Componentes del proceso de resiliencia comunitaria: conocimientos culturales, capacidades sociales y estrategias organizativas

  Fabiola Manyari López Bracamonte, Fernando Limón Aguirre
  Colegio de la Frontera Sur, méxico.
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López Bracamonte, F. M. & Aguirre, F. L. (2017). Conocimientos culturales, capacidades sociales y estrategias organizativas como componentes del proceso de resiliencia comunitaria. PSIENCIA. Revista Latinoamericana de Ciencia Psicológica, 9. doi: 10.5872/psiencia/9.3.61

Resumen

Resumen

El presente texto ofrece una aproximación al proceso resiliente a escala comunitaria, a partir de un planteamiento teorético que entrelaza tres componentes: los conocimientos culturales, las capacidades sociales, y las estrategias organizativas. Los conocimientos culturales y las capacidades sociales hacen referencia a mecanismos intersubjetivos y cognitivos colectivos, que dan cuenta de las pautas de interpretación del mundo y de las herramientas psicológicas para resguardarse, enfrentarse y reconstruirse frente a las situaciones adversas. Las estrategias organizativas se refieren a la materialización de las abstracciones en prácticas concretas que implican negociaciones en ámbitos formales e informales y relaciones de poder presentes en el contexto. Se defiende que al transitar hacia una comprensión que articula dimensiones complejas, que integran diversas disciplinas académicas con el conocimiento de la propia gente y sus aspectos culturales, es posible comprender las características propias de la capacidad colectiva de los grupos de resistir, sobreponerse y reconstruirse ante la adversidad. En ese sentido se genera un aporte a la comprensión y posible intervención en los procesos de resiliencia comunitaria, con fines de reconstrucción y fortalecimiento ante contextos hostiles y amenazantes sin que se pierdan las características que involucran su particularidad cultural.

Palabras Clave: Reconstrucción comunitaria, Prácticas culturales, Identidad cultural, Estrategias colectivas

Introducción

Introducción

La capacidad de resistencia, reconstrucción y transformación de los seres vivos ha sido estudiada por varias disciplinas; la biología ha definido procesos adaptativos con motivos primarios (supervivencia de los organismos y la especie) como la biotransformación [1] y la evolución (Cabrera, Gómez & Zúñiga, 2007; Campbell & Reece, 2007); la ecología ha explicado la capacidad de resistencia y adaptación de sistemas ecológicos ante agentes estresantes, permitiendo la subsistencia de nichos ecológicos específicos (Holling, 1996; Margalef, 1993). En los seres humanos y sus sociedades, la antropología ha estudiado las estrategias de resistencia de grupos culturales marginados o minoritarios frente a sociedades que buscaban su exterminio físico y subjetivo (Bonfil, 1990); en tanto, la psicología ha profundizado en motivos primarios y secundarios (sociales y aprendidos) asociados a las capacidades de resistencia y recuperación de los individuos y sus grupos (Puig & Rubio, 2013).

Igualmente desde la psicología en la segunda mitad del siglo XX, pero ahora bajo el concepto de resiliencia, se iniciaron investigaciones longitudinales con personas que superando ambientes hostiles, lograban desarrollar una vida saludable en términos psicoafectivos. Estas investigaciones confirmaron la utilidad del concepto de resiliencia para explicar la condición de sobreponerse y reconstruirse ante la adversidad, ratificando que tal condición, física y psicológica, es una posibilidad humana real y deseable.

Es una posibilidad que no se da en el vacío y en automático, sino que requiere de elementos que se asocian con capacidades, factores o prácticas que se van articulando entre sí. Por tanto, hablar de resiliencia refiere a un proceso complejo que integra simultáneamente aspectos y procesos cognitivos, psicosociales y socioculturales (Puig & Rubio, 2013; Suárez, 2006).

