Animales de compañía, personalidad humana y los beneficios percibidos por los custodios

  Marcos Díaz Videla, María Alejandra Olarte
  Universidad de Flores
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Díaz Videla, M., & Olarte, M. A. (2016). Animales de compañía, personalidad humana y los beneficios percibidos por los custodios. PSIENCIA. Revista Latinoamericana de Ciencia Psicológica, 8, doi: 10.5872/psiencia/8.2.21

Resumen

Resumen

Los crecientes avances en antrozoología han permitido incrementar nuestro conocimiento sobre los potenciales beneficios derivados de la interacción humano-animal de compañía. Sin embargo, aún resta esclarecer los mecanismos y circunstancias que favorecen que estos beneficios tengan lugar. Se desarrolló un estudio descriptivo del que participaron un total de 549 tenedores de mascotas, quienes respondieron un inventario online que constaba de un cuestionario sociodemográfico, una evaluación de personalidad abreviada basada en el Modelo de los cincos grandes (Ten Item Personality Inventory) y la Escala de Beneficios Percibidos (EBP). La única dimensión de la personalidad asociada a los puntajes de EBP fue Apertura a la experiencia; a su vez, esta fue la única dimensión de personalidad asociada con considerar animal de compañía como miembro de la familia. La comparación entre custodios de perros y gatos no evidenció diferencias en EBP. Mientras que la edad de los participantes no mostró diferencias en los puntajes de EBP, las mujeres puntuaron significativamente más alto que los hombres. Se concluye destacando que la relación con perros y gatos es percibida como beneficiosa en igual medida, y que si bien esta percepción no se relacionaría con la edad del custodio, sí estaría relacionada con ciertos rasgos de personalidad, como mayor flexibilidad a cambios o interés por valores no convencionales, los cuales pueden favorecer la conexión entre especies. La marcada percepción diferencial de beneficios por parte de los custodios mujeres, es discutida en función de las limitaciones del estudio destacando un posible sesgo muestral.

Palabras Clave: Antrozoología, Beneficios animales de compañía, Mascotas, Personalidad

Introducción

Introducción

Los vínculos afectivos con animales han sido cruciales en el proceso evolutivo de la especie humana, y la naturaleza humana ha sido moldeada a través de interacciones con éstos (Páramo & Galvis, 2011; Sheldrake, 2008). Ancestralmente, los animales han sido respetados como compañeros esenciales para la supervivencia y salud de las personas (Serpell, 2006). Actualmente los animales constituyen uno de los componentes naturales de mayor significado socioeconómico, científico y cultural de un país (Páramo & Galvis, 2011). Mientras que mayormente los animales domésticos son explotados con indiferencia a partir de los recursos económicos y servicios prácticos que proveen, existe una categoría totalmente diferenciada de animales domésticos exceptuada de este trato (Serpell, 1996; Serpell & Paul, 1994). A estos animales nos referimos usualmente como mascotas o bien animales de compañía. Estos se definen como aquellos que se encuentran bajo control humano, vinculados a un hogar, compartiendo intimidad y proximidad con sus cuidadores, y recibiendo un tratamiento especial de cariño, cuidados y atención que garantizan su salud (Bovisio et al., 2004; Savishinsky, 1985). En los últimos años, diversos profesionales ligados a la medicina veterinaria, bienestar animal e interacción humano-animal, han promovido la utilización del término ‘animal de compañía’ antes que ‘mascota’, para connotar el vínculo psicológico y la relación mutua. De manera similar ven a los dueños de estos animales como compañeros humanos, cuidadores o custodios, aunque se reconozca que las mascotas pueden pertenecer legalmente a sus custodios (Faver & Cavazos, 2008; Herzog, 2012; Walsh, 2009).

Pese a que el origen de la tenencia de animales de compañía es prehistórico, esta práctica parece haber alcanzado en las últimas décadas niveles sin precedentes en la cultura occidental (Serpell & Paul, 2011). Es posible que las condiciones de vida en las grandes ciudades, con los avances tecnológicos y la fragmentación de la familia, sumada a la necesidad y búsqueda de apoyo emocional extra, hayan colaborado en esa dirección (Belk, 1996). En Ciudad Autónoma de Buenos Aires se observó un incremento en la tenencia de mascotas, pasando de un perro cada 7.45 personas a uno cada 6.52, y de un gato cada 24.55 personas a uno cada 13.43 personas en el período de diez años comprendido entre 1994 y 2004 (Anderson et al., 1996; Bovisio et al., 2004). De acuerdo al último relevamiento demográfico de animales de compañía en esta ciudad publicado por el Instituto de Zoonosis Luis Pasteur, se estimó un total de 865,984 animales. De éstos el 49.19% eran caninos, 23.87% felinos, 13.69% aves y 13.25% de otras especies (Bovisio et al., 2004). El informe recientemente publicado por el Ministerio de Hacienda respecto de la tenencia de animales de compañía Ciudad Autónoma de Buenos Aires (DGEyC, 2016) estimó una población similar: 430,000 perros, a razón de un perro cada 7.14 personas, y 250,000 gatos, a razón de un gato cada 12.5 personas.

