masson, el sexo tiene muy poco que ver con la diversión. Es, en cambio, una carga miserable y una forma de tortura. (Robinson, 1993, pp. 176)

Creemos que las estrategias referidas constituyen intentos de mecanismos de cierre de las controversias historiográficas, específicamente a través de la desvalorización de la seriedad de las revisiones históricas mediante el cuestionamiento de la personalidad de los revisores. Como se desprende de las apreciaciones críticas realizadas acerca de los revisionistas de Freud, entre los que se encuentran los historiadores referidos (Crews, 1995; Robinson, 1993), la controversia acerca de la reconstrucción de la historia del psicoanálisis a menudo habría pretendido zanjarse en función de imputaciones personales, intentándose dirimir aquellas en función de criterios sociales como el prestigio y el reconocimiento detentado por alguna de las partes en debate (en este caso, los psicoanalistas). A partir de las fuentes relevadas, no son exagerados los términos de Borch-Jacobsen y Shamdasani (2012) al decir que los debates en torno a la reconstrucción histórica del psicoanálisis pretendieron cerrarse en base a los mecanismos “de la patologización de los adversarios, de la imputación de ‘resistencia al psicoanálisis’, de puritanismo [y] de antisemitismo” (pp. 25). Estas imputaciones psicologistas o patologistas constituyen uno de los mecanismos con que de acuerdo a las fuentes relevadas parecen enfocarse las controversias historiográficas, al menos por parte de algunos de los psicoanalistas que se asumen como historiadores.

Recursivismo

El recursivismo y la petición de principio como mecanismo de cierre de controversias

Otro mecanismo detectado a partir del relevamiento de las posturas de los historiadores es el de la explicación recursiva. A diferencia del psicologismo, que es la atribución de un estado o mecanismo psicológico (en este caso, psicoanalítico) a cierto crítico o disidente como contraargumento a la crítica misma, el recursivismo es la consecuencia del petitio principii en que incurren la mayoría de los análisis disponibles sobre las controversias históricas freudianas al realizar aquella atribución. Así, en múltiples análisis teóricos o históricos de tales controversias (para este trabajo más relevantes los segundos), se asumen como verdaderas -y se aplican como recursos explicativos de las controversias- variados componentes de la teoría psicoanalítica en sus múltiples formulaciones, a pesar de que es precisamente la validez de dichos componentes lo que los análisis histórico-críticos cuestionan y someten directa o indirectamente a revisión. La relación entre el recursivismo que se sigue de esta petición de principio y el psicologismo en tanto argumento ad hominem es directo puesto que, como argumenta Casals Carro, el petitio principii siempre presupone un argumento ad hominem como fundamentación (Casals Carro, 1998).

Tomando a la historiografía científica (crítica) como parámetro, resulta peculiar el hecho de que ciertos historiadores defensores de Freud que de hecho advierten la práctica del recursivismo y de la patologización de las críticas (historiadores psicoanalistas o inscriptos en este sistema teórico él) notan la particularidad de dicha práctica pero, a continuación, la asumen y la perpetúan. El ya citado Robinson (1993) es ejemplar en este sentido: al considerar la idea de Freud de que toda reacción intelectual contra el psicoanálisis encubre una revuelta afectiva contra la verdad del freudismo, el historiador estadounidense remarca que

Los argumentos ad-hominem –de los cuales el recurso a la resistencia es un ejemplo clásico- simplemente no tiene un lugar en el debate razonado. Dicho esto, uno también debe reconocer que, empíricamente hablando, Freud estaba probablemente en lo cierto: sus ideas nos perturban como no lo han hecho ideas de ningún otro pensador importante, y muchas de nuestras objeciones a ellas, independientemente de su validez intelectual, emanan de fuentes emocionales profundas […] [Freud] continúa siendo una figura repelente en debates contemporáneos, y aún queda, estoy convencido, un reservorio subterráneo de resentimiento respecto a sus ideas molestas. (Robinson, 1993, pp. 10. Énfasis agregado)

Lo que fundamenta el carácter inadecuado del recursivismo en los casos aludidos es el hecho de que al someter a duda, debate o controversia la narrativa histórica del psicoanálisis, simultáneamente se controvierte a la propia teoría psicoanalítica, en la medida en que esta, al menos en sus modalidades y manifestaciones contemporáneas ortodoxas, precisamente por ser ‘ortodoxas’ constituyen un producto predominantemente directo de las teorizaciones particulares de Freud. En tal sentido, criticar y revisar la historia del psicoanálisis es poner en discusión en igual medida el valor de verdad, de validez y en definitiva la referencia empírica de la propia teoría (un asunto siempre problemático para el freudismo).

Como una forma de recusar tal hecho, y en la línea con la naturalización (blackboxism) de los constructos psicoanalíticos que se mencionó en la introducción, ciertos autores han argumentado que el psicoanálisis contemporáneo se ha independizado completamente de sus antecedentes históricos (es decir, de las formulaciones propiamente freudianas). Según este criterio, no se considera relevante ni digno de atención el prospecto de la crítica y refutación de, por ejemplo, la formulación original de ciertos constructos (como el de Complejo de Edipo o el de la sexualidad infantil), ni tampoco se considera que atenta contra el edificio teórico y tecnológico la revisión histórica tanto de las circunstancias en que aquellos constructos fueron formulados, como de los casos clínicos a partir de los cuales tales recursos conceptuales, según Freud, se decantaron.

Esta es la exacta postura del actual director de los Sigmund Freud Archives, Harold Blum, y del ex secretario y tesorero de los mismos, Bernard Pacella Durante las ‘guerras Freud’ estos psicoanalistas con pretensiones históricas aducían que, debido a la popularización de los términos psicoanalíticos en áreas tan disímiles como la sociedad, el arte y la historia,

a esta altura, las proposiciones iniciales de Freud, sus primeros descubrimientos y sus emblemáticos informes de casos ya no son vitales para la validación de la formulación freudiana […] Freud es parte de nuestra cultura y de nuestra forma de comprender el desarrollo y el desorden de la personalidad . Toda psicoterapia racional está basada en principios psicoanalíticos. El psicoanálisis provee un modo fundamental de explorar y entender el arte y la literatura, la biografía y la historia, etc. Conceptos como represión, regresión, negación, proyección y ‘Desliz freudiano’ se han vuelto parte de nuestro vocabulario. (Blum & Pacella, 1995, pp. 105. Énfasis agregado)[vi]

El diseño de esta investigación fue de tipo transversal descriptivo comparativo y correlacional. El mismo permitirá obtener una visión respecto a la correlación o no entre las variables estudiadas, en el momento en el que es realizado el estudio. Se condujo una investigación no experimental, ex post-facto, descriptiva, comparativa, correlacional y de corte transversal según la clasificación que indican León y Montero (2005), y Montero y León (2007).

Verdad y eficacia

¿Cuestiona la revisión histórica a la verdad y eficacia psicoanalíticas?

Es evidente que, respecto de las cuestiones del valor de verdad y de la validez del psicoanálisis, el argumento de los autores es, en sí mismo, una petición de principio, puesto que pretenden dar por sentado aquello que es precisamente lo que está en el centro de la discusión. A la vez, debe remarcarse que la gran difusión y pregnancia social de los conceptos psicoanalíticos, además de ser parte de la más general difusión de conceptos psicológicos en las sociedades occidentales (un fenómeno advertido hace décadas tanto por la psicología crítica como por la historia crítica de la psicología), es un punto de partida de investigaciones y ulteriores clarificaciones (Plotkin, 2003b; Zaretsky, 2012/2014) y no un punto de llegada que inmunizaría al psicoanálisis contra las evaluaciones críticas sobre su teoría, su tecnología y su praxiología. Sostener como parecen hacer Blum y Pacella que la popularidad del psicoanálisis es probatorio de su verdad implica confundir la socialización, difusión y diseminación de la teoría y de sus constructos con el proceso de debate, crítica y refutación de las pretensiones de conocimiento de la misma, en un ámbito científico destinado para tal fin, llevado adelante por académicos y profesionales formados para tal tarea (Fernández Acevedo, 2003). De hecho, podría inferirse que para los autores sería aceptable el reemplazo de lo segundo (el debate) por lo primero (la difusión), ante lo cual la discusión crítica, experta y académica sobre el psicoanálisis se torna superflua y redundante de cara a su difusión y popularidad social –restando así cientificidad al problema–.

Sin embargo, a pesar de lo defendido por estos y otros autores, el vínculo genético entre la historia y la teoría del psicoanálisis, aunque no evidente, es directo. En primera instancia, por el hecho (también advertido hace ya décadas en la historiografía de la ciencia y de la psicología) de que toda teoría psicológica es un artefacto altamente cronotópico, producto de prácticas históricas específicas y concretas, llevadas a cabo por agentes delimitados, y en un complejo contexto de variados foros y agentes legitimantes colectivos (Danziger, 1993b; van Strien, 1993a). En este sentido, el psicoanálisis, en tanto discurso acerca de la mente inconciente, no es una excepción (Johansson, 2007; Zaretsky, 2004/2012). De hecho, ha sido en torno a esta temática donde se pesquisa la existente aunque limitada influencia de los estudios sociales de la ciencia y de la sociología del conocimiento en la historiografía del psicoanálisis (Borch-Jacobsen & Shamdasani, 2012; Marinelli & Mayer, 2006): en la relativización y difuminación de las barreras entre los contextos epistemológicos (de descubrimiento y de justificación) y entre el ‘interior’ y ‘exterior’ del sistema conceptual y tecnológico freudiano.

Toda teoría (incluida la psicoanalítica) es producto de las prácticas resolutivas de los científicos frente a problemas concretos (van Strien, 1993a). Puesto que tales prácticas y tales problemas, al menos en lo que respecta a las ‘grandes teorías’ psicológicas, son de hecho prácticas y problemas históricos, entonces toda teoría es producto de la historia en un sentido estricto. Así, toda teoría psicológica es producto de la historia de teorías previas en calidad de fundamentos y antecedentes, es consecuencia de la historia de los grupos de científicos que la producen y discuten, y es resultado de la historia de los compromisos entre los propugnadores de las teorías y los contextos y audiencias ante los cuales el sistema teórico debe presentarse como una alternativa científica robusta y coherente. Es por esto que revisar la historia de un producto científico y evidenciar en ella distorsiones o reinterpretaciones respecto de los hechos históricos auténticos es criticar, asimismo, la propia teoría.

Lo anterior probablemente se muestre menos evidente cuanto más se ha reformulado la teoría de cara a indagaciones e investigaciones fácticas más allá de sus formulaciones originales históricas. Sin embargo, en cierto punto, todo sistema teórico, en especial las ‘escuelas’ psicológicas que proliferaron hasta mediados del siglo XX, conforma un producto histórico. Más importante para nuestros objetivos, en el caso de teorías que han permanecido históricamente ‘preservadas’ contra influencias externas -como lo es explícitamente y en gran medida el freudismo-, la crítica teórica y técnica que se desliza detrás de una revisión histórica se vuelve más evidente, como así también se vuelve evidente la potencial amenaza de dicha revisión histórica para la solvencia teórica percibida por los freudianos. En este sentido, hallar incongruencias en la historia heredada del psicoanálisis freudiano y someterla a revisión es, a su vez, someter a revisión la validez de la teoría (especialmente en puntos nodales como el abandono de la teoría de la seducción, la formulación de la sexualidad infantil, la postulación del complejo de Edipo y la fundamentación de la proliferación y del cambio conceptual en los casos o ‘historiales’ clínicos, entre otras).