Al analizar el proceso resiliente desde esta complejidad, se reconoce que éste involucra capacidades individuales y colectivas que, a su vez, dependen de la cualidad de las interacciones e interrelaciones de los agentes participantes. Estas últimas, permeadas por la historia vital de los individuos, las características del grupo de pertenencia, el ecosistema y el contexto, aspectos que no pueden ser ignorados en la comprensión del proceso (Grotberg, 1995; Grotberg, 2003; Kotliarenco, Cáceres & Fontecilla, 1997; Melillo, 2006; Munist, et al., 1998; Uriarte, 2013; Vanistendael, 1993; Vera, Carbelo & Vecina, 2006).

Junto al desafío epistémico que ello implica, se encuentra otro que refiere a la posibilidad de traducir las disertaciones teóricas en torno a la comprensión de los procesos resilientes en mapas de ruta para quienes aspiran a favorecer esos procesos en grupos de alta vulnerabilidad, ya sea por factores políticos, sociales, económicos o ecológicos. Y es precisamente por eso que se vuelve aún más relevante insistir en la comprensión científica de los componentes implicados en la resiliencia y su relación con la singularidad de cada grupo.

Este artículo retoma esos desafíos problematizando el proceso resiliente a escala comunitaria desde su complejidad. A través de una disertación teórica transdisciplinaria [2], busca generar un marco de comprensión que involucre a los conocimientos científicos con otro tipo de conocimientos, como el construido por la propia gente a partir de sus respectivas culturas.

Resiliencia comunitaria

El proceso resiliente a escala comunitaria

Con un origen en gran medida latinoamericano, el concepto de resiliencia comunitaria ha permitido analizar los diferentes recursos, medios y estrategias que los colectivos, familias o grupos culturales utilizan para enfrentarse y sobreponerse a amenazas sociopolíticas o ecológicas. Esta perspectiva reconoce que la resiliencia a nivel colectivo se logra gracias a interrelaciones e interacciones de características comunitarias que integran acciones compartidas y organizadas de reconstrucción, y más que actividades individuales se aborda a la entidad social como tal. En este caso el colectivo mantiene un mayor significado que el número de personas localizadas en un territorio.

De acuerdo con Melillo y Suárez (2001) las características comunitarias se refieren a prácticas de intercambio, que buscan un bienestar compartido mediante cohesión social y acciones de solidaridad por el bien común. También involucran relaciones humanas materiales e inmateriales con distinto grado de conformidad y de conflicto permeadas por mecanismos de construcción social.

Investigaciones realizadas en torno a la resiliencia comunitaria en países como Chile, Colombia y México, han constatado la existencia de la relación entre la cualidad de las interacciones e interrelaciones de los miembros del grupo con la posibilidad de un proceso resiliente. Poblaciones en estos países que enfrentaron crisis ambientales o sociopolíticas demostraron tener mayor posibilidad de sobreponerse y reconstruirse que otros grupos, cuando mantuvieron una participación organizada en torno a redes comunitarias y con las instituciones establecidas, así como con el medio natural y construido de interacción de la comunidad. Específicamente poblaciones que habían sufrido desastres ambientales como en la comuna de San Pedro de La Paz en Chile, y en el estado de Veracruz en México, o violencia política como en los municipios de Marinilla, Peñol y San Luis en Colombia, lograron sobreponerse al actuar desde la colaboración, cohesión y equidad, ya que esas prácticas facilitaron un acceso más expedito a los recursos disponibles y su adecuada distribución y gestión (González-Muzzio, 2013; López, 2007; Maldonado y González, 2013).

Lo anterior ha permitido comprender que características colectivas fincadas en prácticas comunitarias, favorecen un proceso de resiliencia colectiva y disminuyen los niveles de vulnerabilidad de las poblaciones (Ehrensaf & Tousignant, 2001; Wilches-Chaux, 2008). Actualmente esto incide en que planes de prevención e intervención frente a desastres, ya sea naturales o de índole antropogénicos, se preocupen en comprender y promover dichas prácticas con la aspiración de construir comunidades resilientes.