Llamativamente, y en particular en las ciudades, los animales de compañía no parecen realizar ningún trabajo útil a pesar de sus costos; lo que plantea una paradoja económica (Albert & Bulcroft, 1988). Desde una perspectiva darwiniana la tenencia de mascotas puede resultar aún más desconcertante, en tanto implica proveer de recursos a un miembro de otra especie (Archer, 1997; para una discusión ver Díaz Videla, 2014). Sin embargo, las personas permiten a estos animales residir en sus hogares y se refieren a ellos como miembros de su familia (Albert & Bulcroft, 1988; Cain, 1985; Faver & Cabazos, 2008), y buscan activamente mantener esta relación realizando esfuerzos emocionales y financieros (Serpell, 1996). El estatuto de familia de estos animales es confirmado por la clase de cosas que la gente hace con ellos (Serpell & Paul, 2011). Por ejemplo, en la Ciudad de Buenos Aires se relevó que entre las actividades cotidianas que más de 400 dueños compartían con sus animales de compañía: 99% les hablaba; 98% jugaba con ellos; 60.4% les hacía regalos; 89.9% los fotografiaba; y 37.8% les permitía dormir en sus camas o sillones (Bovisio et al., 2004).

La incorporación de un nuevo miembro a la familia implica que ese miembro debe adaptarse a las reglas, así como también el antiguo sistema debe modificarse para incluir al nuevo miembro (Minuchin, 1977). En este sentido, al investigar el modo en que los perros de compañía logran incorporarse a las familias humanas, Power (2008) planteó que la incorporación del animal a la familia sucedía por tres vías: (1) considerando a sus perros como si fueran niños peludos, los participantes destacaban el tiempo que pasaban con éstos; (2) comprometiéndose con los perros como animales de manada, los participantes re-conceptualizaban su familia humana como una manada, dando importancia al establecimiento jerarquías y reglas claras; y (3) el accionar individual de los perros era reconocido como un organizador activo de la familia y el hogar. La autora sostuvo la noción de ‘familia más que humana’ destacando que la idea de familia de los participantes estaba sostenida por reglas y rutinas que eran delineadas tanto por las personas como por sus perros.

De este modo, las mascotas se integran a la dinámica de la familia y desempeñan diversos roles en las distintas etapas del ciclo vital que esta atraviesa (Díaz Videla, 2015). Estos animales parecen ocupar un lugar con superposiciones aunque diferente de los humanos en la familia, pudiendo satisfacer algunas necesidades que los vínculos humanos satisfacen, pero también ofreciendo beneficios a través de su consistencia y presencia sin juicios, lo cual los humanos no pueden proveer (Cohen, 2002). Es posible que la gente obtenga de esta relación ciertos beneficios como para colocarla más allá de las consideraciones económicas (Serpell, 1996).

El desarrollo creciente de investigación en antrozoología produjo un incremento en el conocimiento acerca de los potenciales beneficios de las interacciones humano-animal de compañía. Sin embargo, aún no resulta claro por qué la interacción con animales de compañía podría tener esos efectos (Hosey & Melfi, 2014). A su vez, tampoco resulta claro quiénes se benefician más de esta interacción, ya que al parecer estos animales hacen que algunas personas, y no todas, se sientan más sanas y felices (Herzog, 2012).

La hipótesis general que guio el presente trabajo plantea que ciertos rasgos de personalidad tienden a emparejarse o correlacionar con una percepción de beneficios aumentada a partir de la convivencia con animales de compañía, y a su vez que dichos beneficios percibidos varían en función del tipo de mascota.

El objetivo general que plantea este trabajo es identificar y describir las posibles relaciones entre la percepción de beneficios a partir de la relación con el animal de compañía y las características de personalidad de sus custodios. Para esto, se buscará identificar y describir si existen diferencias en la percepción de beneficios de la relación según tipo de animal de compañía, la edad del custodio, el sexo del custodio, el tipo de personalidad, y el tipo de personalidad y los principales beneficios percibidos.

El estudio de los beneficios de los animales de compañía

A lo largo de los últimos treinta años ha habido un interés creciente sobre el estudio de las interacciones entre humanos y animales; abundantes investigaciones y múltiples publicaciones se han llevado a cabo dentro de este joven campo (Díaz Videla, Olarte, & Camacho, 2015; Hosey & Melfi, 2014). La interacción humano-animal se enfoca desde diferentes disciplinas como historia, antropología, psicología, teología, derecho, filosofía, ética y bioética (von Arcken Cancino, 2011). Los estudios humano-animal pueden ser definirse como un “campo interdisciplinario que investiga los lugares que los animales ocupan en el mundo social y cultural humano y las interacciones que los humanos tienen con ellos” (DeMello, 2012, p.4); y dentro de este campo se distingue la antrozoología como “el estudio científico de la interacción humano-animal, y de los vínculos humano-animal” (DeMello, 2012, p.5).

Si bien existe una distinción entre el estudio y la utilización de animales dentro de un marco terapéutico (i.e. terapia asistida por animales e intervenciones asistidas por animales) y su uso recreacional (Kruger & Serpell, 2006), el desarrollo sin precedentes de investigación reciente en antrozoología produjo un veloz crecimiento de nuestro conocimiento acerca de los beneficios procedentes de la tenencia de animales de compañía (McCune et al., 2014). Este fue uno de los temas que ha recibido mayor interés y mayor número de publicaciones dentro del área en los últimos años (Hosey & Melfi, 2014).