Esta premisa, que no es explicitada a menudo en los análisis históricos del psicoanálisis realizados por insiders, se refuerza además dada la particular naturaleza hermenéutica, inductiva y fuertemente personalista del psicoanálisis: naturaleza que hace remitir la verdad, validez y referencia empírica de los constructos a los tratamientos clínicos concretos, a los históricos ejemplares freudianos, a las dotes exegéticas del fundador (y del intérprete contemporáneo) y, en última instancia, al autoanálisis del propio Freud. Esto permitiría explicar al menos en parte que el grueso de revisiones históricas del psicoanálisis hayan sido estimuladas por agentes externos al psicoanálisis (historiadores, filósofos y sociólogos de la ciencia), y que las prácticas historiográficas que aquí consideramos (especialmente la retención de fuentes primarias y la patologización de los críticos externos) se hayan difundido y arraigado concomitantemente con la proliferación de revisiones históricas.

Contra tales argumentos podría argumentarse que un siglo de psicoanálisis ha producido instancias de reflexión y evaluación crítica de la teoría que han permitido la depuración del sistema y la identificación y conservación de sus núcleos de verdad. Esto es verdadero para una parte específica del psicoanálisis: aquella que ha evolucionado desde la palabra del ‘maestro’ hacia conceptos y técnicas más ajustadas con la realidad fáctica y de acuerdo a la metodología de la ciencia, aún en las versiones más fundamentales de dicha teoría (e.g. Morris, 2011; Strupp & Howard, 1992). Sin embargo, dicha emancipación respecto a la autoridad freudiana no se ha evidenciado en la totalidad del campo: se ha remarcado que parte considerable del psicoanálisis aún prioriza la autoridad de los textos ‘clásicos’ de Freud y el acatamiento de sus enunciados y conceptos por sobre la explicitación y crítica contemporánea de las hipótesis freudianas mediante investigaciones objetivas y controladas (Fonagy, 2003). En lo que nos interesa aquí, este último ha sido ciertamente el caso de territorios como Argentina, debido a la renuencia del grueso de los psicoanalistas a someter a revisión y crítica sistemática, científica y pública sus postulados teóricos y debido a la tendencia de los mismos a identificar la ‘investigación’ con la psicopraxiología de consultorio (Fierro & Brisuela Blume, 2016; Vilanova, 1994c; 1996; 1997b).[vii] Producto de los ‘efectos dogmáticos’ de la hegemonización del psicoanálisis en el país (Vainer, 1997), es usual notar que en las academias de psicología de dicho país existe una tendencia marcada a la veneración de textos ‘sacros’ en calidad de ‘clásicos’, al reemplazo de la investigación empírica por la recitación y exégesis hermenéutica de tales textos, y a la estructuración de asignaturas y currículos enteros en base a la emulación y replicación de los casos clínicos, teorías y escritos técnicos freudianos (Klappenbach, 2000b; 2004; Piacente, 1998; Serroni-Copello, 1997b; Vilanova, 1994a; 1994b). Esto, conjeturamos, responde a la modalidad de legitimación del ejercicio de los psicoanalistas (críticos de lo que conciben como los ideales cientificistas, mal llamados ‘positivistas’ [Talak, 2009]), y a la modalidad circular y autovalidante en que los asertos teóricos son corroborados a partir de experiencias clínicas concretas.

En línea con esto, y en el contexto referido, una segunda razón por la que puede sostenerse que la historia y la teoría psicoanalítica se entrelazan íntimamente radica en la peculiar dinámica generacional de los grupos de psicoanalistas; dinámica en la cual el análisis didáctico es tanto el medio predilecto para la formación y el entrenamiento como la fuente, junto con los casos clínicos, de las experiencias que nutren y realimentan el corpus teórico. Según historiadores del psicoanálisis como Roazen (1996) y Young (1997), y más recientemente Mühlleitner (2015), debido a los sesgos inherentes a esta dinámica -crucial tanto para la supervivencia del movimiento como para la formación de los analistas- los freudianos que han pretendido regirse por la lógica institucional del sistema teórico han dado la espalda a las controversias que signaron el nacimiento de su escuela psicológica, lo que los ha privado de una perspectiva histórica que permitiría contextualizar el discurso psicoanalítico, exponiendo así sus legítimos límites.

Según Sulloway (1991) esto dista de ser accidental: la ausencia de una perspectiva histórico-crítica en la formación de los psicoanalistas a lo largo del siglo pasado sería, en términos de la sociología de la ciencia, un prerrequisito del psicoanálisis clínico en tanto ‘tecnología social’: tecnología la cual, por la suspensión de juicio crítico que requiere para su cesión intergeneracional, choca de lleno con revisiones críticas históricas y apartidarias, y a su vez permite que junto con el legado y entrenamiento técnico se traspasen y hereden mitos, tergiversaciones y reconstrucciones interesadas del pasado y de la teoría del movimiento. El hecho de que el entrenamiento en psicoanálisis (es decir, el análisis didáctico) y a nivel más general cualquier psicoanálisis clínico constituyan en su conjunto los métodos de investigación predilectos de esta corriente (Bos, 2012; Freud, 1923/1991a; Tasman, 2015), cuando se agrega a la asimetría inherente a dichos análisis didácticos, conduce necesariamente a estimular en las nuevas generaciones ciertos sesgos interpretativos y cognitivos que filtrarán, entre otras cosas, datos y argumentos de investigaciones críticas (históricas y teóricas) por ser divergentes con las premisas de la escuela. Así, a partir de esta dinámica formativa y de entrenamiento se estará desalentando potenciales revisiones conceptuales y tecnológicas del sistema, a la vez que fomentando un tipo de pensamiento heurístico e interpretativo que permitirá en un futuro al psicoanalista en formación la obtención de la clase de evidencia que precisamente se requiere para nutrir, reforzar y fundamentar (no criticar, o reformular, o abandonar) los constructos teóricos.[viii] En términos del suizo Johansson (2007),

Los candidatos [psicoanalistas en formación] estudian una variedad de textos psicoanalíticos clásicos, reciben supervisión y tutorías respecto a su propio trabajo con pacientes y, último pero no menos importante, se someten a un análisis didáctico. De esta forma, el cuerpo de conocimiento perteneciente al psicoanálisis es transmitido vía la palabra oral y la palabra escrita. Este es […] otro factor importante a considerar, uno que complica el proceso historiográfico. Para obtener una imagen balanceada y matizada de la historia del psicoanálisis en relación con cómo se vincula a la situación contemporánea, se requiere que los académicos reconstruyan y analicen las teorías subyacentes tanto como las aplicaciones prácticas [de las fuentes]. (pp. 109. Énfasis agregado)

Debido al lugar que estos ocupan en la formación de los psicoanalistas, es en torno a los historiales de los casos freudianos donde se perciben más claramente tanto el peso de la historia sobre el estado actual del campo, como los riesgos que encarnan las revisiones históricas críticas para los miembros del freudismo. Insumos fundamentales en el entrenamiento psicodinámico, la lectura y análisis de los historiales freudianos pretenden fomentar un tipo de aprendizaje vicario, tanto a nivel teórico (aprehensión de los conceptos puestos en evidencia en los tratamientos) como a nivel técnico (identificación e interiorización de los recursos tecnológicos y terapéuticos del psicoanálisis) (Johansson, 2007). En un sentido semejante, la centralidad de los casos freudianos constituye una de las principales causas por las que los psicoanalistas consideran legítimo aducir hallazgos clínicos o datos anecdóticos obtenidos en sus prácticas privadas como evidencia empírica de sus enunciados.

En tal sentido, agregados al usual rechazo del psicoanálisis ortodoxo respecto a argumentos o evidencias que disputan o contradicen sus premisas por fuera del ámbito psicopraxiológico, los casos freudianos, auténticos ‘paradigmas’ en el sentido kuhniano del término, constituyen parte esencial del canon conceptual y técnico que se cede intergeneracionalmente en psicoanálisis. Por tanto, demostrar alteraciones realizadas por Freud en el material con miras a su publicación (e.g. Sulloway, 1991), exponer explicaciones alternativas de los resultados obtenidos por el neurólogo vienés (e.g. Borch-Jacobsen & Shamdasani, 2012), concluir falsedad o inconsistencia entre los registros publicados por Freud y los datos históricos clínicos asequibles por otras fuentes (e.g. Ellenberger, 1972; 1977/1993) y notar que el ‘autoanálisis’ de Freud sólo le permitió derivar constructos teóricos a través de una grosera sobregeneralización de conjeturas consideradas a priori como hechos confirmados (Masson, 1984, p. 272; McKinley Runyan, 2012, p. 360), constituyen algunos de los ejercicios investigativos que por un lado permiten poner en duda la veracidad de las reconstrucciones teóricas e históricas realizadas por Freud, y por otro lado habilitan la discusión de las pretensiones de eficacia propugnadas por el neurólogo vienés, en igual medida propugnadas por el grueso del psicoanálisis contemporáneo que se fundamenta en tales casos.

De acuerdo a Sealey (2012), los casos clínicos freudianos buscaban asegurar las pretensiones de ilustrar los fenómenos clínicos observados por él en privado, por un lado, y de demostrar la verdad de las explicaciones teóricas y técnicas ensayadas para inteligir y tratar tales fenómenos, por otro. A la luz de tales funciones –de por sí bastante evidentes-, es comprensible que los otros psicoanalistas que de hecho publicaron historiales de casos clínicos (como Jones, Sadger y Pfister) lo hicieran no para avanzar teorías propias sino para reforzar, y en ciertos casos defender, las teorías freudianas contra críticas externas. En tal sentido, desde 1910, cuando los psicoanalistas se apresuraron a celebrar y halagar la exposición de Freud de sus casos clínicos, habría quedado claro -al menos para los integrantes del freudismo- el lugar central de los casos clínicos tanto para la fundamentación de la teoría, como para el entrenamiento psicoanalítico: un lugar que necesariamente debía ocluir la revisión de dichos casos a la luz de otras teorías, perspectivas u hechos que no fueran las del propio Freud.

De acuerdo a Sealey (2012), los casos freudianos fueron rápidamente canonizados, en el sentido que “pasaron de constituir un proyecto científico dinámico a constituir textos canónicos a ser referenciados e interpretados, no cambiados ni explícitamente cuestionados” (p. 45). Énfasis agregado). En otras palabras, los historiales publicados por Freud sirvieron rápidamente como pilares para el desarrollo conceptual y para el avance institucional del psicoanálisis. Si consideramos que el psicoanálisis ‘ortodoxo’ lo es precisamente por resguardar los núcleos conceptuales freudianos de revisiones o críticas sistemáticas, y si consideramos que parte de dicha ortodoxia es el recurso a casos centenarios para basar prácticas actuales, entonces se torna evidente que revisar de forma crítica dichos casos a la luz de la historia es, en igual medida, cuestionar la verdad, eficiencia y eficacia del psicoanálisis –esto es, del psicoanálisis declarativa y consecuentemente freudiano-.