Sin embargo, favorecer las prácticas y el proceso resiliente en sí no es tarea fácil, pues requiere de reconocer con claridad los componentes implicados en la interacción social y la historia vital de los colectivos, las familias, los grupos y los pueblos. Como parte de esa tarea defendemos que las prácticas comunitarias asociadas al proceso resiliente están fincadas en componentes cognitivos colectivos como son los conocimientos culturales y las capacidades sociales, formulados a lo largo de la historia vital de los mismos, los cuales permiten ejercer acciones deseables e incluso formular estrategias de organización desde la unidad y la esperanza ante las condiciones de vulnerabilidad, el riesgo, las amenazas y la adversidad. La relación entre dichos componentes es lo que explicamos a continuación.

Conocimientos culturales

Conocimientos culturales en el proceso resiliente

Partimos por reconocer desde una visión sociológica a los conocimientos culturales como aquellos que, construidos históricamente por los grupos culturales, se albergan en la memoria colectiva de sus integrantes para aportar recursos de entendimiento y explicación, orientación ética de las acciones y sentidos de vida (Limón, 2010). Es decir, a partir del vínculo con los otros y con las significaciones que los unen, se generan estos conocimientos que permiten a los sujetos actuar en colectivo sobre determinadas áreas de la vida social.

A diferencia de otro tipo de conocimientos, los conocimientos gestados en una matriz cultural, relacionados con el devenir inacabado de la identidad del sujeto y del grupo en su propio contexto, ofrecen sentido de existencia y asignan significaciones. De acá acontece, por tanto, la posibilidad de sustentar procesos de resistencia ante embates y de transformación de la psique, tanto individual como colectiva.

Con base en este entendimiento, en el proceso resiliente a escala comunitaria, los conocimientos culturales resultan fundamentales para comprender las pautas que explican las cualidades de la red de significados y vínculos intersubjetivos generados a través del intercambio con el grupo y el entorno de referencia. Tales vínculos intersubjetivos funcionan como fuentes de información y de contención social que, a través de mecanismos psicosociales como la internalización [3] y la socialización[4] , se transforman en generadores de conciencia para comprender la realidad y moldear las formas de estar en el mundo. En una comunidad resiliente la información proveniente de esa conciencia y red de significados, conforma las motivaciones para resistir, sobreponerse y reconstruirse frente a la adversidad, pues su cualidad es la esperanza, que no es otra cosa que concretar el anhelo colectivo de un futuro favorable y deseable para la comunidad (Limón 2010).

El contenido de estas aseveraciones se ha visto reflejado en diferentes casos dentro de Latinoamérica, por ejemplo: grupos culturales de Guatemala provenientes del pueblo maya, quienes sufrieron los embates del genocidio perpetuado durante el conflicto armado de los años 80 del siglo pasado, fueron compelidos a utilizar sus conocimientos sobre el uso y manejo de semillas para la producción de alimentos, sobre la construcción de viviendas a partir de recursos naturales de la zona para poder guarecerse, y sobre organización comunitaria para ejercer presión e incidir políticamente en el reconocimiento de su condición de refugiados, de repatriados en su momento o de naturalizados (Anleu, 2005; Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social, 1991; Deprez, 2014; Kobrak, 2003; Limón, 2009).

Otros ejemplos se refieren al de las mujeres Mapuche Williches del Chaurakawin en Chile, quienes a través de una militancia política feminista relacionada con su cosmovisión heredada, han refrendado su decisión de resistir y sobreponerse a la marginación y segregación sociocultural presente en la región de los lagos (Duquesnoy, 2014); y al de los Urus-Chipaya en Bolivia quienes constantemente enfrentan inundaciones, sequías y temperaturas extremas en su territorio, y que mediante su conocimiento de un sistema de manejo ancestral del río Lauca, han logrado sobrevivir a los embates de las condiciones climáticas extremas del altiplano al mismo tiempo que han aprovechado las aguas para fines de riego, para el lavado de la sal que recubre los terrenos y para las deposiciones de limo como fertilizante [5].