La influencia positiva de las mascotas en la salud y bienestar de las personas ha sido relacionada con efectos fisiológicos, psicológicos, psicosociales y terapéuticos (Gómez, Atehortua, & Orozco, 2009); y pese a que la investigación acerca de estos beneficios se encuentra todavía en un estadio temprano de desarrollo, ya ha producido una variedad de hallazgos interesantes (Serpell, 2003).

Entre los estudios más renombrados se encuentran aquellos que relacionaron la tenencia de animales de compañía con una mayor supervivencia después de infartos (Friedmann, Katcher, Lynch, & Thomas, 1980; Friedmann & Thomas, 1995), una menor presión sanguínea en adultos mayores hipertensos al realizar una tarea estresante (Friedmann, Thomas, Cook, Tsai, Picot, 2007), y niveles más bajos de colesterol y triglicéridos (Anderson, Reid, & Jennings, 1992). Se encontró la presencia de un animal de compañía más efectiva que la de un cónyuge para disminuir los efectos cardiovasculares de estrés al realizar tareas generadoras de ansiedad (Allen, Blascovich, & Mendes, 2002). Acariciar a un animal de compañía se relacionó con menores niveles en la presión sanguínea que el hablarle, o hablarle al experimentador (Vormbrock & Grossberg, 1988). La sola presencia de un animal amigable evidenció efectos sobre la presión sanguínea y la frecuencia cardíaca de niños, tanto en reposo como realizando tareas estresantes (Friedmann, Katcher, Thomas, Lynch, & Messent, 1983).

La tenencia de mascotas se asoció también con menor cantidad de consultas médicas en personas mayores (Siegel, 1990). Un estudio longitudinal de representatividad a nivel nacional realizado en Alemania y Australia, encontró que quienes ininterrumpidamente habían tenido animales de compañía eran más saludables, y que las personas de este grupo habían realizado un 15% menos de consultas médicas (Headey & Grabka, 2005).

La compatibilidad entre dueño y mascota mostró una asociación con la salud mental de los propietarios (Budge, Spicer, & George, 1998). También se encontró una asociación significativa en el vínculo entre niños y sus animales, y sus puntajes en escalas de competencia social y empatía (Poresky & Hendrix, 1990). En adultos jóvenes se encontró que aquellos que habían tenido mascotas durante su infancia eran más empáticos, tenían mayor propensión a elegir carreras ligadas a la ayuda, y estaban más orientados hacia valores sociales (Vizek-Vidovic, Arambasic, Kerestes, Kuterovac-Jagodic, & Vlahovic-Stetic, 2001). Tener un animal de compañía fue asociado su vez a menores sentimientos de soledad en mujeres que viven solas (Zasloff & Kidd, 1994), y la presencia de un perro también fue relacionada a un incremento de las interacciones sociales con extraños (McNicholas & Collis, 2000).

Robins, Sanders y Cahill (1991) encontraron que los perros exponían a las personas a encuentros con extraños en lugares públicos, y facilitaba el establecimiento de confianza entre ellos. Otro estudio encontró que personas en silla de ruedas recibían más saludos o acercamientos de otros cuando estaban acompañadas de sus perros de servicio; así también se ha registrado un incremento en las salidas nocturnas de estas personas luego de haber adquirido sus perros (Hart, Hart, & Bergin, 1987). Más recientemente se ha evidenciado cómo este efecto de facilitación social excedería los contactos no verbales o conversaciones superficiales. Un estudio encontró que un joven acompañado de un perro resultaba más exitoso para recibir ayuda y dinero de la gente, y también para obtener el número de teléfono de mujeres jóvenes (Guéguen & Ciccotti, 2008). Esta facilitación social estaría condicionada por el tipo de animal de compañía del que se trate (Serpell & Paul, 2011). Por ejemplo, un estudio encontró que experimentadores con cachorros tenían más aceptación que con perros adultos; y que una persona recibía menos reconocimiento con un rottweiler que con una labrador (Wells, 2004). La tenencia de mascotas también ha sido asociada con interacciones sociales, intercambios de favores, compromiso cívico, percepciones amistosas del vecindario y sentido de comunidad (Wodd, Giles-Corti, Bulsara, & Bosch, 2007). En particular los perros son considerados facilitadores para la creación de redes sociales, permitiendo a extraños establecer conversaciones y compartir actividades ligadas a los paseos del animal (Charles & Davies, 2008).

Muchos de estos estudios han recibido cuestionamientos metodológicos (ver Herzog, 2011; Islam & Tower, 2013; McNicholas et al., 2005). Sin embargo diversos autores consideran que la evidencia resulta convincente para afirmar los efectos positivos en la salud de las personas (e.g., Oyama & Serpell, 2013; Sable, 2013; Walsh, 2009), aunque todavía no resulte claro por qué la interacción con animales de compañía podría tener esos efectos (Hosey & Melfi, 2014).