De acuerdo a lo expuesto arriba, y de forma paradójica, la finalidad de conservar el psicoanálisis basándolo en los escritos freudianos y dando escaso lugar a modificaciones sustanciales (en torno a sus constructos fundamentales y a sus casos clínicos paradigmáticos, por caso) ha llevado a que el sistema in toto sea frágil y sensible a la revisión histórica. En tal sentido, la historiografía que “se ha dirigido a exponer o corregir los errores cometidos por Freud cuestionan la robustez [soundness] de las teorías psicoanalíticas y su valor terapéutico” (Marinelli & Mayer, 2006, pp. 6). En pocas palabras, la peculiaridad de la dinámica generacional de los grupos de psicoanalistas vuelve plausible que a pesar de haber atravesado un siglo desde su fundación, el freudismo continúe perseverando en tergiversaciones históricas y en errores y omisiones teóricas y técnicas en extremo relevantes para cualquier psicopraxiología clínica (Francioni, 1993). En términos del psicoanalista Edward Glover (1952),

Difícilmente pueda esperarse que un estudiante que ha pasado algunos años bajo las condiciones artificiales y ocasionalmente de cultivo [hothouse] de un análisis didáctico y cuya carrera profesional depende de superar la ‘resistencia’ para la satisfacción de su analista didáctico, pueda estar en una posición favorable para defender su integridad científica contra la teoría y práctica de su analista […] Puesto que de acuerdo con su analista, las objeciones del candidato a las interpretaciones califican como ‘resistencias’. En síntesis, hay una tendencia inherente en la situación de entrenamiento a perpetuar el error. (pp. 403)[ix]

Dado que por definición el psicoanalista que a la vez es historiador ha tenido que atravesar necesariamente tales mecanismos institucionales, es evidente que existirán puntos ciegos para la historiografía producto de ‘insiders’. En términos de un historiador externo al psicoanálisis,

el concepto de análisis didáctico [training analysis] ha tenido ciertas consecuencias colaterales, en la infantilización de candidatos por ejemplo, y en asegurar el adoctrinamiento de los mismos respecto a la forma de hacer las cosas de un maestro en particular. […] El psicoanálisis supervisado fue inventado precisamente como un dispositivo para comprobar [check] el poder que un analista mayor está obligado a tener. Pero uno encuentra tanto sectarismo en psicoanálisis, hasta el día de hoy, que no parecería que previos dispositivos hayan tenido éxitos en lo que respecta a su efectividad pretendida. (Roazen, 2002, pp. 36).

Johansson (2007), un historiador sueco del psicoanálisis, subraya la importancia historiográfica del mismo aspecto. En calidad de advertencia insoslayable al momento de cualquier indagación histórica del psicoanálisis, Johansson llama atención al hecho de que la transmisión oral, frágil y fácilmente distorsionable en tanto fuente histórica, es parte central de la narrativa cronológica del freudismo.

Desde el comienzo mismo, el análisis didáctico mismo y la supervisión de estas sesiones, ambas partes esenciales del proceso de entrenamiento, están en conflicto con las estructuras académicas estándar. Ninguna tercera parte independiente o sin sesgos está presente para observar qué sucede durante esta fase del entrenamiento, lo que derrama en un procedimiento que se dirige de forma contraria a los ideales y demandas de los cursos de educación públicamente regulados. En su lugar, el ideal prevalente en la teoría psicoanalítica enfatiza esta relación cercana como el punto de partida y el prerrequisito necesario para obtener un conocimiento más profundo de los deseos y conflictos inconscientes del candidato. (Johansson, 2007, pp. 104)

De acuerdo a Marinelli y Meyer (2006), que el camino formativo hacia el psicoanálisis continúe siendo hasta hoy la lectura de los textos de Freud, comportando tal camino un conjunto de prácticas iniciáticas independientes de las expansiones, revisiones y transformaciones post-freudianas, ha introducido una tensión específica en la historiografía del movimiento. Esto dado que la base teórica de la misma (es decir, el conjunto de premisas metacientíficas fundamentales a la reconstrucción histórica)

acerca de qué es el psicoanálisis en tanto ciencia continúa siendo determinada por tradiciones exegéticas, las cuales derivan su genuina dinámica de la interpretación de un texto […] Como resultado, a los propios textos mismos se les asina un estatus que no es meramente histórico, sino orientado hacia el psicoanálisis contemporáneo. (pp. 5. Énfasis agregado).

De cara a esto, resulta claro que el psicoanálisis es de hecho muy sensible a la revisión histórica de su desarrollo y de las bases (teóricas y empíricas o fácticas) sobre las que se erige. Pero, a la vez, dado que el origen de dicha dinámica de entrenamiento puede rastrearse hasta las controversias surgidas en el movimiento freudiano, entonces nuevamente la reintroducción de dichas controversias en el entrenamiento y la formación de psicoanalistas (o psicólogos) es tan necesaria como amenazadora respecto a la naturalización a que ha tendido el sistema teórico, sus constructos y sus reglas tecnológicas. Esto es problemático, sin embargo, no sólo por la necesaria inercia de la formación de los psicoanalistas –que como se sugirió arriba excluye la consideración no partidaria de las revisiones históricas disponibles-, sino por la asimetría que se impone en todo contexto terapéutico psicoanalítico, y por el ejercicio de poder que tal asimetría implica, especialmente en el psicoanálisis didáctico. Frosh (1987) ha señalado que el psicoanálisis clásico (el freudiano), en comparación con el kleiniano y el lacaniano, niega y oculta el poder ejercido desde el analista hacia el analizando detrás de una neutralidad y una distancia contemplativa que, ante un análisis externo, se revelan como inexistentes. Debido a las especificaciones tecnológicas del sistema teórico, tanto para el freudismo como para los terapeutas post-freudianos los integrantes de la situación terapéutica son, en esencia, integrantes sometidos -ya sea sólo el paciente, sometido al analista, o el paciente en conjunto con el analista, sometidos a la doctrina teórica-. Adicionalmente, si consideramos, como remarca Frosh, que es auténticamente imposible la intervención terapéutica por fuera de un marco teórico y axiológico específico, sea este cual sea, tanto el análisis freudiano como el kleiniano y el lacaniano se muestran como instancias donde, en los hechos, el criterio de verdad y de eficacia es detentado por el terapeuta. Esto, el contexto de la formación de psicoanalistas, puede tener sólo consecuencias negativas para la innovación teórica, para la revisión conceptual y para la adquisición de una perspectiva no naturalizadora respecto al sistema teórico. En lo que respecta a la historiografía, es claro que la asimetría jerárquica de los términos diádicos que yace en el corazón del entrenamiento psicoanalítico, una vez internalizada, es factible que fomente un estilo de pensamiento que a la vez que legitimará las versiones oficiales de la historia del movimiento, tenderá a interpretar las revisiones y las historias externas o críticas como motivadas por la repulsa emocional causada por el descubrimiento freudiano.

En la dimensión histórica que interesa en este trabajo, todo lo descrito arriba apuntaría a que, a más de un siglo de su creación, el psicoanálisis permanece fundamentalmente dependiente de las conjeturas emitidas por su fundador, y que dichas conjeturas aún son los fundamentos efectivos y últimos de la teoría. Un factor explicativo central para este fenómeno que compete a la inserción de la historiografía en la formación de los psicoanalistas responde a lo que Mühlleitner (2015) concibe refiere como la escasa sensibilidad histórica de las diversas escuelas psicoanalíticas surgidas luego de Freud: ocupadas por asegurar sus campos profesionales y gremiales, tales escuelas “han confeccionado para sí mismas genealogías idealizadas, líneas de filiación intelectual entre grandes mentes del pasado y practicantes contemporáneos, trazando una línea apropiada [suitable] de evolución, y han sido selectivas respecto al pasado que pueden capitalizar” (Mühlleitner, 2015, pp. 328).

Sin embargo, las revisiones críticas de la historiografía celebratoria y hagiográfica recién referida indican que la pregnancia de tales tendencias no puede explicarse exclusivamente apelando a los post-freudianos. Por el contrario, la propia dinámica del primer movimiento psicoanalítico sería el eslabón primordial en el establecimiento y la naturalización de tales actitudes laudatorias al momento de reconstruir la historia del sistema teórico. En efecto, para comprender la reverencia a las ‘verdades’ psicoanalíticas por parte de los historiadores debe considerarse la pregnancia y aceptación que tuvo la modalidad de entrenamiento mediante análisis didáctico que instituyó históricamente el Comité Secreto en torno a Freud y que, luego de las guerras mundiales, se constituyó como paradigma del entrenamiento de analistas (sobre el rol del Comité Secreto en las críticas y controversias del psicoanálisis, ver el apartado de este trabajo sobre la controversia entre Freud y Jung; sobre el monopolio teórico y formativo ejercido por el Comité Secreto, véase Sulloway, 1991; Paskauskas, 2001, pp. 195-201; Wittenberger, 1996; Wittenberger & Tögel, 2002). Aunque este punto se detallará desde las fuentes primarias en la segunda parte de nuestro trabajo, aquí debe subrayarse que el monopolio de la formación de psicoanalistas mediante el análisis didáctico instituído por Freud a través del Comité Secreto, el cual aseguró posteriormente la circularidad de la metodología de investigación definida por aquel, en un sentido explícito sentó los cauces de la historiografía posterior al establecer a la autoridad y a la tradición de la escuela como el fundamento de la legitimación de las prácticas y los hallazgos teóricos y clínicos. Respecto a las instancias controversiales al interior de la escuela, debe recordarse que es precisamente la apelación a la autoridad del fundador del psicoanálisis (a sus casos clínicos y a su propio autoanálisis) la que, en última instancia, constituye la piedra angular del entrenamiento técnico y del edificio teórico del freudismo contemporáneo. Es el íntimo vínculo entre las propias prácticas de Freud, la dinámica de legitimación del movimiento que erigió en torno a sí y la historiografía cultivada por psicoanalistas posteriores lo que habría llevado a reconocer a historiadores críticos del freudismo que “las narraciones históricas sobre la teoría y práctica psicoanalíticadeberían incluir argumentos y especulaciones acerca de la particular [special] adquisición y transmisióndel conocimiento psicoanalítico” (Mühlleitner, 2015, pp. 328. Énfasis agregado).

En este sentido, desde una perspectiva crítica y externa y considerada la particular dinámica generacional de replicación y expansión del movimiento, el principal fundamento del psicoanálisis freudiano ortodoxo, en el punto en que usualmente no postula indicadores neutros, objetivos y contrastables (Vilanova, 1995a) es, en última instancia, el conjunto de ensayos y experiencias clínicas freudianas, especialmente los más tempranos, toda vez que se ha demostrado que las premisas en ellos expuestas tienen continuidad a lo largo de la obra del autor (Freud, 1938/2006; Sulloway, 1979/1992; 1991) y toda vez que los años en que fueron realizados aquellos ensayos y experiencias, por las intencionales demoras de Freud en publicarlos, no reflejan el verdadero proceso de construcción teórica. Esto se aplica, especialmente, a sus casos clínicos y a los primeros y vitales ensayos sobre el inconciente y sobre la sexualidad infantil (Masson, 1985; McGuire & Sauerländer, 2012; Sulloway, 1991). Efectivamente,

a partir de Freud, erigido en ese lugar de fundador y creador, la historia del movimiento se ha escrito a menudo, desde el propio psicoanálisis, como una historia generacional: la historia de un círculo estrecho que se amplía a través del lazo del análisis llamado didáctico y de las filiaciones sostenidas en la transferencia. (Vezzetti, 2000, pp. 65. Énfasis en el original)

Por todo lo anterior, a pesar de la proliferación y extensión de esta escuela psicológica durante el último siglo, cuestionar la historia del psicoanálisis freudiano (demostrar, por ejemplo, que ciertos asertos freudianos carecían de sustento empírico, aún el de la experiencia clínica, en el momento que fueron planteados, o demostrar que dichos asertos provenían de la especulación literaria o filosófica más que de los hechos) es, en medida semejante, criticar sus fundamentos reales como teoría científica y es, en medida semejante, criticar la calidad de la referencia entre la teoría psicoanalítica con los hechos empíricos. Considerando entonces que las controversias historiográficas son susceptibles de minar la legitimidad de la teoría, es parcialmente comprensible la intensidad, emotividad y ocasional irracionalidad en torno a algunas de tales controversias historiográficas; de hecho, el corazón de los debates concretos que caracterizan a la mayoría de tales controversias se fundamentan precisamente en dicha clase de cuestionamientos (Plotkin, 2003a; Esterson, 2002; Mühlleitner, 2002).