En los tres ejemplos, los conocimientos culturales albergados en la memoria colectiva, permitieron hacer frente a la violencia manifiesta o en su caso a las condiciones climáticas extremas, marcando pauta para lograr reconstruirse aprovechando los entrelazos comunitarios. Marcaron pauta debido a que fueron los conocimientos construidos dentro de su tejido cultural, en el marco de su memoria histórica y de su relación territorial, y a partir del vínculo con los otros y con las significaciones que los unen, los que generaron capacidades y habilidades que permitieron a los sujetos actuar en colectivo en sus respectivas áreas de vida social.

Es por eso que los conocimientos culturales funcionan como herramientas cognitivas que sirven para orientar la vida cotidiana, así como para ofrecer recursos mentales que se concretan en prácticas y acciones específicas que permiten enfrentar de manera activa las situaciones adversas e, incluso, las amenazantes. Igualmente sirven para entender y reorientarse con sentido ético ante tales adversidades, de manera tal que ayuden a mantener o recuperar la esperanza, el deseo de mantenerse vivos y reconstruirse abrazando nuevos anhelos.

En ese sentido apoyándonos en un razonamiento psicológico, exponemos que los conocimientos culturales son aquellos que permiten la acumulación de significados e interpretaciones sociales de determinada cultura, y por tanto constituyen el punto de partida de lo que Vygotski (1979) llama los mecanismos psicológicos superiores [6], que convierten el conocimiento interpersonal en intrapersonal, y que moldean el pensamiento y en cierto grado la conducta (Tintaya & Soria, 2010). Como parte del sistema cognitivo, estos conocimientos guían la comprensión del conjunto social y de sus relaciones inmediatas con todo su entorno, ofrecen los recursos psíquicos acumulados sociohistóricamente para enfrentarse y organizarse ante adversidades (Galende, 2006; Paradaise, 1991); es decir, se vuelven el parteaguas que aporta los recursos de explicación específicos de los acontecimientos, a la vez que ofrecen las pautas que orientan éticamente la ejecución de acciones organizadas, desde y para los intereses comunes (Limón, 2010).

Capacidades sociales

Capacidades sociales en el proceso resiliente

Por capacidades sociales se entiende a los recursos y herramientas cognitivas compartidas que posibilitan actuar colectivamente frente a situaciones que requieran sobrevivencia, resistencia o reconstrucción (Rodríguez, A. 2009; Rodríguez, D. 2006). Éstas se gestan en el pasado, son parte de los conocimientos culturales y se materializan en el presente cuando demuestran su utilidad ante la realidad fuera de la psiquis individual y colectiva. Melillo y Suárez (2001) con un enfoque psicosocial, proponen cinco capacidades sociales como pilares de la resiliencia comunitaria: autoestima colectiva, identidad cultural, humor social, honestidad estatal y solidaridad.

Casos específicos como los de las familias colombianas y del pueblo Quiché en Guatemala, han puesto de relieve otras capacidades sociales en procesos resilientes. En estos casos las poblaciones gracias a su capacidad depedir ayuda, ejercer su autonomía, mantener sentido de identidad y resolver problemas, haciéndolo con cierto humor social y albergando esperanza en un futuro mejor, lograron procesos estratégicos de recuperación y reconstrucción frente a las situaciones de violencia y desplazamiento (De la Ossa & Godín, 2007; López, 2007; Salazar, 2015). Las investigaciones realizadas con estos grupos, mostraron que si bien la guerra volvió víctimas a las comunidades, ellas, con sus recursos y sus propias estrategias, lograban posicionarse como sobrevivientes.

Siempre en torno al sentido de identidad, otros estudios realizados con Mapuches Williches y Mayas yucatecos, evidencian la importancia de esta capacidad social para favorecer un proceso de resistencia o recomposición. En el caso mapuche se concluye que al asumir las identidades de referencia, pertenencia y afiliación, el colectivo, "se fortalece el orgullo de la singularidad, orgullo ligado a un proyecto de emancipación, es decir, a un proyecto político" (Duquesnoy, 2014, p.75). En el caso maya la identidad "se trasmuta en un recurso para hacer frente y amortiguar el estrés derivado de situaciones negativas tales como la discriminación" (Andrade & Acle-Tomasini, 2012, p.61), protegiendo así, en el caso en cuestión, a grupos de adolescentes de caer en conductas autodestructivas como el consumo de sustancias nocivas.