Características diferenciales en los custodios

Diferentes factores como la edad, el género, los rasgos de personalidad o las creencias ideológicas de las personas han sido estudiados a partir de su influencia en el dominio de las relaciones humano-animal, en lo que respecta a las actitudes hacia los animales, las especies de preferencia y los comportamientos dirigidos hacia los animales (Amiot & Bastian, 2015)

En uno de los primeros estudios al respecto, Kellert (1983) encontró que los adultos jóvenes tendían significativamente a expresar más interés, afecto y preocupación por los animales en comparación a otros grupos etarios, especialmente los adultos mayores. Sin embargo, en estudios más recientes esta relación se ha mostrado algo inconsistente. Por ejemplo, en el estudio de Dotson y Hyatt (2008) los participantes más jóvenes tendían a obtener puntajes más altos en los distintos aspectos de la relación con sus perros, mientras que los mayores tenían los puntajes más bajos. Los autores consideraron que podía deberse a una mayor apertura a la conexión entre especies y a una mayor flexibilidad en sus estilos de vida en los más jóvenes. Mientras que en un estudio posterior de similares características, los autores no encontraron que la edad afectara significativamente la relación (Boya et al., 2012). Netting et al. (2013) encontraron que los participantes de su estudio consideraban a sus perros como parte de sus familias y que se orientaban hacia sus perros en busca de apoyo social en términos de afecto e interacción indistintamente de la edad que tuvieran. De todas formas, se encontró que los adultos jóvenes tenían mayores puntuaciones en una escala de apego que los adultos mayores. Respecto de los beneficios aportados por la interacción con animales, se ha argumentado que los niños y las personas mayores resultarían más beneficiadas que los adultos jóvenes y de mediana edad (Enders-Slegers, 2000; Stallones, Marx, Garrity, & Johnson, 1990).

Una de las variables estudiadas en las investigaciones en antrozoología es el género de los custodios. Si bien las mujeres tienden a estar más a cargo de la atención de las mascotas en nuestra cultura, y también se muestran más sensibles a las características neoténicas tanto en humanos (Lobmaier, Sprengelmeyer, Wiffen, & Perrett, 2010; Sprengelmeyer et al., 2009) como en animales (Fridlund & MacDonald, 1998), niños y niñas muestran igual grado de interés hacia las mascotas (Melson & Fogel, 1996), y hombres y mujeres no muestran diferencias en los comportamientos de juego y cuidados físicos al interactuar con sus mascotas (Prato‐Previde, Fallani, & Valsecchi, 2006), ni en su comportamiento en la sala de espera de la veterinaria (Mallon, 1993). Herzog (2007) realizó una revisión de estudios sobre las diferencias en las interacciones humano-animal entre hombres y mujeres, y encontró que las mismas no resultaban significativas respecto de interacciones habituales o comportamientos de apego, mientras que en los comportamientos más extremos se encontraban las mayores diferencias: Con comportamientos de proteccionismo y activismo en favor de derechos animales asociados significativamente a las mujeres, y comportamientos de maltrato y abuso animal significativamente asociados a los hombres.

Una revisión sobre la literatura científica acerca de las diferencias entre las personas que tienen animales de compañía y las que no, concluyó que no existen diferencias entre las características básicas de personalidad de ambos grupos (Podberscek & Gosling, 2005). Al evaluar si existen diferencias entre quienes se definen como ‘amante de los perros’ o ‘amante de los gatos’, Gosling, Sandy y Potter (2010) consideraron las dimensiones de personalidad del Modelo de los cinco grandes (Goldberg, 1992; John & Srivastava, 1999), y encontraron que los primeros puntuaban más alto en Extraversión, Amabilidad y Responsabilidad, y los segundos más alto en Neuroticismo y Apertura a nuevas experiencias. Sin embargo, las diferencias en la puntuación de personalidad eran relativamente pequeñas, a excepción de las medidas de Extraversión que eran moderadas (Herzog, 2012). Un estudio posterior, encontró que quienes se definieron como amantes de los perros también habían obtenido puntajes más altos en Responsabilidad, pero contrariamente al estudio anterior también habían puntuado más alto en Neuroticismo (Reevy & Delgado, 2014). Particularmente en una población de adultos mayores se encontró que los resultados acerca de estas características básicas de personalidad no podían predecir la tenencia de qué tipo de mascota –aunque una proporción mayor de hombres introvertidos eran tenedores de gatos, en comparación con los extrovertidos (Enmarker, Hellzén, Ekker, & Berg, 2013). Recientemente, Bao y Schreer (2016) publicaron una investigación en la cual no encontraron diferencias entre los rasgos de personalidad entre quienes tenían y no tenían mascotas. Al comprar la personalidad de quienes se definían como amantes de perros y amantes de gatos, encontraron muy pocos diferencias: los primeros tenían puntajes levemente menores en Neuroticismo. Sin embargo, estos autores encontraron que, con independencia de si definían como amantes o no de un tipo de animal de compañía, los dueños de los perros evidenciaban puntajes más altos en Amabilidad y Extraversión, y puntajes más bajos en Neuroticismo, que los dueños de los gatos.

Método

Método

Se realizó un estudio descriptivo, correlacional y comparativo mediante encuestas, con el objetivo de describir las variables de estudio, identificar posibles relaciones entre las mismas y comparar diferentes grupos definidos por atributos como género o tipo de mascota en los valores de percepción de beneficios. En tanto la medición se realizó en un único momento temporal, el diseño fue transversal (Montero & León, 2007).

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Este estudio contó con una muestra incidental de 549 participantes, de entre 18 y 87 años de edad (M = 36.09, DE = 11.78), de los cuales 454 fueron mujeres y 95 hombres, representando el 82.7% y el 17.3% del total de la muestra respectivamente. El 54.3% de los participantes residían en Ciudad Autónoma de Buenos Aires, mientras que el 28.2% en el Gran Buenos Aires, el 11.3% en el interior del país y el 5.5% en el exterior.