 

Naturalización

El recursivismo psicoanalítico y la naturalización del psicoanálisis como mecanismos de cierre de controversias historiográficas

Los argumentos hasta aquí desarrollados, además de importantes en sí mismos en tanto cuestiones aún pendientes en psicoanálisis, fundamentan lo inadecuado de recurrir recursivamente a conceptos psicoanalíticos para analizar parte o la totalidad de las controversias históricas implica un recursivismo. Efectivamente, tal operación constituye un recursivismo puesto que se pretende aplicar a la historia de una teoría y en calidad defactores explicativos partes de la propia teoría, la cual a su vez es, por su carácter conjetural, por su estatus epistemológico y por su vinculación directa con el líder del movimiento, deudora de las circunstancias y experiencias que en su conjunto conforman la historia de Freud y del movimiento psicoanalítico. A pesar de la circularidad poco fértil de los recursivismos, el relevamiento realizado en la presente investigación demuestra que gran parte de los análisis históricos disponibles sobre las controversias en psicoanálisis son predominantemente de este tipo. De hecho, Stepansky (1976) ha puesto en relieve la total hegemonía de esta tendencia en los trabajos históricos en psicoanálisis que vieron la luz durante los treinta años que siguieron a la segunda guerra mundial.

El relevamiento realizado en esta investigación confirma que la tendencia relevada por Stepansky (1976) no parece haberse extenuado, especialmente en lo tocante a episodios históricos que, como las controversias entre Freud y sus seguidores, requieren casi obligatoriamente una genuflexión por parte del psicoanalista-historiador. En efecto, se ha analizado la controversia entre Freud y Jung en terminología lacaniana general (Mariás Pinto, 2007) y específica, por ejemplo describiendo la querella personal e intelectual entre Freud y Jung como el resultado de la operación de ‘castración’ realizada por el vienés sobre el psiquiatra suizo (Kairuz, 2013).

A su vez, se ha enunciado que las críticas a Freud – las revisiones históricas y las críticas teóricas y metodológicas más contemporáneas- emanan del “hecho [de que] despertó, y aún despierta, pasiones, en la medida en que hay allí [en su descubrimiento] una fuerza que subyuga y que repugna al mismo tiempo” (Fernándo Pérez, 2010). Esto no sólo supone incurrir en la falacia histórica del presentismo (cuestión no desarrollada en el presente trabajo), sino que implica asumir como ciertos los principios teóricos y las reconstrucciones históricas que las críticas a que estos análisis recursivistas responden y aluden (es decir, las críticas de los revisionistas) precisamente ponen en cuestión.

Lo mismo se aplica a los intentos de explicar la controversia entre Freud y Jung a partir de la supuesta ‘neurosis’ enraizada en la infancia de ambos (Schultz, 1990), o a partir de la imputación de ‘necesidades emocionales’ edípicas o de modalidades interpersonales dependientes (Davis, 2008) a los autores. Otro recursivismo se origina a partir de conceptualizar los enfrentamientos y disidencias teóricas entre el vienés y el suizo comopuestas en escena de dinámicas inconcientes entre padre e hijo (Fisher, 2008; Kairuz, 2013; Solomon, 2003), siendo Jung, por supuesto, l'enfant terrible.

Algunos casos de recursivismo extremo (diríamos masivo) lo constituyen los intentos de ‘relectura lacaniana’ ya no sólo de la relación y la controversia entre Freud y Fliess (entre los cuales no habría sino una relación histérica), sino también de la correspondencia entre ambos (la correspondencia real, es decir su edición física), considerada esta como ‘objeto a’, “como objeto perdido, envoltura, placenta, en el nacimiento del psicoanálisis” (Porge, 2010, pp. 61). Esto último –el recursivismo de aplicar conceptos lacanianos a objetos fácticos y mundanos, como la edición de libros, en el contexto de investigaciones históricas- también se halla en la producción historiográfica local, por ejemplo al concebirse que todo libro es, como creía Lacan, una poubellication (publicación y basura) (Moyano, 2009).El recurso a términos lacanianos para interpretar las cuestiones historiográficas aparece en el relevamiento realizado como una práctica difundida; aún más en los círculos como los argentinos, fervorosamente lacanianos. En tal sentido, se recurre a conceptos lacanianos tales como ‘narcicismo’, ‘regla’, ‘restos’ o ‘goce’ en calidad de recursos explicativos de sucesos a escala local (Gandolfo, 2009), o se perciben ‘transferencias’, ‘saltos’ o ‘deseo del Otro’ en la sucesión de hechos históricos (Vida, 2010), o se concibe que la historia, luego de ‘sedimentar’, configura ‘la estructura’ en un sentido freudiano o lacaniano (Besso, 2010). Ilustrativa de la apropiación de la historia no ortodoxa por tales círculos lacanianos, por ejemplo, es la breve introducción de Isidoro Vegh a la edición argentina del volumen de Roazen a que aludimos arriba, que provocó que Eissler tratara a aquel autor de demente. En dicha introducción se lee que la obra de Roazen, lejos de concebirse como un intento crítico y no laudatorio de recuperación de una figura olvidada intencionalmente por los ortodoxos (es decir, la figura de Victor Tausk), es un camino que “pone en acto, así, que el psicoanálisis reintroduce en el campo de la ciencia la incidencia del sujeto” (Vegh, 1994, pp. 8). Tales términos (y nos atrevemos a decir, tal intención) así formulados por Vegh son completamente ajenos al estudio de Roazen. En grados variables, estos análisis dan por supuestos los conceptos psicoanalíticos que están en el centro mismo de las controversias (las históricas y las más recientes, historiográficas), y que, además de haber sido cuestionados sistemática y legítimamente por otros científicos, son impropios de análisis históricos o sociológicos de la ciencia [x]. En particular, el anteúltimo caso citado (Porge, 2010) implica un recursivismo más profundo puesto que aplica la perspectiva lacaniana (que es en sí misma una ‘relectura’ presentista y justificacionista de Freud) a la propia relación entre el vienés y Fliess.

Además de ser recursivos, estos análisis (y en un sentido más general, las contra-argumentaciones que suponen el carácter acertado de la teoría), a la vez que anulan el carácter disruptivo de las controversias, reafirman la validez de los constructos psicoanalíticos, en tanto que las críticas son resistencias a la verdad latente en la teoría (Klappenbach, 2006). Como sostiene Plotkin (2003a),

Cuestionar al psicoanálisis no sería sino confirmar sus hipótesis las que, por lo tanto, dejarían de ser tales convirtiéndose en certezas; mientras que cuestionar sus condiciones de origen aceptadas equivaldría a poner en duda precisamente la validez de su cuerpo doctrinario. (pp. 458)

Nuevamente, estos recursivismos tienen su origen en las obras freudianas de cuño o perspectiva histórica, y en la historiografía ortodoxa que prolongó los rasgos circulares de dichas obras (Fierro, 2015 a). Antecediendo por tres años a la conceptualización de Freud de que toda crítica externa al psicoanálisis era en realidad una resistencia (Freud, 1914/2006), Ferenczi sostenía que dado que el psicoanálisis afectaba la vida familiar, intelectual y religiosa, los científicos contemporáneos no eran capaces de realizar críticas objetivas a la teoría, sino de ‘asestar porrazos’. Debido al conflicto emocional en que se sumían los científicos por las verdades reveladas por el psicoanálisis,

hemos sido arrastrados, muy a pesar nuestro, a un combate en el que las musas callan, mientras que las pasiones humanas se desencadenan y en el que se admiten algunas armas que no provienen del arsenal de la ciencia. Hemos sufrido la suerte de los apóstoles de la paz eterna, obligados por su ideal a hacer la guerra. (Ferenczi, 1911/1984, para. 3)

En la segunda parte de este trabajo analizaremos el rol de Freud en establecer esta historiografía circular y recursiva. Aquí bastará subrayar que en lo que respecta a la historiografía post-freudiana, Ernest Jones, junto con Kris y Anna Freud, pueden nuevamente identificarse como los principales responsables de sentar las bases para los análisis históricos posteriores que, tematizando las controversias, las interpretaran desde el mismo psicoanálisis y confirmaran directa o indirectamente las premisas teóricas freudianas. Jones, recuperando la misma argumentación esbozada por Freud (1914/2006) en su Historia del movimiento psicoanalítico, introduce en su obra clásica la cuestión de las disensiones haciendo un paralelismo entre lo que el psicoanálisis concibe el rol de las resistencias y transferencias clínicas en la escasa comprensión del paciente, y lo que el psicoanálisis como movimiento vivió en los primeros años de existencia como escuela psicológica en lo que respecta a críticas externas y a disensos internos. El paciente debe elaborar múltiples ‘resistencias’ a las interpretaciones de su analista, y que algunas de estas sean vencidas nada asegura respecto a la aceptación definitiva de las interpretaciones por parte del paciente, puesto que las energías psíquicas son dinámicas y mutables. En tal sentido, una persona que ha comprendido parte de su personalidad un día puede negar tal comprensión al día siguiente. De acuerdo a Freud y luego a Jones, lo mismo sucedió (y está condenado a suceder aún) respecto a las críticas científicas, tanto internas como externas, realizadas al psicoanálisis. Estas nunca son observaciones legítimas, racionales o conscientes: están motivadas inconscientemente, siendo sus resortes tendencias ciegas, hostiles o destructivas. A la vez, las críticas no se basan en la comprensión de las hipótesis psicoanalíticas y simultáneamente en el hallazgo de datos que contradicen dichas hipótesis: tales críticas se basan en la malinterpretación del psicoanálisis, o en la escasa comprensión del mismo, o en la interferencia de factores afectivos o emocionales en el proceso de aceptación de la teoría. Una crítica no es, por tanto, una observación más o menos fundamentada sobre el error o la falsedad de un enunciado, sino una resistencia o reacción interna y personal a la teoría.

Esta práctica, como indicamos, preexistía a la biografía hecha por Jones: ya en 1911 en el ensayo arriba citado de Ferenczi el húngaro indicaba que “[las] objeciones de lógica, ética y terapéutica de los ambientes médicos [hacia el psicoanálisis] tienen a menudo un asombroso parecido con las reacciones dialécticas que la resistencia a la curación desencadena en sus enfermos” (Ferenczi, 1911/1984, para. 33). Asumido el psicoanálisis como un marco conceptual de interpretación de los disensos (y de la realidad en general), las críticas al freudismo por necesidad no podían tener su base en los datos o en la empiria, sino en los afectos; no podían ser producto de errores o limitaciones en el cuerpo teórico a la luz de datos o experiencias divergentes, sino que debían emanar precisamente de los factores postulados como ciertos por dicho cuerpo. Asumido así el psicoanálisis en calidad de marco interpretativo total de la realidad, los análisis no recursivos de la historia del psicoanálisis (esto es, los análisis críticos que identificamos mayoritariamente con la historiografía psicoanalítica externa al movimiento) serán criticados o retraducidos al lenguaje del sistema. Este es el esquema explicativo básico de los análisis recursivos y psicologistas en historia del psicoanálisis, de algunos de sus más relevantes debates y de los principales disensos en el campo. Sintetizado de forma ilustrativa por Jones,

Cuando un analista pierde parte de la comprensión que antes tuvo, la nueva ola de resistencias que lo ha llevado a esto puede manifestarse bajo la forma de explicaciones pseudocientíficas del material a considerar, terminando finalmente, para adquirir inesperada categoría, por tomar el nombre de una ‘nueva teoría’. Y puesto que la fuente de esto se mantiene en un plano inconsciente, toda controversia en un nivel puramente consciente y científico está condenada de antemano al fracaso. (Jones, 1955/1976, pp. 140)