Con base en lo anterior, es de señalarse que el sentido de filiación y pertenencia abre paso a la posibilidad de generar otra capacidad social que desde nuestra perspectiva consideramos fundamental en el proceso resiliente: la cohesión colectiva. En el proceso de resiliencia a escala comunitaria, esta capacidad debe ser recalcada por dos cuestiones: 1) la cohesión colectiva fortalecida por vínculos identitarios, contribuye a mantener una proyección de futuro compartida que fomenta la esperanza de trascendencia, al mismo tiempo que posibilita la articulación de acciones organizadas desde y para los intereses comunes al grupo de pertenencia (Grueso & Castellanos, 2010); 2) cumplen un papel psicosocial importante al proporcionar puntos de referencia al interior del grupo con el que se comparten sentidos de existencia, que sirven de diferenciación con otros (Berger & Luckman, 2003; Galende, 2006).

La aprehensión inmaterial de pertenecer a un grupo permite compartir la forma de comprender y estar en el mundo, desencadenando procesos sociales colectivos y comunitarios de características culturales diferenciadas y originales (Ramírez, 2011). Por el contrario, si por alguna situación se deja de manifestar el sentido de pertenencia, esto implicaría que se desarticulen las significaciones compartidas y con ello los puntos de referencia, interpretación y sentido propios. En ese caso, la reconstrucción de grupos culturales se daría más en términos de asimilación que de resiliencia.

Otra capacidad social, aunque menos analizada en los estudios de resiliencia, refiere al pensamiento crítico colectivo. Esta capacidad, que involucra aspectos psicosociales y sociopolíticos, resaltada por estudios de descolonización del pensamiento, no acepta el statu quo social como un destino inexorable (Melillo, 2006; Estermann, 2009). Esta capacidad permite resignificar los acontecimientos violentos sufridos, al analizar los contextos en que se ocasionaron, redimensionando las causas y las consecuencias, así como las responsabilidades de los participantes.

Capacidades sociales y conocimientos culturales mantienen un carácter dinámico, pues están estrechamente relacionados con las circunstancias contextuales, sus concreciones, las tensiones y las formas de enfrentarlas y superarlas. Aunque se verifican en un momento específico, éstas pueden desaparecer; no obstante, desde la psicología social se afirma que cuando el grupo conserva en la memoria colectiva bagajes de ciertas capacidades desplegadas, el proceso de (re)aprendizaje retoma los conocimientos asociados a las capacidades desarrolladas en el pasado (Melillo, et al., 2006).

Estrategias organizativas

Estrategias organizativas y proceso resiliente

Para que se pueda hablar de un proceso resiliente es necesario que los conocimientos y capacidades se materialicen en acciones concretas (Vanistenael & Lecomte, 2006). Las abstracciones subjetivas y los recursos cognitivos contenidas en los conocimientos culturales y las capacidades sociales, han de desembocar en prácticas organizativas planeadas, definidas y bien estructuradas.

Como ya se dijo, los grupos adquieren conocimientos y capacidades forjadas previamente, las cuales guían o favorecen la forma de comprender, estar y enfrentar el mundo, por lo tanto, también guían la forma de constituirse, organizarse o actuar de manera práctica frente a tensiones o adversidades.

Estas cuestiones prácticas pueden ser la ejecución de estrategias completas o acciones específicas, darse en el plano individual o en el colectivo, diferenciarse entre uno y otro integrante del grupo e incluso conformarse nuevos grupos según afinidad en torno a acciones consideradas pertinentes, según el objetivo que persigan y las características del contexto y la adversidad (Amar, et al. 2012; De la Ossa & Godín 2007; López, 2007). Sin embargo, para la resiliencia comunitaria lo fundamental son aquellas estrategias organizativas que involucran a la comunidad.