En relación al nivel educativo más alto alcanzado por los participantes, se observó que el 2.9% contaban con estudios primarios completos, el 32.1% secundarios completos, el 21.9% terciarios completos, 32.2% universitarios completos y el 10.9% de posgrados completos.

Respecto del animal de compañía favorito, se obtuvo 377 respuestas respecto a perros (68.7%), 157 a gatos (28.6%) y sólo 15 (2.7%) respecto a otros animales. Estas últimas estaban constituidas por respuestas respecto a roedores, pájaros, peces, hurones, reptiles y loros.

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Se confeccionó un cuestionario online que fue distribuido a través de distintos sitios web de redes sociales, relacionados con animales de compañía de Argentina. Para la difusión del cuestionario se buscó un efecto de bola de nieve a partir de su publicación en dos páginas de pet shops y dos foros recreativos de custodios de mascotas. Los participantes podían optar además por compartir la publicación, colaborando con la difusión de la misma. Antes de comenzar a contestar, los participantes fueron notificados respecto al carácter anónimo y voluntario de su participación en el estudio, una idea general respecto de los objetivos y sus fines académicos, y el tiempo de duración de la encuesta (estimado en 5 minutos). El criterio de inclusión en la muestra fue que los sujetos fueran adultos (mayores de 18 años) y dueños de al menos un animal de compañía.

La recolección de datos se produjo durante los meses de Enero y Febrero de 2015, y el análisis y la redacción del informe se realizó en los meses siguientes. Para el análisis estadístico se utilizó el software IBM SPSS 20.0 para Windows.

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Con el propósito de evaluar las características de las interacciones humano-animal, más de 140 herramientas se han desarrollado, los cuales permiten medir actitudes, expectativas, nivel de apego, y niveles de vínculo de las personas hacia los animales (ver Wilson & Netting, 2012; ver también Anderson, 2007).

Para esta investigación se confeccionó un cuestionario sociodemográfico que permitía caracterizar tanto a las personas como a sus animales, y un cuestionario acerca de los beneficios percibidos por las personas a partir de la interacción con sus mascotas. El mismo se conformó a partir de 16 reactivos seleccionados para tal fin a partir de una revisión de la literatura e instrumentos sobre la temática. Los reactivos fueron seleccionados en virtud de su contenido vinculado específicamente con la percepción del custodio de beneficios derivados de la relación con el animal de compañía.

Los ítems (1) “Cuando me siento estresado, estar con mi animal de compañía me calma”, (2) “Soy una persona más feliz gracias a mi animal de compañía”, (3) “Mi animal de compañía” evita que me sienta solo”, (4) “Tener a mi animal de compañía me hace sentir más seguro”, (5) “Mi animal de compañía me mantiene joven”, (6) “Tener a mi animal de compañía hace que me ejercite más”, y (8) “Mi animal de compañía me ha ayudado a desarrollar mejores relaciones con otras personas” fueron extraídos de la investigación realizada por Dotson y Hyatt (2008). El ítem (7) “Mi animal de compañía me hace reír” estuvo incluido tanto en el inventario de expectativas de rol Pet Expectations Inventory (Kidd, Kidd, & George, 1992) como en la escala de vínculo Pet Bonding Scale (Angle, Blumentritt, & Swank, 1994). De esta última escala también se extrajo el ítem (15) “Mi animal de compañía me hace sentir importante”. Los ítems (9) “Tener a mi animal de compañía ha ayudado a mi salud”, (10) “Mi animal de compañía me levanta el ánimo”, (12) “Hablarle a mi animal de compañía me hace sentir mejor”, y (16) “Mi animal de compañía me da estabilidad” fueron extraídos de la escala de apego a las mascotas Pet Attachment and Life Impact Scale (Cromer & Barlow, 2013). Los ítems (13) “Mi animal de compañía me da energía”, y (14) “Mi animal de compañía hace que me distraiga de mis problemas” estuvieron incluidos en la escala de vínculo Center for the Study of Animal Wellness Pet Bonding Scale (ver Fulton, 2005). El ítem (11) “Mi animal de compañía me permite apreciar la naturaleza y experimentar la vida silvestre” se extrajo de la investigación sobre los aspectos principales de la tenencia de animales de compañía de Holbrook et al. (2001).

La Escala Beneficios Percibidos (EBP) así constituida mostró una confiabilidad adecuada (α de Cronbach .94).

También se incorporó un ítem donde se interrogaba acerca de si el animal de compañía era considerado, y en qué medida, como un miembro de la familia del encuestado.

Para este último y para los 16 ítems sobre beneficios percibidos se utilizó una escala de formato Likert de 5 puntos, que oscilaba entre 1 ( totalmente en desacuerdo) y 5 (totalmente de acuerdo).

Para evaluar personalidad se utilizó el Ten-Item Personality Inventory, una medición de las cinco grandes dimensiones de personalidad en sólo 10 ítems que resulta particularmente útil por su brevedad, y cuyas propiedades psicométricas han sido probadas (Gosling, Rentfrow, & Swann, 2003). Se optó en este caso también por un formato de respuesta de 5 puntos.

En este trabajo las dimensiones serán expresadas como: Apertura a la experiencia, Amabilidad, Responsabilidad, Extraversión y Estabilidad emocional (el polo opuesto a Neuroticismo).