Además de notar el peculiar tono negativo que Jones da a la aparición de una teoría novedosa (lo que en ciencia suele ser un fenómeno natural y en ocasiones indicativo de un saludable pluralismo), considérese que si se asumiera de forma inmediata la explicación del autor, entonces toda alteración a la teoría freudiana no realizada por el propio Freud podría ser considerada legítimamente como una resistencia o una ‘explicación pseudocientífica’. La observación de Jones (que lo llevó, en 1913, a impulsar la creación del ‘Comité Secreto’ que analizaremos en la segunda parte de este trabajo) aparece, efectivamente, como un intento de establecer a la autoridad como el recurso o parámetro del desarrollo teórico. En otras palabras, el cambio teórico no autorizado por el fundador no es un cambio teórico legítimo. A nivel historiográfico esto reviste una importancia central, puesto que asumida tal posición, será compleja la reconstrucción de narrativas sobre el pasado del psicoanálisis que no vean a autores como Adler, Stekel, Jung y Rank, entre otros, como auténticos apóstatas, usurpadores ilegítimos de la verdad psicoanalítica que se circunscribe de forma exacta a la letra freudiana. Paul Roazen, representante de lo que podría denominarse la historia ‘social’ (internalista) del psicoanálisis, ha caracterizado en perspectiva testimonial el fenómeno de formación y de entrenamiento psicoanalítico que parece subyacer ya no a la historiografía celebratoria general del psicoanálisis, sino específicamente a la historiografía en torno a los conflictos entre Freud y sus seguidores, y entre Freud y Jung puntualmente. El historiador norteamericano apunta que

Aún hoy Jung permanece como una figura difícil de ponderar [assess] […] Una buena parte del problema en la apreciación de su trabajo proviene de la forma sectaria en que tantos de nosotros hemos sido educados en la historia de la psicología profunda. Al menos en las etapas tempranas del interés propio respecto a Freud y el psicoanálisis, ha sido común el encontrar a Jung desechado como un rival rechazado, cuando no despreciado [despissed]. Aún entre los psicoanalistas contemporáneos más emancipados ideológicamente, son relativamente pocos aquellos que están familiarizados con las contribuciones clínicas de Jung . (Roazen, 2002, pp. 28. Énfasis agregado)

En efecto, el problema central a la historiografía relevada y expuesta aquí es la grávida difuminación de los límites entre historiografía y psicoanálisis, entre investigación y praxiología, entre hipótesis de investigación histórica e hipótesis de diagnóstico o tratamiento clínicos. En cierto sentido, el grueso de las fuentes relevadas que reconstruyen problemas históricos del psicoanálisis son deudoras de la idea, inaugurada por el propio Freud en las décadas de 1910 y 1920, y sintetizada tres décadas más tarde por, Jones de que “los torrentes de insultos y malentendidos [que constituían las controversias psicoanalíticas] servían de válvula de escape a las emociones que fermentaban por doquier” (Jones, 1955/1976, pp. 119. Énfasis agregado). Así, no es posible concebir a las controversias, debates, críticas y disensos más que en términos psicológicos, más que en vocabulario psicoanalítico, y más que en el contexto de explicaciones psicopatológicas.

Leyenda freudiana

La reiteración y perseveración de los ‘mitos’ de la leyenda freudiana como mecanismo de cierre de controversias

No puede concluirse esta introductoria revisión de las controversias historiográficas y sus problemáticas subyacentes sin notar otra clase de estrategia que, a modo de mecanismo de cierre, busca saldar las discusiones en torno a los puntos nodales de la modalidad de investigación y producción de la historia del psicoanálisis. Otro tipo de recursivismo, solidario al anterior y cuya difusión en los países donde el psicoanálisis es hegemónico merecería una investigación exhaustiva, es aquel que reitera persistentemente (y sin fundamento sistemático alguno, es decir de forma acrítica) los ‘mitos’ freudianos, otro eje problemático de las controversias historiográficas. Estos mitos refieren, entre otras cosas, al carácter completamente revolucionario y sui generis del psicoanálisis, al carácter irracional de las críticas que debió superar su difusión y recepción, y al ostracismo al que fueron sometidos Freud y los freudianos, entre otras cosas por su énfasis en la sexualidad en el contexto de una Viena mojigata y reaccionaria en materia sexual.

Algo semejante puede decirse de la reiteración de narrativas, mecanismos o explicaciones históricas que se han revisado críticamente y demostrado parcial o totalmente falsas (en algunos casos, míticas). Mantener en la actualidad y luego de varias décadas de relevamientos y revisiones históricas (Decker, 1975; 1982; Esterson, 2002; Kauders, 2013; Makari, 1998; Rodríguez & Vallejo, 2013; Sanfelippo & Vallejo, 2013; Sulloway, 1979/1992; Terwee, 1990) la idea de que Freud fue víctima del ostracismo de la comunidad médica, de que fue aislado de los círculos científicos y de que sus ideas completamente originales fueron recibidas con una hostilidad irracional –por ejemplo, debido su condición de judío (Solomon, 2003; Jones, 1953/1976)-, y naturalizar la idea de que “este vacío hecho en torno a su persona le hizo entender que en lo sucesivo pertenecería al número de personas que han turbado el sueño del mundo” (Romero, 2009, pp. 306), implica ignorar décadas de revisiones históricas rigurosas. Una omisión semejante, además de una adhesión teórica riesgosa para la reconstrucción crítica del pasado en el contexto de una investigación histórica, están implicadas en la aseveración taxativa de que, por caso, “Freud reconoció la verdad a través del retorno de lo reprimido” (Cossio et al., 2009, p. 83). Una reiteración idéntica puede identificarse en la idea (impulsada en esta fuente concreta por Jean-Claude Milner) de que Freud “recurre al libro, como sustituto de la Monografía académica, ante el rechazo por parte de la ciencia para que se lo publique, difunda, etc.” (Moyano, 2009, p. 229). En igual medida, mantener en la actualidad dichas ideas implica basarse circunscriptamente en las retrospecciones distorsivas en que Freud incurrió al historiar su movimiento, como hizo por caso al sostener que hacia 1896 “estaba en la cumbre de la soledad, había perdido a todos los viejos amigos, aún sin haber encontrado a otros nuevos; nadie se preocupaba por mi […]” (Brabant, Falzeder, & Giampieri-Deutsch, 2001, pp. 203).

En efecto, las narrativas míticas (es decir, perseverantes y parcial o totalmente falsas) probablemente permitan imbuir identidad y cohesión a un colectivo o movimiento específico como lo es el psicoanálisis. Continuar sosteniendo hoy las ideas -rastreables hasta Freud- de que los partidarios del psicoanálisis eran considerados “no sólo como perversos sexuales sino también como psicópatas, ya sea obsesivos o paranoicos” (Jones, 1955/1976, pp. 120) sólo colabora con debilitar la investigación histórica crítica y fomenta la afectivización y el escolasticismo al interior de la psicología (el campo más general donde contextualizamos nuestro trabajo). Adicionalmente, puesto que reconocidas como falsas tales narrativas, el recurso a considerar como obsesivos, paranoicos o perversos a los propios críticos del psicoanálisis constituiría un doble estándar que viola la simetría dialógica y racional propio de todo debate pretendidamente científico.

La perpetuación de la historia mesiánica de la ciencia, de la psicología y del psicoanálisis, que como se indicó habría alcanzado a la historiografía local y a las universidades argentinas (Vilanova, 1994a; Vezzetti, 2000), también constituye un mecanismo de cierre de controversias historiográficas, en el punto en que los hitos utilizados para marcar las periodizaciones o para identificar discontinuidades históricas son signados exclusivamente por el arribo de un ‘intérprete’ o autoridad (más o menos inspirada, más o menos heroica) al país. En tal sentido, el optar por una historia whiggista en términos de iluminados y desconocedores, o por una historia “apocalíptica” (Vilanova, 1998) en términos de ‘un antes y un después’ a partir de la visita o llegada de un autor, un maestro o una autoridad (e.g. Bolaños, 2009; Lotito, 2009) implica un fuerte compromiso teórico con una escuela (aquí el psicoanálisis) a la vez que la omisión de una consideración contextual de los fenómenos científicos locales y nacionales. Esto se maximiza si se consideran las adjetivaciones claramente celebratorias en que incurren algunos de tales estudios (Cibils et al., 2010). Se refiera la investigación histórica a Freud, Lacan o Masotta, la opción por una historia personalista que tome como hitos a los propios individuos sin considerar sus contextos y a otros sujetos colectivos sería inevitable en el caso de los psicoanalistas-historiadores que acepten las premisas freudianas (o lacanianas), puesto que de acuerdo a estas premisas, “la historia del fundador (y de su análisis) es indisoluble de la historia del movimiento” (Piacentini, 2009, p. 266). Aparentemente, esto también implicaría una actitud de crítica o de rectificación respecto de los análisis que pretenden contextualizar a aquellas personalidades supuestamente ‘descollantes’ elegidas como creadores o iniciadores: en tal sentido el intento de reintroducir a Freud en su propio ambiente intelectual, cultural y social es considerado como “un no reconocimiento […] del papel inicial pero siempre renovado de Freud con respecto al psicoanálisis y tantas realizaciones de la cultura, colocándolo simplemente como uno más en el devenir del espíritu humano” (Gandolfo, 2010, p. 231. Énfasis agregado). Precisamente, el problema aquí planteado es la aparentemente escasa factibilidad de conjugar una reconstrucción crítica (contextual, fáctica, no legitimante y no naturalizadora) de la historia del movimiento psicoanalítico, y la pertenencia a dicho movimiento, precisamente por la tendencia al recursivismo y al psicologismo que tales factores conllevan al ser simultáneos.

Más aún, sostener que los conceptos Freud -en torno al inconciente y a la sexualidad infantil, por caso- constituyeron revolucionarias innovaciones sin antecedente o deuda conceptual alguna, tal como lo realizan importantes psicoanalistas argentinos que ocupan instituciones de peso (Fiorini, 2014) implica desconocer importantes estudios históricos sobre los precedentes teóricos de Freud (Borch-Jacobsen & Shamdasani, 2012; Dagfal, 2013; Keegan, 2003; Leija Esparza, 2010; Sulloway, 1979/1992; Vilanova, 1995e). A la vez, implica desconocer incluso revisiones históricas ya clásicas como la de Ellenberger (1970), la de Hughes (1958), la de Whyte (1960/1967) y la menos difundida revisión sociológica de Merton (1963/1977): estudios que, en su conjunto, evidencian la preexistencia y aceptación consensuada de aquellos conceptos freudianos en el corpus teórico de las ciencias físicas, naturales y sociales previas y contemporáneas a Freud. A su vez, el desconocimiento que brota de estas importantes omisiones conduce un riesgo en la formación académica del psicólogo toda vez que estas omisiones, al garantizar la perseveración de una versión altamente mítica del psicoanálisis, probablemente derramen de forma negativa en la formación de los profesionales, especialmente los argentinos y en lo tocante a su identidad como psicopraxiólogos clínicos (Piacente, 1998; Vilanova, 1987/2003; 1994a; 1997b, pp. 105).