Las estrategias organizativas mantienen un fuerte componente sociopolítico, al implicar negociaciones en ámbitos formales e informales, y muchas veces acercamientos institucionales y manejo de relaciones de poder al interior del colectivo. Estas conjunciones organizativas planeadas no se despliegan en el vacío, involucran relaciones de poder internas y negociaciones con instituciones formales e informales que permiten enfrentar y sobreponerse a la adversidad.

En América Latina, las estrategias organizativas y la resiliencia comunitaria en sí, deben entenderse en contextos de una diversidad cultural violentada por ejercicios de colonización, negación, sometimiento, exclusión, marginación y pobreza (Duquesnoy, 2014; Melillo, 2006), lo cual aporta un matiz particular en relación con los procesos cognitivos, subjetivos y organizativos para sobreponerse a las adversidades. Disertaciones socioculturales han documentado cómo las afrentas a la existencia de pueblos originarios han propiciado la implementación de estrategias organizativas de resistencia asociadas a su conocimiento e ingenio.

Esas estrategias han permitido construir un conjunto de componentes socioculturales y sociopolíticos para asegurar su sobrevivencia como grupo cultural y como individuos (Bonfil, 1990; Duquesnoy, 2014; González, 2004). En ellas son fundamentales redes de apoyo de larga data, como las que generan las mujeres para apoyarse en aspectos cotidianos como el cuidado de los hijos, compartir alimentos o el préstamo de dinero, u otras redes emergentes, como las relacionadas con el adecuado uso de sistemas de comunicación y redes sociales que posibilitan la obtención de información actualizada de los acontecimientos, al mismo tiempo que pueden comunicar la tragedia a otros ampliando el espectro de la posibilidad de ayuda externa (Sutton, Palen & Shklovski, 2008 en Gonzalez-Muzzio, 2013).

De ese modo conocimientos culturales, capacidades sociales y estrategias organizativas, constituyen componentes indispensables para el análisis de procesos sociales frente a situaciones adversas y de la reconfiguración de los colectivos. Es a partir de la cualidad de cada uno de ellos que se favorece una reconstrucción social en términos de resiliencia comunitaria. Para conocer esa cualidad es necesario articular el conocimiento científico sobre los componentes relacionados, pero sin dejar de relacionarlo con las prácticas de los grupos y los pueblos. Esto último requiere de un diálogo del conocimiento científico con otro tipo de conocimientos como el cultural, el cual proviene de la propia memoria de los pueblos, de sus experiencias y sus aprendizajes.

Con base en lo expuesto, la resiliencia a escala comunitaria está relacionada con componentes que integran mecanismos intersubjetivos, cognitivos y organizativos propios de las colectividades. Esos mecanismos que utilizan herramientas cognitivas (conocimientos y capacidades), desembocan en habilidades sociales organizadas (estrategias organizativas) para enfrentarse al mundo y a sus adversidades, lo que implica oportunidades de sobrevivencia, resistencia y reconstrucción en términos acordes a la particular historia vivida. La relación dinámica entre los tres componentes presentados se explica en la siguiente Figura.

PSIENCIA Revista Latinoamericana de Ciencia Psicologica 9 3 ManyariLópez Figura1

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Figura 1. Componentes del proceso resiliente. Elaboración propia

Discusión

Discusión

Comprender el proceso resiliente a partir de los conocimientos culturales, las capacidades sociales y las estrategias organizativas, como componentes de dicho proceso, constituye un marco de referencia para dar cuenta de las características importantes dentro del mismo a escala comunitaria. Esta comprensión permite además reconocer las diferencias y las particularidades culturales, propiciando una horizontalidad en los diálogos y las negociaciones para la deseable reconstrucción.

De igual forma, incita al reconocimiento de las historias vitales de los grupos culturales y sus pueblos, de sus conocimientos, sus capacidades y sus estrategias particulares como componentes esenciales propios, para enfrentar las tensiones o situaciones que vulneran su existencia. De este modo, además, se visibiliza la experiencia cultural como recurso histórico y se estimula la consideración a las interacciones con el entorno.