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Dado que la prueba Kolmogorov-Smirnov mostró que la edad, todas las variables de personalidad y la EBP se apartaron significativamente de un modelo normal (ps < .001) se evaluaron las asociaciones entre las mismas con la prueba no paramétrica Rho de Spearman, mientras que para la realización de las comparaciones de grupos la prueba U de Mann Whitney (debido al elevado tamaño muestral, se reportan los valores Z del estadístico de contraste). Para la detección de asociaciones entre variables categóricas (e.g., género y tipo de mascota) se utilizó la prueba Chi Cuadrado. Se estableció un nivel de significación alpha de .05 en todas las pruebas.

Resultados

Resultados

La edad del custodio no mostró relación con EBP (p < .98), aunque mostró asociaciones leves con algunos ítems individualmente. La edad se mostró relacionada con los ítem “Tener a mi animal de compañía hace que me ejercite más” (rs[538] = .14, p < .01), y “Tener a mi animal de compañía ha ayudado a mi salud” (rs[537] = .10, p < .05); a su vez se mostró relacionada negativamente con considerar al animal de compañía como miembro de la familia (rs[537] = -.09, p < .05) y con los ítem “Mi animal de compañía evita que me sienta solo” (rs[538] = -.09, p < .05), “Tener a mi animal de compañía hace que me sienta más seguro” ( rs[538] = -.11, p < .01), y “Mi animal de compañía me levanta el ánimo” (rs[538] = -.09, p < .05); aunque estas asociaciones fueron de muy baja intensidad. No se encontraron diferencias en la edad de los participantes respecto a si su animal de compañía favorito era un perro o un gato.

Como era esperable, la edad de los custodios estuvo relacionada con su nivel educativo (rs[538] = .17, p < .001), aunque este no mostró relación con EBP, ni con ninguno de los reactivos de la escala individualmente.

La edad de los participantes y de sus animales de compañía se mostró significativamente relacionada (rs[532] = .26, p < .001). No se observaron relaciones entre EBP y el tiempo de convivencia con el animal de compañía, ni los años de convivencia con animales de compañía a lo largo de la vida.

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Las mujeres presentaron valores significativamente superiores que los hombres en EBP (Z = 5.09, p < .001), así como en todos los ítems de la escala individualmente (Z > 2.66 < 4.62, ps < .01), a excepción del ítem “Mi animal de compañía me ha ayudado a desarrollar mejores relaciones con otras personas”, el cual no mostró diferencia entre géneros.

Las frecuencias relativas indicaron que mientras en los hombres el 78.9% consignaron preferir al perro como animal de compañía, entre las mujeres esta categoría la consignó el 68.9%. De todas formas, una prueba Chi cuadrado no mostró diferencias estadísticamente significativas en cuanto al Tipo de mascota en función del Género del participante.

También se observó una asociación entre el género femenino y la consideración del animal de compañía como un miembro de la familia (Z = 6.04, p < .001). A su vez las mujeres que participaron de este estudio tendían a haber convivido con animales de compañía a lo largo de su vida, por más tiempo que los hombres (Z = 2.90, p < .01).

Estas comparaciones de grupo respecto al género del participante deben ser consideradas con cautela respecto de un posible sesgo muestral, reflejado en la marcada mayor participación femenina en el estudio.

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Respecto de las diferencias entre los distintos tipos de mascotas, nos remitimos a realizarlas sólo entre las respuestas respecto a perros y gatos en función de la escaza cantidad de respuestas sobre otros animales (n = 15). La comparación entre estos dos grupos no permitió observar diferencias respecto de la edad del animal, el tiempo de convivencia con ese animal, la cantidad de años de convivencia vital con animales del custodio, ni su nivel educativo.

A su vez no se hallaron diferencias entre los dueños de perros y gatos en los puntajes en la EBP, ni tampoco en sus puntajes en las distintas variables de personalidad evaluadas. Sin embargo, se encontró una asociación entre quienes contestaron respecto de sus perros y los ítems “Tener a mi animal de compañía hace que me ejercite más” (Z = 4.85, p < .001) y “Mi animal de compañía me permite apreciar la naturaleza y experimentar la vida silvestre” (Z = 3.86, p < .001).

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Al preguntárseles acerca de si consideraban a sus animales de compañía como miembros de sus familias, el 2,9% de los participantes estuvo totalmente en desacuerdo, el 1,5% en desacuerdo, el 2,6% ni de acuerdo ni en desacuerdo, el 11,7% de acuerdo, y el 81,2% estuvo totalmente de acuerdo con la afirmación. Esta consideración no mostró relación con el nivel educativo del custodio, la edad de animal, cantidad de años de convivencia vital del custodio con animales de compañía, ni con el tipo de animal de compañía.

La consideración del animal de compañía como miembro de la familia estuvo significativamente relacionada con la EBP, evidenciando una correlación moderada (rs[544] = .46, p < .001). Cuando se compararon los sujetos entre los que consideraban al animal como miembro de la familia (de acuerdo – totalmente de acuerdo) con los que no lo consideraban de tal modo (totalmente en desacuerdo – en desacuerdo – ni de acuerdo, ni en desacuerdo) se halló que los primeros obtuvieron puntajes en EBP significativamente mayores (Z = 8.09, p < .001).