El hecho de que los análisis que recurren a argumentaciones ad hominem o recursivismos como mecanismos de cierre de controversias sean realizados por psicoanalistas o por historiadores con formación primaria en psicoanálisis reaviva y en cierto sentido corrobora la hipótesis conjeturada al interior del campo de la historia de la psicología acerca del carácter usualmente excluyente entre la pertenencia a un campo o sub-campo disciplinar (en el sentido de una fuerte identificación con una teoría específica) y la posibilidad de realizar críticas auténticas a dicho campo, hasta sus últimas consecuencias y obviando los celebracionismos (Danziger, 1993b; van Strien, 1993b). Por lo anterior, y como sostienen Borch-Jacobsen & Shamdasani (2012), las reconstrucciones oficiales –realizadas por ‘insiders’- de la historia del psicoanálisis (de mediados de siglo pasado y contemporáneos) son recursivas y eminentemente freudianas, en el sentido de que no cuestionan la narrativa histórica heredada de Freud y de que “la validez de la teoría freudiana sigue siendo presupuesta, aun cuando es contradicha por su historia” (pp. 18). Esta hipótesis, finalmente, parece hallar corroboración independiente en el hecho de que las reapropiaciones que los historiadores anglosajones no-psicoanalistas han realizado de la figura de Freud y de la historia del psicoanálisis es, considerados los hechos, más balanceada, objetiva y veraz que aquella realizada por sus colegas psicoanalistas (e.g. Benjamin, 2006; Smith, 2013; Walsh, Teo, & Baydala, 2014). Es en el contexto de la lucha y defensa de intereses profesionales que debe reconocerse, por un lado, el valor de la historiografía realizada por historiadores de la ciencia profesionales –no psicoanalistas pero en su mayoría amplios conocedores del psicoanálisis-, y por otro, el sentido y la perseveración de las contra-argumentaciones (psicologistas y recursivas) de la historiografía ortodoxa respecto de las reconstrucciones históricas del psicoanálisis provenientes de la historia social y cultural de la ciencia (Marinelli & Mayer, 2006).

La pregnancia del recursivismo al momento en que los psicoanalistas historiadores se aproximan a la historia de su movimiento es quizá el factor principal que ha impedido que las consecuencias auténticamente críticas (en el sentido de subversivas, revisionistas y fundamentadas en datos) de la historiografía de la ciencia impacten en el campo que aquí reseñamos. Al respecto, es nuevamente Mühlleitner (2015) quien remarca que, para ser una profesión que valoriza la introspección y la auto-conciencia, el psicoanálisis ejercitado muy poco la introspección en torno a las debilidades metodológicas y a los tintes ideológicos de gran parte de su historiografía. La autora remarca que es cuanto menos peculiar la prevalencia de historias idealizadas, en extremo internalistas y meramente expositivas en psicoanálisis cuando, paralelo a la proliferación de tal historiografía, desde los años ‘60 se atendía en ciencia a la revolución historiográfica más sentida de las últimas décadas. En efecto, tal revolución debería haber impactado de forma significativa en la historiografía del freudismo, lo que según la historiadora citada, no habría sucedido. Sin embargo, tal fenómeno no se explicaría sólo por el hecho de que los psicoanalistas practicantes han estado durante décadas virtualmente aislados de los avances de la historiografía de la ciencia. Junto con esto, ha sido decisivo que los psicoanalistas que sí han entrado en contacto con los desarrollos en la nueva historia de la ciencia han decodificado, interpretado y retraducido tales desarrollos de acuerdo a los conceptos del propio psicoanálisis, lo que entre otras cosas anula la alteridad de aquellos, imposibilitando cualquier crítica exógena sustantiva. En términos de Mühlleitner, la bifurcación (sistematizada hacia los años ’60) de la historia de la ciencia en una historia internalista –cognitiva y del desarrollo teórico- y en una historia externalista –social, económica, política y profesional- no ha podido hacer mella en la tendencia de los psicoanalistas a decodificar todo orden científico (y extra-científico, agregamos nosotros) de acuerdo al psicoanálisis:

Entre los críticos culturales, toda escritura de la historia ha sido diagnosticada en perspectiva como la expresión de un entorno, una cultura, un trasfondo y una auto-consciencia particular. LaCapra (1988) enfatiza el punto freudiano de que la relación de cualquier historiador con el pasado, y a través de ella su relación con el presente, es una relación transferencial, y que, en esta transferencia, la repetición y la negación aparecen con más facilidad que la resolución y el duelo . (Mühlleitner, 2015, pp. 328. Énfasis agregado)

En efecto, como efecto del contacto entre el giro lingüístico y cierta historiografía psicoanalítica, se difuminan aún más los límites entre la historiografía (como práctica empírica y crítica de investigación del pasado) y la teoría y práctica psicoanalítica (como terapéutica o como hermenéutica general). Numerosos autores parecen haber recuperado el radicalismo de aquella filosofía post-moderna de la ciencia, constituyendo así una nueva tradición en el recursivismo historiográfico. Merendino (1993), por ejemplo, diluye la historiografía en tanto ejercicio específico en el psicoanálisis, al sostener que

Los documentos [en la investigación histórica] son tratados como ‘signos’ y ‘manifestaciones’ del mundo de representaciones, fantasías y fuerzas que constituyen la matriz última de los eventos subjetivos individuales y de los eventos históricos. El método de investigación es, en este nivel, el mismo que es usado para descifrar el mundo del inconsciente y los mensajes oníricos: los eventos contados, experimentados o certificados se consideran sueños o fragmentos de sueños, efectos de la condensación, desplazamientos, escisiones y fragmentaciones llevadas adelante por el proceso de pensamiento. (Merendino, 1993, pp. 197)

En pocas palabras, y de acuerdo a tal perspectiva (que como hemos visto goza de gran difusión entre los historiadores-psicoanalistas) no existiría la posibilidad de que aportes, críticas o revisiones desde la historia de la ciencia, desde la sociología de las profesiones o desde la epistemología en tanto tales alcanzaran el corpus psicoanalítico, y más específicamente el acervo historiográfico de tal corpus: antes de hacerlo, serán retraducidas y desprovistas de su sentido original. Desde las perspectivas y fuentes psicoanalíticas internalistas aquí relevadas, la historiografía, en definitiva, no parece susceptible en los hechos de revisar críticamente la teoría psicoanalítica, puesto que en primer lugar dicha historia es ella misma patrimonio del psicoanálisis, y puesto que en segundo lugar tal historia será necesariamente el producto de la operación de un individuo que, nuevamente y debido a su propia formación y creencias, la ha elaborado de acuerdo a una legalidad que incumbe al psicoanálisis en tanto su objeto de estudio. Esto desemboca, entre otras cosas, en que todo psicoanalista pueda en principio arrogarse el elaborar y el criticar historias (tanto sobre la ciencia como sobre otros dominios culturales) y que, en los hechos, pueda equipararse la formación analítica con la formación que recibe el historiador, esta última la cual lo habilita para investigar de forma científica y profesional el desarrollo de la ciencia o de otras empresas sociales.

Finalmente, y como ha pretendido subrayar el trabajo, lo anterior llevaría necesariamente a que el grueso de la literatura histórica sobre temas controversiales, nucleares y sensibles para el sistema teórico (es decir, que hacen al valor de verdad o eficiencia del psicoanálisis, tanto el clásico como el contemporáneo) realizada mayoritariamente por ‘insiders’ resulte de escaso interés y calidad para los parámetros de historiadores profesionales, a que dicha literatura persiga fines legitimantes en lugar de críticos, y a que el conjunto de dicha producción sea recursiva sin cuestionar sustantivamente el propio sistema. Como esperamos haber clarificado, aunque existirían obras que se distancian del sistema teórico y permiten una revisión crítica en profundidad, en ciertos casos –diríamos en la mayoría de los mismos- la literatura histórica del psicoanálisis, especialmente aquella sobre sucesos o episodios nucleares, reúne no una sino las tres de las características negativas que acabamos de enunciar.

Conclusiones

Conclusiones

De acuerdo a lo relevado, dos conclusiones emergen claramente de las fuentes analizadas. En primer lugar, es claro que la historiografía del psicoanálisis es, de hecho, un campo controversial: en un sentido débil, ha estado sujeto a revisiones y contra-revisiones múltiples, incluso desde su establecimiento como corpus teórico, lo que hace de dicha historiografía un ámbito dinámico y multiforme, balanceado y equilibrado sólo infrecuentemente. En un sentido fuerte, la historiografía psicoanalítica es controversial en el punto en que parte de las causas que han motivado estas revisiones y contra-revisiones involucran intereses en torno a la formación de psicoanalistas, implican a agentes institucionales y colectivos más allá de autores específicos, y hacen en un sentido directo a la conformación de la identidad del colectivo freudiano y al delineamiento de los límites del movimiento.

Como sugieren múltiples de los autores referenciados, y como lo evidencian historiadores-psicoanalistas, la legitimación histórica es central para el entrenamiento psicodinámico. Especialmente en las orientaciones más ortodoxas del psicoanálisis, las cuales aún en la actualidad perduran y proliferan, la elaboración de cierta epopeya freudiana, aunque mítica, es central para el establecimiento no sólo de un linaje identitario, sino para el propio ejercicio profesional. En este sentido, y contra lo que sucede en el entrenamiento en praxiologías de otras disciplinas por fuera de la psicología, el entrenamiento psicodinámico, a la luz de las revisiones históricas más fundamentadas y balanceadas, es en gran medida dependiente de las primeras construcciones teóricas freudianas, especialmente si se considera la escasa permeabilidad de ciertos circuitos psicoanalíticos a desarrollos (básicos, aplicados y tecnológicos) extra-freudianos. Y en tal sentido, el cuestionamiento de la historia heredada del psicoanálisis, por las implicancias teóricas y técnicas de tal cuestionamiento, aparece factiblemente más como un atentado a la identidad profesional de los freudianos que como un ejercicio de la racionalidad crítica que es fundamental a la empresa científica –incluso la histórica-.

Por tanto, son comprensibles tanto la emisión de contra-revisiones históricas a menudo polémicas y extremistas en torno a los puntos más sensibles de las narrativas freudianas, como el hecho de que aquellas revisiones que enfatizan en el contexto intelectual y cultural de Freud y que exponen críticamente los sesgos y malas prácticas investigativas del neurólogo vienés sean prácticamente desconocidas o estén ausentes de la formación de los freudianos. Esto se aplica también, como hemos visto, no sólo las propias reconstrucciones históricas, sino también a los aportes de autores que, como Jung y Adler, fueron considerados apóstatas del movimiento.

En segundo lugar, el análisis de las fuentes historiográficas relevadas expone que, frente a lo que se concibe como ataques históricos a la cientificidad, racionalidad y solvencia autopercibida del freudismo, los historiadores han recurrido a ciertas prácticas que, de acuerdo a su difusión y reiteración, conforman un patrón objetivo relativamente estable. Junto con la argumentación, que constituye una de las bases del talante científico, es claro que las reconstrucciones historiográficas realizadas por individuos que se conciben a sí mismos primordial o fundamentalmente como psicoanalistas recurren, en primer lugar, a psicologismos y patologizaciones, en segundo lugar a recursivismos (que se derivan de los psicologismos), y en tercer lugar a perseveraciones en torno a los mitos de la denominada ‘leyenda freudiana’.

Como se documentó en nuestro análisis, a menudo los historiadores contra-argumentan las reconstrucciones históricas críticas –especialmente aquellas de autores no psicoanalistas, percibidos como externos al freudismo- imputando estados psíquicos particulares o intenciones ocultas a los revisionistas. Dado que estas imputaciones usualmente refieren a resistencias emocionales, a conflictos afectivos inconscientes o a cuadros patológicos supuestos a los historiadores, el tipo de psicologismo más frecuentemente percibido en nuestro relevamiento es, por no hallar un mejor nomenclador, es el psicologismo ‘psicopatologizante’. En otras palabras, es constatable en la muestra de fuentes relevada y analizada la insistencia en imputar estados patológicos varios a los críticos al psicoanálisis, minando el valor de las revisiones históricas y adicionalmente corroborando lo que en la teoría psicoanalítica se estipula respecto a tales estados patológicos. Tal recurso a la patologización para socavar la fuerza de un argumento constituye, en un sentido claro, un argumento ad-hominem; aquí concluimos que el recurso a tal tipo de falacia no formal es una de las prácticas discursivas principales en la historiografía del psicoanálisis aquí considerada.