En el marco de lo anterior entender a lo cultural como ámbito de producción de conocimientos que configuran y confieren sentidos, significaciones y valoraciones a la vida de las personas, orientando sus comportamientos prácticos, obliga a reconocer su imbricación con los mecanismos psicológicos en las formas y medios de enfrentarse a la adversidad. Bajo esta perspectiva se pone de relieve la posibilidad y la importancia de encontrar en los aspectos culturales los recursos de la esperanza, de la resistencia y del cambio.

La problematización y análisis del proceso resiliente a escala comunitaria desde lo propuesto, permite comprenderle de una manera más compleja. Esto favorece la integración de los componentes psicosociales, socioambientales, culturales y políticos, articulados dentro del mismo proceso, propiciando generar metodologías que den cuenta cada vez con mayor claridad y énfasis de lo que conlleva cada componente y de sus interrelaciones.

Llevándolo al nivel de alguna posible intervención, exige que las acciones pensadas para incentivar y fortalecer procesos resilientes comunitarios entrelacen las pautas explicativas del conocimiento científico con los conocimientos expresados en los testimonios de la gente. Con ello se pone de relieve la riqueza de la transdisciplinariedad, de la diversidad de intereses y posiciones, así como de proyectos de vida y formas de habitar los territorios para enfrentar la adversidad. Esto permite contribuir al conocimiento científico, al mismo tiempo que se vuelven herramientas de comprensión y guía efectiva para los mismos grupos en situaciones de alta vulnerabilidad.

Referencias

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    [1] La biotransformación es el proceso mediante el cual un organismo vivo modifica una sustancia química transformándola en otra diferente para adaptarse al cambio (Cabrera et al., 2007).

    [2] La transdisciplina implica tanto una postura y actitud de contacto y cooperación entre las diferentes disciplinas a través de la adopción de un mismo método, una misma conceptualización o incluso de un mismo paradigma, como también un movimiento de apertura, ruptura y quiebra disciplinar que va acompañado de una conciencia de que las disciplinas no son dueñas absolutas de sus objetos de conocimiento (Luengo, 2012; 2015).

    [3] Término desarrollado por el psicólogo Lev Vygostki usado en la psicología social, el cual se refiere al proceso psicológico implicado en la transformación de fenómenos sociales en fenómenos psicológicos, los cuales son creadores de personalidad y conciencia individual y social. A partir de la internalización se logra la apropiación gradual y progresiva de una gran diversidad de operaciones sociopsicológicas, constituidas a partir de las interrelaciones sociales, en la cual la cultura se va apropiando del mismo sujeto (Tintaya y Soria, 2010).

    [4] A diferencia del término internalización, la socialización hace referencia al proceso mediante el cual el grupo social comparte y regula las pautas aceptadas de entendimiento y comportamiento, sin embargo, el sujeto puede o no aceptar como suyas esas regulaciones, es decir, puede no hacerlas parte de su sistema de valores y creencias, aun cuando adecue su comportamiento para "encajar" en el grupo (Barba, 2004; Matus, 1993).

    [5] Esta información es parte del proyecto 2015-2018 denominado "Qnas Soñi (Hombres del agua): CHIPAYA, entre tradición y tecnología, hacia un municipio resiliente". Ejecutado por el Grupo de Voluntariado Civil (GVC) y el Centro Boliviano de Estudios Multidisciplinarios (CEBEM) en Bolivia, Departamento de Oruro, provincia Atahuallpa, Municipio Autónomo Indígena de Chipaya.

    [6] Concepto teórico elaborado por el psicólogo Lev Vygotski, el cual hace referencia al proceso mediante el cual "se entiende la psiquis humana como resultado de la acción integrada e integral entre lo biológico y lo cultural, y sobre todo es fundamentalmente evolución cultural" (Tintaya & Soria, 2010, p.32).

 

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