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La escala EBP sólo mostró una asociación leve con la dimensión Apertura a la experiencia (rs[532] = .17, p < .001). Esta dimensión estuvo relacionada con todos los ítems de EBP (rs > .10 < .24, ps < .05), excepto “Tener a mi animal de compañía hace que me ejercite más” y “Mi animal de compañía hace que me distraiga de mis problemas”. A su vez, esta fue la única dimensión que mostró una relación con la consideración del animal de compañía como miembro de la familia (rs[532] = .13, p < .05). Las relaciones entre los puntajes de EBP y las dimensiones de personalidad se informan en Tabla 1.

La dimensión extraversión mostró relaciones con los ítems “Soy una persona más feliz gracias a mi animal de compañía”, “Mi animal de compañía me permite apreciar la naturaleza y experimentar la vida silvestre” y “Mi animal de compañía me da energía” (rs > .11 < .13, ps < .05). La dimensión Responsabilidad sólo mostró una asociación con el ítem “Mi animal de compañía evita que me sienta solo” (rs [534] = .14, p < .01).

Tabla 1. Matriz de correlaciones Rho de Spearman entre puntajes en EBP y variables de personalidad. p < .001

PSIENCIA Revista Latinoamericana de Ciencia Psicologica 8 2 DíazVidela et al Tabla1

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Discusión

Discusión

Perros y gatos han sido referidos como igualmente beneficiosos para los participantes. De todas formas, se les ha atribuido a los perros mayores beneficios respecto a la realización de actividad física y valoración/experimentación de la naturaleza, presumiblemente derivados de las demandas de ejercitación de estos animales y la consiguiente necesidad de realizar salidas y paseos con ellos. Es posible que las condiciones de vida en grandes centros urbanos, como Ciudad Autónoma de Buenos Aires, estén generando una tendencia a la preferencia de gatos como animales de compañía, los cuales pueden resultar igualmente beneficiosos para los custodios, aunque con una menor demanda de presencia, actividad física y cuidados que los perros. Esta tendencia se ve reflejada en los datos de los últimos relevamientos publicados sobre la ciudad por el instituto Pasteur (Anderson et al., 1996; Bovisio, Fuentes et al., 2004).

Si bien algunos autores han considerado que las personas mayores y los niños serían quienes resultarían más beneficiados por la relación con sus animales de compañía (e.g., Enders-Slegers, 2000), el grado de percepción de beneficios no se encontró relacionado con la edad de los custodios. Tanto los adultos jóvenes como los mayores se sienten igualmente beneficiados por la relación, aunque destacan distintos beneficios. Las personas mayores tienden a destacar el rol de los animales ligado a su ayuda respecto de su salud global y realización de actividad física, mientras que los más jóvenes en relación a una mejora anímica, sentimientos de seguridad y evitación de la soledad. Es posible que estos beneficios diferenciales respondan a las necesidades propias de la etapa vital de los custodios, y de este modo contribuyan a que la relación humano-animal de compañía sea satisfactoria y significativa a lo largo de toda la vida, independientemente de la edad de las personas.

Las mujeres que participaron de este estudio refirieron sentirse más beneficiadas a partir de la relación con sus animales de compañía que lo hombres, en todos los aspectos evaluados —excepto en lo referido al desarrollo de relaciones interpersonales— y las diferencias fueron muy marcadas. A su vez, se observó que las participantes mujeres tenían una mayor tendencia que los hombres a considerar a sus animales de compañía como miembros de su familia, y a haber convivido durante más años con animales de compañía.

Se recomienda ser cautos al momento de considerar estas diferencias, en tanto es posible que el modo de recolección de datos haya convocado a una mayor participación de proteccionistas de animales, los cuales tienden a desempeñar un rol activo en las redes sociales y en sitios virtuales ligados a mascotas. Los proteccionistas tienden a ser mayormente mujeres (Herzog, 2007; 2012), y en ellas se han encontrado algunas características particulares; por ejemplo, las activistas y proteccionistas han evidenciado mayor optimismo disposicional (Galvin & Herzog, 1998), así como menores niveles de relativismo y mayor tendencia al idealismo (Galvin & Herzog, 1992).

Los rasgos de Apertura a la experiencia —ligados a mayor flexibilidad ante los cambios, con interés en ideas nuevas y valores no convencionales, curiosidad intelectual y sensibilidad estética (McCrae & Costa, 1999)— son los que se relacionarían con la percepción de mayores beneficios a partir de la tenencia de animales de compañía. La mayor apertura a la conexión entre especies y la mayor flexibilidad en los estilos de vida habían sido considerada por Dotson y Hyatt (2008) como una característica diferencial en los vínculos entre custodios y animales.

Si bien el resto de los estilos de personalidad tendía a percibir menor grado de beneficios de la relación, las personas con mayores rasgos de Extraversión —con aprecio a la sociabilidad y facilidad para comunicarse con los otros (McCrae & Costa, 1999)— tendieron a percibir diferencialmente los beneficios ligados a una mayor felicidad a partir del vínculo, el cual resultaba energizante y estimulante para la contemplación y experimentación de la naturaleza.