Puesto que se considera a la historiografía de la ciencia como una sub-disciplina con cánones metodológicos específicos, y dado que las indagaciones históricas recuperadas en esta parte de nuestro trabajo tematizan de una u otra forma la teoría y técnica psicoanalítica, adicionalmente el recurso a conceptos psicoanalíticos para interpretar la historia del movimiento, sea con fines de patologización del disenso o con fines descriptivos generales, constituye un recursivismo. En efecto, una práctica observada especialmente en las reconstrucciones de los episodios controversiales del psicoanálisis, especialmente el quiebre entre Freud y Fliess y la polémica entre el primero y Jung, es la de recurrir a la teoría psicoanalítica para explicar el comportamiento de los agentes históricos, y para explicar el resultado de dichos episodios en general. Esto, que constituye una forma de petición de principio aplicada a la investigación histórica –puesto que se utilizan como herramientas los conceptos cuya verdad y validez las historias críticas de tales episodios controversiales ponen en entredicho-, implica en los hechos la adopción de puntos de vista directamente opuestos a los que historiadores y filósofos de la ciencia conciben como fundamentales para toda historiografía con pretensiones críticas, especialmente en lo tocante al respeto de las narrativas heredadas y a la naturalización de un marco teórico específico. En tal sentido, el recurso exclusivo al psicoanálisis de entre las variadas teorías, metodologías y filosofías de la investigación histórica (de la ciencia y más general de las ideas) corroboraría la observación realizada por varios historiadores respecto al aislamiento disciplinar y profesional que el grueso de la historiografía psicoanalítica ha registrado desde su establecimiento y en gran medida hasta la actualidad.

Finalmente, una práctica observada con menor frecuencia es la reiteración de los aspectos ‘míticos’ de la historia del psicoanálisis. Prácticamente reproducidos por la totalidad de la historiografía clásica, estos mitos han sido morigerados en parte de la historiografía reciente, incluso la de autores psicoanalistas. Sin embargo, de acuerdo a lo relevado aquí, ciertas nociones altamente míticas –es decir, falsas cuando contrastadas con los hechos históricos- sobre el freudismo perduran en parte de la historiografía internacional, especialmente al retratar la controversia Freud-Jung, y, más importante, en ciertas obras propias del medio académico argentino. Contexto peculiar donde que el psicoanálisis nunca fue heterodoxo ni percibido auténticamente como conjetural o provisorio, y deudor del modelo biográfico-genealógico de la historiografía oficial del movimiento, Argentina parece albergar tanto obras críticas sobre el psicoanálisis –en el sentido arriba referido- con indagaciones y a nivel más general creencias que reiteran ideas referidas a, por ejemplo, la absoluta originalidad de Freud, el carácter totalmente revolucionario de sus ideas, y el ostracismo científico al que habría sido condenado por sus propuestas en el contexto de la Viena victoriana, supuestamente anti-sexualista.

Como hipótesis explicativa sobre la perseverancia de las prácticas como la patologización, el recursivismo y la mitologización de la historia del psicoanálisis, conjeturamos que la identificación de la terapéutica psicoanalítica con la ‘investigación científica’ del sistema teórico, y más precisamente con la ‘investigación histórica’ (e.g. Bolaños, 2009; Merendino, 1993; Moyano, 2009), probablemente sea uno de los factores que colabora con difuminar ambos campos y con legitimar, a los ojos de los psicoanalistas, el recurso a imputaciones ideológicas y a argumentos ad-hominem en la investigación histórica. Considerar a la historiografía como una práctica terapéutica, dado lo que esto implica teórica y metodológicamente, permitiría comprender que historiadores no perciban como problemáticos los psicologismos y recursivismos en que incurren al analizar la historia del freudismo o ciertos episodios controversiales de la misma. En el contexto de tal identificación entre psicoanálisis e historia, tales prácticas aludidas son más consecuencias necesarias que ‘malas prácticas’ investigativas azarosas o aleatorias. Por supuesto, el carácter negativo o deficitario de tales prácticas puede percibirse sólo si la perspectiva de análisis vira desde la asunción a priori de las premisas teóricas del psicoanálisis, hacia la asunción de las hipótesis –aún las más básicas- de la investigación histórica con pretensiones científico-críticas.

Efectivamente, y de manera análoga a como lo realizan en otros ámbitos, es factible que al menos parte de los psicoanalistas-historiadores defenderían y asumirían la identificación entre una psicopraxiología clínica dirigida por una teoría y realizada en contextos de resolución de problemas concretos, por un lado, y una práctica investigativa documental, pública y abierta con objetos, teorías y técnicas que le son propios, por otro. A nuestro criterio, que el psicoanálisis trascienda la comparación mencionada en un sentido ‘débil’ (heurístico o metafórico) para efectivamente concebir a la historia como una actividad que toma su sentido de la propia teoría o terapéutica psicoanalítica, a la vez que probablemente sitúa a la historiografía del psicoanálisis como caso único en la historiografía de la ciencia, derivará en consecuencias detrimentales para la calidad de las indagaciones históricas del campo. Esto, entre otras cosas, a través de perpetuar las prácticas que caracterizamos en esta primera parte de nuestra investigación, como consecuencia del peso de los compromisos y asunciones teóricas que tal identificación implica.

En otras palabras, aunque las prácticas identificadas en nuestro relevamiento tengan sentido al interior del sistema teórico, no lo tienen al exterior del mismo, y la naturalización de las mismas aleja a la historiografía del psicoanálisis de los parámetros, desarrollos y problemáticas que consensuadamente dan sentido a la historiografía de la ciencia y de la psicología, con las distorsiones reconstructivas y narrativas que esto conlleva (Blight, 1981; Wettersten, 1975).[xi] Después de todo, y como ya lo reconocía el primer doctorado en historia de la psicología a nivel internacional, lo que efectiviza el desarrollo y maduración de un sub-campo historiográfico específico y lo que lo diferencia en definitiva del arte o la literatura es su grado de consideración sistemática y solvente de aquellos cánones, problemas y prácticas de la comunidad más general de historiadores de la ciencia (Young, 1966).

En el caso del freudismo, por tanto, la coincidencia del historiador con el psicoanalista, y el consecuente solapamiento de los objetos de la historiografía del psicoanálisis con los objetos del psicoanálisis como teoría y terapéutica, no sólo no es insalvable (sortear tal identificación requiere, en definitiva, una perspectiva crítica respecto a los constructos científicos, cierta formación historiográfica y talante crítico en línea con las premisas básicas de la ciencia) sino que, de continuar perpetuándose, probablemente lleve a una incomunicación radical entre el movimiento freudiano y la ciencia, específicamente la ciencia histórica. De fomentarse tal incomunicación, se estará fomentando indirectamente el aislacionismo y la autosuficiencia que a menudo han establecido como máxima conductual los grupos psicoanalíticos. Y en lo que la historiografía psicoanalítica respecta, tal aislacionismo alimentará el que, independientemente del paso de las décadas y del alejamiento cronológico respecto a la historiografía ortodoxa, todos los debates en el campo partan de suponer la certeza, o verdad, o incontrovertibilidad de los conceptos y enunciados freudianos.

De acuerdo a lo anterior, la realimentación entre la historiografía del psicoanálisis (con las características que la caracterizan hasta la actualidad) y otros campos adyacentes –aquí enfatizamos el de la historiografía de la ciencia, el de la historiografía de la psicología y el de los estudios sociales- necesariamente se vislumbra como necesaria para habilitar reconstrucciones históricas más verídicas, plausibles y equilibradas que las ya disponibles, que minimicen o en lo posible prescindan de imputaciones ad-hominem y de recursivismos como prácticas de indagación histórica. Si consideramos el modo en que el debate internistas-externistas se ha venido sucediendo en la historiografía de la psicología (e.g. Danziger, 1997; Rappard, 1997; Dehue, 1998), parece aquí de vital importancia la incorporación al campo freudiano de perspectivas (es decir, de herramientas conceptuales) y de agentes concretos (es decir, de historiadores) disciplinados en los cánones de la historiografía científica, para garantizar así un acercamiento entre los dos grandes campos que hemos abordado en esta primera parte de nuestra investigación. En otras palabras, para una investigación crítica de la historia del psicoanálisis se requerirá, de acuerdo a Johansson (2007) y en términos semejantes a los de Danziger (1993a; 1994) en torno a la psicología, la suficiente cercanía al freudismo para garantizar un vínculo significativo entre las narrativas y los asuntos cardinales del sistema teórico, pero también la suficiente distancia para evitar la degeneración de la reconstrucción histórica en un tributo o una crónica congratulatoria. Esto, puesto que, como indica Vezzetti (2000), la historia, en tanto práctica investigativa,

se construye en contra o al menos al margen de las representaciones hegemónicas propias de las memorias institucionales. Y el recurso a la investigación histórica sirve, ante todo, a una toma de distancia crítica respecto de las reconstrucciones hechas desde el interior del movimiento psicoanalítico, en las que el lugar del historiador pretende coincidir, a la vez, con el lugar del psicoanalista y con el lugar de la institución que busca en la historia una via de legitimación (pp. 64. Énfasis agregado)

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Notas al pie

Notas al pie


[i] Como nota Collin (2011), el experimento es parte esencial de casi cualquier propuesta normativa sobre la ciencia, y su valor lo otorga, a su vez, la replicación de la instancia experimental: el ‘escepticismo organizado’ mertoniano es, después de todo, el antídoto contra los posibles hallazgos casuales, contra la interferencia subjetiva o contra el simple error en la empresa científica. En tal sentido, debe notarse que no sólo las posturas positivistas, sino también las post-postivistas (como la popperiana y la kuhniana) el experimento cumple un papel esencial en la dinámica científica: como confirmatorio para las primeras, como instancia de ‘corroboración’ para las segundas.

[ii] Para remarcar el sentido formativo de tratar estas cuestiones en el entrenamiento de los psicólogos locales, es indispensable notar que tales postulados y constructos psicodinámicos han sido naturalizados por la comunidad de psicólogos locales, al punto que intentar controvertir o discutirlos es considerado ocioso o, en los peores casos, impertinente. En el sentido de contrarrestar tal naturalización –tan inadecuada como arbitraria y ajena a la ciencia- se proponen los estudios históricos sobre psicología y psicoanálisis. Véase al respecto Piacente (1998).

[iii] Una breve digresión con fines comparativos: si consideramos que la disponibilidad de archivos se relaciona directamente con la calidad de la historiografía de un campo científico específico, las prácticas editoriales aludidas arriba no pueden haber redundado más que de forma negativa sobre la posibilidad de realizar una historia crítica del psicoanálisis. Este punto es de vital importancia si consideramos que algunas problemáticas semejantes (especialmente en lo tocante a fuentes primarias y a formación sistemática en historia) han tenido lugar en el campo de la historiografía de la psicología anglosajona (Klappenbach, 2006; 2014). Uno de los pioneros en la discusión historiográfica de la psicología reconocía que

Hasta cierto punto, por supuesto, el historiador de la ciencia inevitablemente se encuentra en el exterior y, en consecuencia, busca a través de la vida, correspondencia, reseñas de libros, informes de evaluadores y otros documentos contemporáneos para tratar de captar los matices de una época y sumergirse en los problemas tal como parecían en su momento. Esto fue siempre buen conocimiento y Kuhn nos ha recordado que tal vez sea la esencia del método histórico en la ciencia. Por lo tanto, en nombre de los futuros historiadores de las ciencias del comportamiento, se agradece saber que se realizan para que los materiales estén disponibles. (Young, 1966, p. 31, citado en Klappenbach, 2014, p. 7. La traducción pertenece a Klappenbach)

Sin embargo, inversamente a lo sucedido en el campo de la historiografía del psicoanálisis, la necesidad de acceso a fuentes primarias por parte de los historiadores anglosajones llevó a la organización y creación de archivos públicos y, en líneas generales, a la difusión y democratización de acceso a los materiales requeridos (e.g. Bartolucci & Fox Lee, 2016; Capshew, 2014; Prieto, 2002; Watson, 1975).