El 92.9% de los participantes consideró a sus animales de compañía como miembros de su familia —estando de acuerdo o totalmente de acuerdo. Esta tendencia en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires se ha visto previamente reflejada en la proximidad con la que los custodios y sus animales interactúan en las actividades diarias (Bovisio, Fracuelli et al., 2004). Las personas que consideraron a sus animales de compañía como miembros de su familia tendían a percibir mayores beneficios de su relación con estos. Es posible que tanto la percepción de beneficios como la incorporación a la familia humana se basen, al menos parcialmente, en las mismas interacciones diarias entre humanos y animales de compañía en la cohabitación.

El estilo de personalidad Apertura a la experiencia fue a su vez el único que se mostró relacionado significativamente con la consideración del animal de compañía como miembro de la familia. En tanto la incorporación a la familia de un miembro no humano requiere no sólo de dedicación para que este pueda adaptarse, sino también permeabilidad al accionar autónomo de este y de una reconceptualización de la familia como manada (Power, 2008), las características de mayor tolerancia y flexibilidad a los cambios e innovación facilitarían el despliegue de interacciones que no sólo favorecen la incorporación de los animales a la dinámica familiar, sino también las transacciones que generan que los custodios perciban la relación con sus animales como altamente beneficiosa.

Es conveniente destacar que mientras los custodios pueden referir sentimientos de bienestar, o inclusive beneficios ligados a lo instrumental, a partir de la relación con sus animales, de esto no se desprende directamente que la relación con sus animales sea útil, beneficiosa o que mejore su salud. Este trabajo se centró en la percepción de beneficios diferenciales por parte de los custodios y no en mediciones que busquen dar cuenta de cambios objetivos. Quedará para un próximo estudio investigar las diferencias en función de indicadores objetivos que puedan dar cuenta de los beneficios que se desprenden de las interacciones.

La escasa cantidad de custodios de otros animales de compañía más que de perros y gatos, no permitió la comparación más allá de estos dos grupos, que en Ciudad Autónoma de Buenos Aires representarían cerca de un 27% de los animales de compañía. Si bien es posible que la estrategia de recolección de datos no haya favorecido la participación de estos custodios, creemos más probable que su escaza participación se deba a que hemos solicitado a los participantes contestar sólo en función de su animal de compañía favorito, tendiendo así los custodios que poseían diversas especies de animales a identificarse como dueños de perros o gatos.

Si bien las correlaciones planteadas fueron significativas, la intensidad de las mismas en líneas generales fue más bien leve, por lo que es conveniente ser cuidadosos al momento de su generalización.

A su vez, la recolección de encuestas online pudo influir parcialmente en las respuestas, convocando diferencialmente a cierto perfil de participantes que pudieron alterar los resultados (i.e., aquellos particularmente interesados en páginas web o publicaciones sobre cuidado y protección animal), principalmente los referidos a las diferencias de género.

Por otro lado, la escala del EBP fue construida para la presente investigación, por esta razón se encuentra en proceso de evaluación. Futuras investigaciones realizarán un análisis más acabado sobre su validez de constructo, aunque el mismo quede por fuera de los alcances exploratorios del presente estudio.

Una replicación de este estudio, especialmente en modalidad de recolección de encuestas presencial, permitirá no sólo una revisión de las correlaciones, sino también evitar y evaluar el posible sesgo muestral referido.

Conclusión

En las últimas tres décadas ha habido un interés creciente sobre el estudio de las interacciones humano-animal, incrementando el conocimiento científico acerca de los potenciales beneficios de las interacciones humano-animal de compañía. Sin embargo, aún resta esclarecer los mecanismos que subyacen a estos beneficios, así como las características que favorecen que estas relaciones sean beneficiosas. El presente estudio exploró la posibilidad de que algunas características de personalidad del custodio se asocien diferencialmente con la percepción de beneficios derivados de la relación con sus animales. La dimensión de personalidad Apertura a la experiencia fue la única que se asoció con la percepción de beneficios. Es posible con ciertos rasgos de personalidad característicos de esta dimensión, como la flexibilidad a cambios o interés por valores no convencionales, puedan dar lugar a una mayor adaptación hacia el accionar autónomo y características del animal, lo cual favorecería la conexión entre especies y la percepción del custodio de mayores beneficios relacionales derivados de esta. En este sentido, Apertura a la experiencia fue la única dimensión asociada con considerar al animal de compañía como miembro de la familia.

Los custodios con características de personalidad ligadas a Extraversión, destacarían diferencialmente que sus animales los hacen más felices, les aportaban energía y les ayudan a apreciar la naturaleza. Por otro lado, las personas con características de personalidad ligadas a la dimensión Responsabilidad, percibirían diferencialmente que sus animales los ayudarían a no sentirse solos.

Mientras que algunas características demográficas del custodio como su edad y nivel educativo no evidenciaron asociación con la percepción de beneficios, los custodios mujeres evidenciaron percibir mayores beneficios de la relación con sus animales que los hombres. Estas diferencias deben ser consideradas con precaución, debido a un posible sesgo muestral y requieren mayor indagación.

Si bien los custodios de perros indicaron en mayor medida beneficiarse a partir de mayor realización de ejercicio y de mayor apreciación de la naturaleza, la comparación entre custodios de perros y gatos no evidenció diferencias en la intensidad de la percepción de beneficios relacionales.

Continuar el trabajo sobre la identificación de aspectos que se asocien con relaciones humano-animal percibidas como más beneficiosas, permitirá dar cuenta de características presentes en relaciones más exitosas entre los custodios y sus animales de compañía, lo cual comporta implicancias para el bienestar de ambos.

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