[iv] De lo anterior se desprende la utilidad de la aplicación del programa de Collins a este campo y contexto: por su naturaleza explicativa esencialmente distinta a la psicológica, el análisis de debates científicos controversiales desde el programa empírico del relativismo permite evitar los psicologismos y recursivismos en que han incurrido multitud de reconstrucciones históricas sobre el psicoanálisis. Con psicologismos nos referimos, específicamente, a la explicación reductiva y en términos psicológicos de algunas de las perspectivas específicas en los debates aludidos.

[v] Consideramos auténticamente fascinante el hecho aquí constatado de que Jones considerara arbitrarias las operaciones numéricas de Fliess pero que no hiciera lo mismo, durante todo el tiempo que perteneció al movimiento freudiano, con las interpretaciones de Freud y de sus otros colegas. Más relevante, sin embargo, es el hecho de Jones parece contradecirse respecto al lugar que le imputa a la prudencia y al realismo como motores de la actividad científica. Como dijimos, el psicoanalista galés espeta a Fliess su tendencia a la sobregeneralización, ponderándola como una arbitrariedad negativa. Pero a la vez, Jones caracteriza negativamente a otro de los colegas de Freud, Breuer, quien en los términos del historiador “era, en su trabajo científico, reservado, cauto, enemigo de toda generalización, realista, y sobre todo, vacilante en medio de su ambivalencia” (Jones, 1953/1976, p. 309). En el mismo sentido, otra figura tildada de ambivalente en un sentido negativo, precisamente por su tendencia a no generalizar sería, años más tarde, Bleuler, el superior de Jung (Paskauskas, 2001, p. 136). Fliess, contrariamente, era “extremadamente seguro de sí mismo y comunicativo, daba a sus generalizaciones, sin vacilar, el más amplio alcance y navegaba en el empíreo de sus ideas con facilidad, gracia y contagiosa felicidad” (Jones, 1953/1976, p. 309), pero esto, como notamos arriba, es juzgado como un rasgo nocivo por Jones. Por tanto, no es claro si la generalización científica es para Jones algo positivo o algo negativo. Atendiendo a las fuentes relevadas aquí, creemos poder remarcar que sólo las generalizaciones realizadas por Freud parecían ser las correctas, mientras que las generalizaciones realizadas por Fliess eran absurdas y mientras que la tendencia a no generalizar defendidas por Breuer y Bleuler eran signos de debilidad y de temor. En síntesis, Fliess era arbitrario y temerario, Breuer era demasiado cauto y precavido, y Bleuler demasiado temeroso: el único autorizado para realizar generalizaciones válidas era el propio Freud, puesto que él mejor que nadie conocía los fenómenos psicoanalíticos. Como puede intuirse, tal explicación sobre la autoridad de Freud es un recursivismo, o una petición de principio: operaciones que, en calidad de prácticas usuales en las controversias historiográficas e históricas, se abordan más adelante y en la segunda parte de nuestro trabajo.

[vi] Considerado tal punto de vista, que prácticamente omite el hecho de la gran sensibilidad del psicoanálisis respecto a su historia, se tornan comprensibles las prácticas censoras de tales individuos respecto a los documentos y fuentes históricas del psicoanálisis que se hallan en los Sigmund Freud Archives. Tal como lo refiere de forma explícitamente crítica Paul Roazen (2002, esp. cap. 6), los archivos, a través del cuidado de Anna Freud, Kurt Eissler y Harold Blum, entre otros, han estado en todo momento en manos de personas con fuertes intereses creados en torno al sistema teórico. Tal conflicto de intereses (entre los psicoanalistas y los historiadores críticos) necesariamente torna en una empresa utópica la democratización del acceso a las fuentes.

[vii] En este punto los psicoanalistas –al menos los rioplatenses- siguen estrictamente los lineamientos de su escuela. La certeza y la convicción subjetivas de Freud respecto de la validez de sus formulaciones teóricas (realizadas a partir de observaciones clínicas) independientemente del recurso a cualquier otra metodología de indagación de los fenómenos psíquicos, conllevó necesariamente a un muy documentado y explícito desprecio por el abordaje de cuestiones psicoanalíticas por vías metodológicas que no fueran las definidas a priori por el sistema teórico (es decir, por el método clínico longitudinal). En un célebre episodio, el neurólogo vienés respondió a un científico entusiasta que creía haber confirmado experimentalmente ciertas proposiciones freudianas, que no podía otorgarle valor a tales confirmaciones “porque la abundancia de observaciones confiables en las cuales aquellas proposiciones reposan las hacen independientes de toda verificación experimental” (Freud, 1934, citado en Rosenzweig, 1991, p. 171-173. Énfasis propio). Con todo, el desprecio de Freud por el experimentalismo parece haberse establecido en su obra tardía: como se desarrollará en este trabajo y en la segunda parte del mismo, parte del atractivo que los psiquiatras zuriqueses tenían a ojos de Freud hacia 1906-1907 era que estos habían corroborado de hecho ciertas premisas del freudismo a partir de técnicas de investigación empírica que habían adaptado Jung y Riklin a partir de los tests de asociación de palabras de Galton y de Wundt. Sin embargo, hacia 1913, y en plena controversia con Jung, las correlaciones estadísticas y la investigación científica parecía haber dejado de interesar al neurólogo vienés. Así, en el Congreso Internacional de Psicoanálisis de dicho año, un trabajo leído por uno de los psiquiatras suizos, “lleno de estadísticas, era tan aburrido que Freud [le] hizo [a Ernest Jones] esta observación: ‘Se han hecho contra el psicoanálisis toda clase de críticas, pero ésta es la primera vez que se podría decir que es tedioso” (Jones, 1955/1976, p. 114). La primera cita referida en esta nota es de una carta de 1934: 21 años después del suceso en el Congreso Internacional.

[viii] Como examinaremos con más detalle en la segunda parte de esta investigación, el propio Freud instituyó esta modalidad de formación hacia inicios de la década de 1910. Pronto sus discípulos más fervientes adhirieron a la misma y estimularon la protección de la teoría contra contaminaciones que pudieran resultar en modificaciones ‘no autorizadas’ de la misma (es decir, contaminaciones surgidas de críticas exteriores al movimiento o de disensos internos). A nivel documental y bibiliográfico, esto fue posibilitado, como indican Marinelli y Meyer (2006), luego de la primera Guerra Mundial gracias a la fundación de International Psychoanalytic Press, la cual pretendía “asegurar que candidatos a analistas tuvieran garantizada la disponibilidad continua de sus escritos, los que hasta la actualidad continúan siendo considerados como los manuales [ textbooks] del psicoanálisis […] [y] publicar los trabajos de aquellos analistas que fueran aceptados al interior del canon” (pp. 5-6).

[ix] No puede profundizarse aquí en un análisis (necesario y digno, sin embargo) de la analogía entre tal análisis didáctico y la modalidad de supervisión que es estructural tanto a la formación de posgrado de psicoanalistas rioplatenses, como a la propia formación universitaria de grado (como se mencionó, predominantemente psicoanalítica). En este sentido, interesa destacar en el presente trabajo que la modalidad de supervisión a menudo reemplaza en el ciclo profesional de las carreras de grado la revisión de los fundamentos teóricos y metodológicos de las prácticas profesionales y la crítica y mejoramiento de las intervenciones expertas. Las consecuencias de tal reemplazo no pueden ser más que negativas, toda vez que las supervisiones “no constituyen un modo de convalidar las prácticas sino, sin excepción, el recurso que los expertos en alguna doctrina poseen para evitar desvíos extraparadigmáticos en los aprendices” y que “en este tipo de circularidad autocomplaciente, las prácticas se autolegitiman y se permiten un desinterés espléndido por el sistema de las ciencias” (Vilanova, 1997b, p. 109).

[x] La psicohistoria admite el recurso a conceptos psicoanalíticos. Sim embargo, la aplicación de este género historiográfico de orientación psicoanalítica a la historia de la ciencia ha sido criticado extensivamente, al punto que se halla en los límites de la historiografía científica y profesional (Binion, 2015; Kragh, 1989). De acuerdo a Kragh (1989), en la psicohistoria o psicobiografía el historiador concibe las palabras de manera simbólica y las somete arbitrariamente a la interpretación psicológica sin más pruebas que la teoría psicológica en mente tomada como cierta. Esto implica una prevalencia de la subjetividad del historiador sobre la ontología fáctica de la historia, lo que reduce necesariamente la plausibilidad del relato histórico. De hecho, debe destacarse que el propio Freud inauguró en cierto sentido la psicobiografía con su obra sobre Leonardo Da Vinci, pero, tal como lo ha sido el desarrollo de este enfoque, el nacimiento de la psicohistoria también está surcada por errores y suposiciones falsas. Según Kragh, en aquel ensayo Freud

cometía un error garrafal al equivocarse en la traducción de la palabra italiana que significaba ‘milano’, que él traduciría ‘buitre’, término que tiene un significado simbólico en el psicoanálisis y sobre el que basaba Freud varias partes de su interpretación de Leonardo. (Kragh, 1989, p. 224)

[xi] Esto no excluye la posibilidad de una retroalimentación fructífera entre la investigación histórica y los desarrollos psicológicos (en el campo de la motivación y la personalidad, por ejemplo). En tal sentido, ciertos elementos a que recurriremos en la segunda parte de este trabajo, pertenecientes al campo conocido como la ‘psicología de la ciencia’ (Gorman, 1996; van Strien, 1993c), demuestran que es posible que la historia alumbre sobre los elementos cognitivos y psicosociológicos de autores y movimientos científicos enteros, lo que a su vez implica necesariamente que la historiografía de lugar a los desarrollos sobre la psicología de los científicos y de la propia empresa científica, incorporándolos a su propio corpus teórico (van Strien, 1990). En tal sentido, Ardila (1992/2003) ha sugerido que los campos de la psicología social, la personología, la psicología evolutiva y la psicología del aprendizaje, en caso de garantizar premisas fácticamente fundamentadas, pueden ser de utilidad a la psicohistoria psicológica. Lo que para la comunidad de historiadores de la ciencia debe excluirse es, sencillamente, la asunción de premisas psicosociológicas dudosas, sin apoyatura empírica o contrastación fáctica suficiente y pertenecientes a una teoría aislada concreta en calidad de guías incontrovertibles de la reconstrucción histórica. En términos de Kragh (1989), se corre peligro “al aplicar unas nociones psicológicas preconcebidas a los acontecimientos biográficos” (p. 225). Como se indicó en el cuerpo del trabajo y en la nota anterior, de acuerdo a historiadores de la ciencia y a historiadores de la psicología, la aplicación a la historia de la ciencia de conceptos freudianos sobre la personalidad y la motivación humana (valencia superlativa de la primera infancia, motivos patológicos detrás de las motivaciones de los científicos) son precisamente ejemplares de tal asunción acrítica y problemática, y por lo tanto, son prácticas desaconsejadas en la historiografía científica y profesional (Ardila, 1992/2003; Binion, 2015; Kragh, 1989).

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